domingo 16 de noviembre de 2008

CAPÍTULO 12: La lechuza

A pesar de que los días iban pasando, en la mente de la bruja solo había un pensamiento “La carta”. Aquellas letras de su madre se habían clavado en lo más hondo de su cabeza, atormentándola en cada momento de silencio, en cada instante de soledad.

-Señorita Prewett- la voz de la profesora McGonagall la devolvió una vez más a tierra, a su clase de Transformaciones. Sabía que no podía andar distraída, que los TIMO estaban a unos pocos meses de distancia y que debía pasarlos si quería ser… -. Quiero verla en mi despacho después de clase.

-Sí, profesora McGonagall- asintió, emitiendo un cansado suspiro. Ya Snape le había impuesto un castigo la semana anterior por estar despistada. Y ahora seguro que McGonagall le ponía otro “Bravo, Divi” se dijo para sí misma, emitiendo un largo suspiro “Seguro que así mamá se sentiría muy orgullosa de ti”.

-¿Estás bien, Divi?- preguntó en un susurro Ytzria, cogiendo la mano de su amiga con cuidado. La notaba muco más callada de lo que era normal en ella, y no podía evitar preocuparse. Además se había prometido que ella misma cuidaría de su amiga ahora que la necesitaba.

-Sí, Ytz, no te preocupes- contestó la Black, apretando cálidamente la mano de su compañera -. Solo estaba un poco despistada.

La clase pasó mucho más rápida de lo que pensaba. Todos los alumnos, incluida Ytzria, recogieron sus cosas, dispuestos a ir a los invernaderos para dar una constructiva clase de herbología. Divinity, sin embargo, se echó la mochila al hombro y esperó a que saliera la profesora McGonagall para salir ella detrás.

Los pasillos de la escuela estaban plagados de vida, mucho más animado de lo que era normal gracias a la asistencia de los alumnos de Beauxbatons y Dumstrang. La piedra aún conservaba el frío del exterior y sin embargo, la sensación térmica no era tan dura como en los jardines, donde la nieve aún cubría los vastos terrenos de la escuela. La luz del sol, que se colaba por entre las nubes, dibujaba formas y colores en el suelo gracias a las cristaleras de los pasillos, todas ellas tan animadas y vivas como las fotos.

-Pase, señorita Prewett- dijo la profesora mientras se deshacía de su gorro, dejándolo colgado en un sencillo perchero de madera de ébano colocado a un lado de la puerta de su despacho. Era la primera vez que Divinity entraba allí. Al ser de Slytherin, le correspondían las charlas y las regañinas con su Jefe de casa, el profesor Snape.

-Gracias- pasó al interior, con tranquilidad, paseando la mirada a su alrededor. El despacho era bastante más espacioso que el de Snape y la sensación de agobio era casi inexistente. Las paredes estaban todas llenas de estanterías con diversos libros, tanto ediciones actuales como algunas ya tan antiguas que posiblemente ni ella habría comprado. En el centro una mesa, perfectamente ordenada, con una montaña de pergaminos a un lado, un tintero con su pluma y unos cuantos porta-fotos.

La muchacha tomó asiento frente a la subdirectora cuando ésta lo hizo en su silla. Se recolocó las lentes ligeramente con uno de sus dedos y, para sorpresa de la muchacha, su rostro estaba tan relajado que hasta podría decir que leía la lástima y la compasión en su mirada.

-¿Qué ocurre, Prewett?- preguntó, cruzando las manos sobre la mesa mientras sus castaños ojos buscaban los claros de la muchacha, como si en ellos pudiera encontrar mejor la respuesta que en las propias palabras de su alumna –Desde que regresó de sus vacaciones de Navidad está mucho más ausente en mis clases.

-Lo siento, profesora McGonagall- murmuró la muchacha, inclinando la cabeza avergonzada, sin alzar la mirada de sus zapatos -. Le prometo que la próxima vez…

-No, Prewett- sonrió la mujer ligeramente, alargando la mano para tomar de la barbilla a la chiquilla y levantarle la cabeza, buscando el contacto visual -. Esto no es una regañina, al contrario- los ojos de ambas de encontraron enseguida y, sin saber por qué, Divi se sintió mucho más tranquila. En realidad siempre había envidiado a sus primos por tenerla a ella de Jefa de casa y tutora… Snape nunca le había inspirado confianza, ni siquiera sentía afecto por él, más bien rechazo -. Verá, señorita Prewett, comprendo perfectamente su situación y sé que no es un buen momento para usted- con cuidado, Minerva se levantó de su asiento, alisándose con sus manos su larga túnica color esmeralda mientras caminaba hacia una de las estanterías, cogiendo de ella una pequeña carpeta.

-No, la verdad es que no es un buen momento- afirmó la muchacha, volviendo a mirar hacia la mesa –Pero llorar no va a solucionar nada ¿Verdad?

-Llorar desahoga, no lo olvide. Si nos guardamos todo para dentro, acabará afectando a nuestra salud- nuevamente tomó asiento en su silla, depositando la carpeta sobre la mesa y abriéndola con cuidado -. Sé que esta no es la manera de proceder de la escuela, pero he decidido yo misma ser la encargada de guiarla en su futuro académico- Divinity alzó la mirada de golpe, sorprendida, mirando hacia la profesora… ¿Iban a cambiarla de casa? No era posible… -Como sabrá, éste año debe pasar los TIMO y dependiendo de lo que quiera hacer en un futuro deberá aprobar unas asignaturas determinadas ¿Verdad?

-Sí…- suspiró la muchacha. Había sido un pensamiento demasiado bonito para ser verdad ¿Cómo iban a cambiarla de casa por algo así?

-Bien, pues desde ahora y hasta la realización de los TIMO yo seré la encargada de guiarla en todo lo que necesite- sonrió amablemente, cogiendo la pluma con su mano derecha y mojando la punta en el interior del tintero, dejando caer las gotitas sobrantes antes de comenzar a escribir en un pergamino en blanco -¿Ha pensado ya qué es lo que le gustaría hacer en un futuro?

-Pues…- lo había decidido hacía tanto tiempo que ni se acordaba. Charlie le había contagiado aquel amor hacia las criaturas mágicas y siempre se había visto cuidando de ellas, viajando por el mundo para conocerlas a todas. Sin embargo… -Creo que todo lo que ha ocurrido me ha hecho cambiar de opinión respecto a mi futuro, profesora.

-¿A qué se refiere con eso?- preguntó tranquilamente, alzando la cabeza para observar a su alumna a través de las gafitas que permanecían colocadas sobre su nariz.

-Quería dedicarme al Cuidado de Criaturas Mágicas… Trabajar con ellas o incluso dar clase como el profesor Hagrid- afirmó mirándose las manos, las cuales enredaba nerviosamente sobre sus piernas –Sin embargo ahora lo veo como un sueño infantil, como uno de esos deseos que tienen los niños pequeños. Este año me he dado cuenta de que la vida es más cruel de lo que podía imaginar y que, si no hago las cosas por mí misma, nadie las hará por mi- alzó la mirada, encontrándose nuevamente con la de la profesora, que asintió a sus palabras, en silencio, dejándola terminar. Quizá fuera esa la manera que tenía de desahogarse -. Profesora, me gustaría encaminar mi carrera a luchar contra las Artes Oscuras.

-Quiere ser auror ¿verdad?- preguntó, dibujándose en sus labios una tranquila sonrisa de comprensión. Divinity asintió firmemente, sin cambiar su expresión… Estaba decidida –La semana que viene le traeré unos folletos informativos acerca de la carrera que desea emprender una vez acabe Hogwarts. Espero que sepa que ser auror requiere no solo fuerza mágica, sino que se necesita tener siempre alerta los cinco sentidos, tener reflejos, ser rápida,…

-Lo sé, profesora- contestó, sonriendo ligeramente de medio lado -. Daré lo mejor de mí misma… Entrenaré mi cuerpo y mi mente para ello cuanto sea necesario. Pero quiero ser auror.

-¿Me permite la osadía de preguntarle por qué, señorita Prewett?- preguntó McGonagall, reclinándose ligeramente hacia delante para mirarla con curiosidad.

-Porque no quiero que otros pasen por lo que yo estoy pasando- contestó, agachando nuevamente la mirada, casi azorada -. Y porque no quiero dejarles como herencia a mis hijos un mundo lleno de guerras- aquello arrancó una pequeña risa de boca de la profesora McGonagall, que alargó la mano para coger una de las de la bruja.

-¿Tan joven y pensando en hijos, señorita?

-Bueno es que…- su sonrojo se hizo más que notable en sus mejillas, que se calentaron de sobremanera –Mi madre siempre decía que, ante todo, debía pensar en lo que quería dejar en el futuro, que hiciera lo posible por cambiar aquello que no me gusta para que mis hijos no tengan que sufrir lo que yo sufro. Creo que ahora la comprendo mejor que nunca y por ello me gustaría hacer realidad sus deseos.

No tardó mucho en llegar el final del mes de Enero y el comienzo de Febrero. Todo Hogwarts se había enterado de la procedencia de la bruja y los Slytherin, con tal de intentar molestarla, ya no utilizaban su apellido al llamarla, sino que la llamaban “Black” o incluso “La bastarda” con tal de reírse de ella.

Pero Divinity no tenía tiempo para sus niñerías… Dedicaba su tiempo a intentar estudiar para los TIMO e incluso se había comenzado a interesar por las pociones, algo que había hecho que la bruja pasara algo más de tiempo, de vez en cuando, encerrada con marcus en el aula de pociones o incluso por los terrenos en busca de algunas plantas.

Sin embargo todos llevaban mucho tiempo esperando un día en concreto: el cumpleaños de Ytzria. Iba a ser su décimo sexto cumpleaños y, aunque les tocaba celebrarlo dentro de la escuela, los tres amigos ya tenían su regalo preparado. Y no solo eso, sino que con la ayuda del ingenio de los gemelos y su buena relación con los elfos domésticos de las cocinas, le tenían preparado un pequeño banquete de cumpleaños.

-¿Pero dónde me llevas?- preguntó Ytzria, hinchando graciosamente los mofletillos mientras mantenía los brazos colocados hacia delante para no chocarse con nada. George le había tapado los ojos y no se fiaba mucho de él.

-Ya te lo dije, es una sorpresa- contestó nuevamente el pelirrojo, entre risas, agarrando a su amiga por los hombros y empujándola ligeramente para que continuara andando. Ytzria se mantenía en tensión mientras caminaban, con las manos tanteando el aire, como si pudiera encontrar delante suya algo con lo que toparse.

De repente, sus manos agarraron algo… El tacto era suave como de lycra… continuó rozando, como reconociendo aquello… Eran formas curvadas, sutiles. Ladeó ligeramente la cabeza y frunció ligeramente el ceño.

-No es por quitarte la diversión, pero Ytzria, este tipo de relaciones no son de mi gusto- Enseguida los gemelos y Divinity se echaron a reír a carcajadas mientras Ytzria se llevaba las manos al pañuelo para quitárselo. Allí delante estaba su amiga, con los brazos en jarras, vestida con unos vaqueros anchos y, tal y como su tacto le había dicho, una camiseta de lycra de color negro.

-¡Lo siento! ¡Lo siento!- se disculpó una y otra vez, con los ojitos cerrados y completamente roja por la vergüenza.

-Vamos, no ha sido nada- la tranquilizó su amiga, posando ambas manos sobre sus hombros, con ternura -. Creo que George te dirigió directamente a mí precisamente para ponerte en un aprieto.

-Quería ver su cara, lo siento- rió el pelirrojo mientras Fred se acercaba a su hermano, dándole una buena colleja.

-¿No sabes que eso no se le hace a una dama?- replicó mientras George se llevaba la mano a la nuca, hinchando los mofletes como un crío chico. El tono en el que Fred había regañado a su hermano, hizo que las dos amigas se echaran a reír, quitándole peso al asunto para que Ytzria no se sintiera tan cohibida.

Cuando Ytz se quiso dar cuenta, estaban en una de las aulas abandonadas de la escuela, la cual habían adornado con guirnaldas de papel y un cartelito luminoso donde se podía leer “Feliz cumpleaños”. En tres mesas juntas, habían colocado pastelillos y jarras de jugo de calabaza que los elfos habían preparado para ellos, hasta con una pequeña tartita de chocolate y nata con sus correspondientes 16 velitas. Y en una mesita aparte, unos cuantos regalos, todos envueltos con papeles brillantes y grandes lazadas. Pero de entre ellos había uno que destacaba, el más grande, del cual provenían incluso algunos soniditos extraños.

-Venga, ábrelos- la instó su amiga, empujándola un poquito con las manos hacia la mesa de los regalos -. Hay un regalo de cada uno.

-Y uno de nuestra madre- dijeron los gemelos a la vez, pasándose los brazos por sobre los hombros y adoptando una postura chulesca y despreocupada.

-Mu… muchas gracias- murmuró Ytzria, casi al borde del llanto. Ese tipo de acciones siempre habían hecho que se emocionara ¡Se habían acordado de su cumpleaños!

-Sabes que no hay que darlas, princesa- dijo Fred, guiñándole el ojo -. Venga, abre el mío primero.

-¡Y una leche! El primero que va a abrir será el mío- se quejó George, mirando de reojo a su hermano, el cuál se soltó de él, girándose para mirarle.

-¿Por qué el tuyo? ¡El mío es mejor!- se quejó ahora Fred. Los dos hermanos habían comenzando una tonta discusión, dándose empujoncitos el uno al otro, frunciendo sus ceños de manera cómica. Divi, como ya les conocía, aprovechó para coger su regalo y tendérselo con una sonrisa.

-Deja que se arreglen ellos, abre mi regalo- sonrió. Ytzria, que estaba preocupada por la pelea de sus dos amigos, se giró al oír a su amiga, sonriendo ampliamente y con las manos alargadas hacia ella. Cogió el paquete, envuelto con papel de regalo de un fuerte color fucsia, con un bonito lazo rosa. Con cuidado de no romper el papel, comenzó a abrirlo, lentamente.

-¡Eso no es justo!- exclamaron los dos hermanos al ver que Divi se les había adelantado, colocando los brazos en jarras y reclinándose hacia ella ligeramente.

-Se siente, chicos, no haberos puesto a pelear- rió, mirando hacia su amiga que, del interior del paquete, sacó un libro bastante antiguo , forrado en piel, pero con las páginas de pergamino aún en perfecto estado. En letras bordadas de color esmeralda podía leerse en la portada “El gran diccionario de plantas mágicas y sus aplicaciones”. Ytzria lo miró embobada, con los ojos abiertos como platos -. Era de mi padre. Sé que siempre que venías a casa te gustaba ojearlo con él, así que he pensado que sería un buen regalo- sonrió, señalando hacia el libro -.Dentro hay otra cosita- Ytzria se apresuró a abrir el libro sacando del interior, más sorprendida aún, una pequeña pulsera de oro, finita, con un montón de pequeñas snitch colgando.

-Es… es… ¡Me encanta!- corrió a abrazarse a su amiga, conteniendo las lágrimas que, como siempre, amenazaban con salir. Divi la acogió con cuidado entre sus brazos, acariciando su espalda con toda su mano.

-Ya, ya, no llores Ytz- intentó calmarla, besando su mejilla con cariño -. Yo con que aceptes el regalo y te sientas feliz, me doy por satisfecha.

El siguiente en abrir fue el de George, quien le había regalado un conjunto de gorro, bufanda y guantes de lana para el invierno. Siempre que Ytzria salía a la calle, se quejaba de que había mucho frío y siempre se ponía un conjunto parecido. El pelirrojo había pensado que le gustaría cambiar de vez en cuando, no llevar el mismo, y al parecer a Ytzria le agradó la idea, pues se lanzó de igual modo sobre George.

Molly, como casi siempre, le había regalado una prenda hecha a mano. Esta vez le había hecho un bonito chaleco de lana, de color blanco roto, con su inicial bordada en lana de un clarito color miel, al igual que los bordes, rematados del mismo color.

Y por fin llegó el momento de abrir el de Fred. El paquete no había dejado de emitir extraños sonidos. Incluso Ytz habría jurado que hasta se había movido en un par de ocasiones. Con el mismo cuidado de siempre, alargó las manos hacia el paquete y lo fue abriendo. Poco a poco comenzó a aparecer una jaula de metal, tan vieja como todas las que había en “El Emporio de la Lechuza”. No podía creérselo. Allí dentro revoloteaba un pichoncito de lechuza parda, tan pequeña como una snitch y con las plumitas completamente erizadas.

-¡Una lechuza!- exclamó Ytz, corriendo a abrir la jaula para poder cogerla.

-¡Ten cuidado! Es un poco travieso y se escapa. Verás como…- pero no le dio tiempo a continuar. Para su sorpresa, el pichón se había dejado coger sin problemas con la rubia, que se lo acercaba hacia ella, acariciándole las plumas con un dedito.

-¡Pero qué bonito es!- lo abrazó con cuidado, cabeceando mimosa mientras el pichoncito picoteaba con cuidado su mejilla, como si quisiera darle besos.

-¡Ostras! Si al final será manso y todo- Fred alargó un dedo para acariciar la cabeza de la lechuza, pero para su sorpresa ésta respondió picándole en el dedo -¡Será..!

-¡Le llamaré Panchito!- exclamó la muchacha, entre risas, alzando con cuidado a la lechuza, que ululó alegremente, tan bajito que a penas pudieron escucharle. Le dejó sobre la mesa y corrió a abrazar a Fred, hundiendo la cabeza en su pecho, aspirando su aroma. Si no estuviera con Angelina… -Muchas gracias, Fred. Me ha encantado.

-No hay de qué, princesa. Sabe que por ti…- pero nuevamente no pudo terminar. La lechuza se había lanzado a picotearle para que soltara a su dueña. Le tiraba del pelo maliciosamente y le picaba la cabeza, lo que hizo que Fred tuviera que soltar a su amiga -¡Eh! ¡Lechuzo, paraaa!- La escena era de lo más cómica. Fred intentaba zafarse del pichón, que se había cebado con su pelo y su cabeza, correteando de un lado para otro mientras Divi y George reían sin parar, ambos sentados sobre una mesa.

-¡Le gusta Fred también!- exclamó Ytzria, sonriendo y dando pequeñas palmitas. Era la primera vez en casi tres meses que los amigos reían nuevamente juntos; la primera vez que aquella pena que invadía los corazones de las dos amigas había desaparecido por unos instantes. Y tanto para Fred como para George aquello era mucho más importante que los estudios y que el futuro. Los dos estaban de acuerdo en que siempre harían lo posible por ver sus sonrisas y escuchar sus risas una vez más.

Desde ese día, el grupo creció nuevamente. Ahora se había unido a él un nuevo miembro. Quizá Panchito no era precisamente un amigo, sin embargo Ytzria no lo dejaba solo y se lo llevaba a todas partes para tormento, evidentemente, del pobre Fred. Al parecer, se había ganado un plumífero enemigo que le daría más de un dolor de cabeza.

lunes 10 de noviembre de 2008

CAPÍTULO 11: La verdad al descubierto

El baño de los prefectos permanecía en silencio. La piscina estaba ya completamente llena, por lo que los grifos permanecían cerrados, sin derramar ni una sola gota más. La luz del medio día se filtraba a través de las cristaleras de la estancia, creando formas y colores sobre el suelo y sobre las cristalinas aguas, que se movían, ligeramente, cuando los dos cuerpos que permanecían en el interior se movían.

La primera en salir fue Divinity, entre risas. El agua perlaba su pálida piel, resbalando por ésta, colándose hasta por los lugares más impúdicos que cualquiera pudiera imaginar. Llevaba un bikini negro, la parte de abajo como un culotte y la parte de arriba cubriendo perfectamente sus voluminosos senos. Se había recogido el cabello en un moño alto para evitar que le molestara mientras nadaba, lo que dejaba su cuello y su espalda completamente al descubierto. Se estiró felinamente, de espaldas a la piscina, de la cual ya salía la otra persona.

Haciendo acopio de sus fuerzas, Marcus posó las manos sobre la orilla y se impulsó, saliendo del agua, tensándose sus músculos de forma que aún se notaban más. Las gotas recorrían cada centímetro de su anatomía, acariciando aquel cuerpo que suponía el pecado para cualquier mujer que lo mirara. Tenía un torso musculado, sin ser exagerado, una piel suave y tersa, que junto con su porte varonil le hacían el muchacho perfecto. Tan solo un bañador negro cubría parte de sus muslos y su zona más pecaminosa. Se echó el azabache cabello empapado hacia atrás antes de acercarse a su acompañante. La observó unos instantes, recorriendo con la mirada sus curvas. Se acercó más aún, estrechando la distancia que separaba ambos cuerpos hasta hacerla nula. Posó las manos sobre los hombros de la rubia, sin a penas rozar su piel, deslizándolas por ella.

-Ah… Marcus…- murmuró la rubia a la par que exhalaba un suspiro de placer. Su piel había comenzado a erizarse a medida que las manos del muchacho se deslizaban por sus brazos. Echó hacia atrás la cabeza, ligeramente, cosa que Marcus aprovechó sin dudarlo un segundo Se reclinó hacia ella y comenzó a besar su cuello de manera sensual, sorbiendo su piel hasta casi el límite del dolor mientras sus dedos ahora se habían posado sobre su estómago. Los suspiros de la bruja se estaban haciendo más y más constantes, su respiración se aceleraba, al igual que el fuerte bombeo de su corazón. Las manos de Marcus ascendieron por su estomago mientras se pegaba más a ella, haciéndola partícipe del avanzado estado de excitación en el que se encontraba su cuerpo. Divinity se tensó en ese instante, gimiendo, mientras sentía como las manos de Marcus aferraban casi posesivamente sus pechos, atrayéndola más hacia él.

-Divi…. Divi…- susurraba una y otra vez… sentía cómo su cuerpo se agitaba cada vez más violentamente. Pero había algo raro ahí, algo tremendamente extraño. La voz de Marcus se iba haciendo más fina, se iba pareciendo a la de…

Abrió los ojos de golpe, sobresaltada, sin saber muy bien dónde se encontraba. Miró su derecha y allí, vestida con un pijamita de lo más sencillo, de color azul celeste, y abrazada a la almohada, estaba Ytzria. A penas estaba amaneciendo, pero la poca luz que entraba por la ventana dejaba ver que estaba pálida y al borde del llanto. Todo lo contrario que su amiga, que tenía las mejillas completamente ardiendo.

-¿Y… Ytzria?- murmuró, aún sin saber muy bien dónde estaba ni qué estaba pasando.

-Estabas haciendo ruidos muy raros- murmuró la muchacha, quejosa, mientras miraba a Divinity, que aún estaba un poco descolocada.

-¿Ruidos muy raros?- preguntó, sentándose sobre la cama. Sí, ya empezaba a situarse. El día después de Navidad, Remus había ido a buscar a su ahijada para llevársela a casa y que no se sintiera tan sola después de lo ocurrido. Sin embargo, Remus tuvo que llevarse a Ytzria también con él ya que, desde primero, las dos formaban una inseparable pareja. Y allí estaban, en una habitación con dos camas, en casa del lupino.

-Sí, sí- asintió muy segura, mirando a Divi con sus grises ojillos bien abiertos -. Balbuceabas un nombre y hacías ruidos como éstos- comenzó a gemir bajito, sin dejar de mirar a Divinity que, muerta de la vergüenza, se tumbó sobre la cama, tapándose con las mantas… ¡Había gemido en sueños!

-Es… es que estaba soñando que me ahogaban- murmuró. Fue la primera excusa tonta que se le ocurrió, pero al menos esperaba que eso bastara para saciar la curiosidad de su amiga ¿Cómo iba a decirle que estaba teniendo un sueño erótico con un chico al que acababa de conocer ese año?

-¡Divinity! ¡Ytzria!- la voz de Lupin cortó aquella tensa situación, evitando que Ytzria pudiera preguntar nada más -¡El desayuno está listo!- Con oír aquellas palabras, los estómagos de ambas muchachas rugieron molestos, hambrientos, lo que hizo que las dos rubias de echaran a reír alegremente mientras se incorporaban.

La mesa estaba puesta para los tres. Como cada mañana desde que estuvieran allí, Remus había preparado el desayuno, calentando un poco de leche y café, haciendo unas tostadas y sacando un bote de cerámica con galletas que les llevaba Molly cada dos días. El fuego de la cocina había hecho que ésta entrara en calor, evitando que el gélido ambiente de fuera enfriara el interior.

-Buenos días Remus- dijo Divi, tomando asiento en una de las sillas, alargando ambas manos hacia la jarra de leche caliente para echarse un poco.

-Buenos días profesor- murmuró Ytzria, con las mejillas ligeramente sonrosadas. Sentía devoción por Lupin desde que le conociera el año anterior como profesor; había sido el único en dedicar algo de su tiempo en volver a explicarle, cuantas veces necesitara, las lecciones impartidas en clase.

-Buenos días Di, Ytz- sonrió el hombre, tomando asiento entre ambas muchachas -. Ya te he dicho que ya no soy tu profesor, así que, por favor, llámame Remus- una tranquilizadora sonrisa se dibujó en los labios del lupino. Le gustaba tener a las muchachas en casa, aunque sabía que, cuando llegara el verano, no podría hacerse cargo de ellas -. Venga, desayunad que hay que regresar a Hogwarts.

-Las vacaciones siempre se hacen cortas- refunfuñó Divi mientras se metía una de las galletas en la boca, con cara de fastidio.

-A mi me gusta estar en Hogwarts- confesó la otra muchacha, con una inocente y soñadora sonrisa, con los grises ojillos entrecerrados en una infantil mueca -. Además, así podemos estar más tiempo con Fred, George y Lee ¿no?

-¡Ostras! ¡Pues se me ocurrió una buena broma para los de mi casa!- exclamó de repente Divi, dando una palmadita, lo que provocó que su padrino la mirara severamente.

-¿Qué te dije el año pasado acerca de las bromas?- preguntó, dando un sorbo a su café, dejando que el calor de éste templara su garganta.

-Que no las hiciera porque luego me castigan- recitó la muchacha, poniendo los ojos en blanco. ¡Con lo divertidas que le parecían! Además, mientras se mantenía ocupada pensando en bromas, la reciente muerte de sus padres le parecía más y más lejana.

Cuando acabaron de desayunar, Ytzria fue corriendo a revisar que tenía todo metido dentro de su baúl. Divinity iba a seguirla cuando Remus la tomó con cuidado del brazo, pidiéndole por favor que le acompañara al salón e invitándola, con un sutil gesto, a tomar asiento en el sofá.

-Verás, Divi- comenzó, hablando con la misma tranquilidad y ternura que siempre le caracterizaba. Su voz, para la rubia, era el mejor bálsamo cuando estaba herida en lo más profundo de su ser -. El año pasado, tu madre y yo tuvimos una conversación que ahora mismo no viene al caso- el hombre se acercó hacia una pequeña mesilla al lado del sofá, donde reposaba una sencilla lamparita de mesa, algo sucia por el polvo acumulado allí. Abrió el cajón y sacó, de su interior, un cuaderno de tapa gruesa, forrado de piel, con las iniciales J.B. cosidas con hilo de oro.

-¿Qué es eso, Remus?- preguntó curiosamente, sin darle tiempo a su padrino de terminar de explicarle. El hombre sonrió de medio lado ante la pregunta, y alzó un poco la mano, pidiendo tiempo para poder explicarle.

-Como decía- continuó -, tu madre y yo tuvimos una conversación en Hogsmeade el año pasado. Me pidió que si le pasaba algo antes de tu mayoría de edad te diera esto- acarició con la mano el lomo del cuaderno, lentamente, quedándose encerrado en sus pensamientos durante unos largos instantes -. Jamás pensé que tendría que dártelo, la verdad- Divinity no comprendía muy bien de qué iba aquello ¿Por qué querría su madre que le diera un libro?

-Remus… No entiendo nada- dijo, sin rodeos, rascándose ligeramente la nuca, algo perpleja. Remus se sentó a su lado y, con cuidado, posó el libro sobre las piernas de su ahijada, dedicándole, nuevamente, una sonrisa tranquila. Cada poro de su piel rezumaba paz, tranquilidad, y hacía que cualquiera llegase a sentirse cómodo en su presencia. Ese era el mayor don de su padrino.

-Este libro era el diario de tu madre, Divinity- dijo, tras tomarse unos instantes antes de contestar. La violácea mirada de la muchacha se iluminó de repente, bajando la mirada hacia aquel tesoro, hacia aquella reliquia -. Siempre has tenido muchas preguntas a las que no se le dieron respuesta, muchas dudas que nadie ha sabido disipar- continuó, acariciando las manos de su ahijada ahora. Divi alzó la mirada hacia él, parpadeando, casi al borde del llanto. Desde hacía tiempo había encerrado la pena por la muerte de sus padres en lo más profundo de su ser pero, en ese instante, las lágrimas volvían a amenazar con salir.

-¿Y… y esto… me ayudará a entender…?- preguntó titubeante, cortándosele hasta la voz. Remus asintió con suavidad, tomando entre las propias las manos de la rubia, apretándolas con ternura.

-Ahí dentro, Divi, tienes todas las respuestas- murmuró, acariciando con sus pulgares las partes de piel que podía, sosteniendo la mirada de la niña, intentando infundarle un calor casi paternal -. Sé que al principio te costará asumir todo lo que ahí dentro te explica tu madre, pero confío en que algún día llegues a comprenderlo y a aceptarlo todo.

-“Quizá algún día llegues a comprenderlo y a aceptarlo todo”- se repitió a sí misma un poco después, ya a solas en la habitación, sentada sobre su cama. La ilusión inicial de poder leer todos los recuerdos de su madre, se había mezclado con un sentimiento de pánico, de terror hacia la verdad. Esas palabras de Remus la habían turbado demasiado. Sí ahí estaba toda la verdad… ¿Significaba que, hasta entonces, había estado viviendo una mentira?

-Diviiiii- canturreó desde la puerta Ytzria, sacándola de sus ensoñaciones -. Venga, coge las cosas que dice tu padrino que nos tenemos que ir ya- la chiquilla sonreía tan inocente como siempre, con los ojillos ligeramente entrecerrados y los labios curvados en una sonrisa. Llevaba un abriguito de invierno largo, con los bordes forrados en pelito blanco y un sombrero a juego.

-Sí, perdona, me quedé atontada de repente- se disculpó Divi, sonriendo, mientras se levantaba para recoger su bolsa, que aún estaba abierta en el suelo. Metió el diario, la cerró y la cogió del asa para salir junto con su amiga de la habitación.

-Estás como ausente- murmuró Ytz, mirando hacia su amiga mientras bajaba, de espaldas, las escaleras -¿Te encuentras bien?

-Sí, sí, no es nada- mintió la rubia, arrugando la varicilla -. Solo me había quedado pensativa un rato. Es raro, pero a veces lo hago- rió por lo bajo. Siempre había sido la fuerte de las dos, la que no dudaba, la que era capaz de coger la vida y ponérsela por montera ¿Cómo iba a dejar que Ytzria la viera derrumbarse una vez más? No, ella no era de las que se rendía fácilmente.

El viaje se les hizo relativamente corto. A media tarde ya estaban traspasando las puertas del castillo donde Fred y George las esperaban con sendas sonrisas. Al parecer George se había dedicado en su ausencia a hacer unas cuantas bromas con lee mientras que Fred afirmaba haber sido “arrastrado en todo momento a hacer cosas que no eran precisamente de su agrado”.

-Te dije que debiste haber invitado a Ytzria- le susurró Divinity cuando vio que George ya estaba molestando y haciendo cosquillas a Ytzria, que se retorcía alegremente.

-¿Vas a estar recordándomelo toda la vida o qué?- murmuró malhumorado, o más bien tristón. Sabía que debía haber hecho caso a su prima y no haber hecho tal locura. Ahora, por culpa de eso, estaba embarcado en una especie de relación que no era precisamente de su agrado.

-¿Por qué no la dejas? No es la primera vez que lo haces- se encogió de hombros, sentándose en uno de los escalones mientras se quitaba el abrigo, abrazándolo contra ella con cuidado -. No puedes estar mal a gusto con alguien que no te deja ni ir a mear solo ¿No?

-No es tan sencillo, enana- dijo Fred, sentándose al lado de su prima. No era muy común ver a ninguno de los dos gemelos abatidos, sin embargo Fred lo estaba -. Angelina tiene demasiado genio y encima está en nuestro equipo de quidditch. Ya Oliver nos dijo que esperaba que la relación no afectara en nada al equipo- suspiró largamente, echando hacia atrás la cabeza -. Sin embargo se pasa todos los entrenamientos detrás de mí.

-Pero éste año no hay quidditch- dijo, sin comprender, mirando hacia su primo. En verdad lo agradecía. El quidditch no era un deporte que, precisamente, le agradara.

-Pero estas Navidades, como no teníamos nada mejor que hacer, a Oliver se le ocurrió pedir permiso para entrenar ¿Te imaginas lo que haría Angelina si la dejo?

-Eres un cobardita y un calzonazos- le dijo directamente, sin rodeos. No le gustaba andarse por las ramas -. Te estás dejando llevar por ella ¿Qué será lo próximo? ¿Qué te pida que le limpies las bragas? ¿Qué te haga ponerte a cuatro patitas y ladrar como un perro?- negó suavemente, dándole un par de palmaditas en la cabeza, casi burlona –Créeme Fred, si sigues así acabarás siendo su mascota. Y no creo que sea eso lo que quieres ¿Verdad?- el pelirrojo se limitó a suspirar y a asentir, sin decir nada más. Alzó un poco la mirada, hacia donde su hermano e Ytzria estaban hablando con George, quien la mantenía agarrada por la cintura.

-Mi hermano siempre ha conseguido estar más cerca de ella que yo- murmuró, suspirando largamente -. Yo si no es con bromas o porque quiera defenderla, no soy capaz de entablar conversación con ella.

-Pues inténtalo- le dijo la rubia, mirándole -. El día dos del mes que viene es su cumpleaños. Aprovecha para saber de ella: lo que más lo gusta, lo que no, lo que podría querer o necesitar,…- sonrió de medio lado, tomando la m ano del gemelo entre las propias, con suavidad –Habla con ella conócela plenamente y deja que ella te conozca también a ti. Y después hazle un regalo que sepas que pueda hacerle mucha ilusión.

-Gracias, prima- dijo el pelirrojo, abrazándola cuidadosamente contra él -. No sé que haría sin ti ¿eh? Eres un ángel.

-Te equivocas, el ángel es ella. Yo soy una pequeña serpiente perdida- susurró, besando su mejilla de manera apretada, entre risas. Y en verdad así se sentía en esos momentos, como una serpiente encerrada en un terrario pensando que es su desierto natal, viviendo en un lugar y una vida que no le corresponde por naturaleza.

Regresó a su habitación tras la cena. Había estado retrasando aquel momento todo cuanto pudo, pero en su interior sabía que tarde o temprano llegaría aquel momento. Se quitó la ropa y se puso el pijama para estar más cómoda. Con cuidado se sentó en la cama, cubriéndose con las mantas, y sacó la carta del interior del diario. El pergamino ni siquiera estaba sellado, simplemente doblado cuidadosamente, sujeto al diario con un lazo de color marfil. Tomó aire y lo desdobló casi con miedo. La letra era sin suda la de su madre, legible, alargada y redondeada, tan hermosa como lo fuera ella en vida. Los violáceos ojillos de la rubia se posaron en el comienzo de la carta para comenzar a leer aquello que daría respuesta, de una vez por todas, a las preguntas de su alma.

Mi querido tesoro:

Si estás leyendo esto es que, por desgracia, la vida me ha arrancado de tu lado antes de verte cumplir tu mayoría de edad. Ante todo, mi vida, no llores por mí… Aunque tú no lo veas, aunque no lo sientas, siempre permaneceré a tu lado, en tu corazón, vigilando cada momento de tu vida, riendo y llorando contigo. Cuando naciste, mamá te hizo una promesa, que siempre estaría a tu lado, y no te quepa duda de que, de un modo u otro, siempre lo estaré.

Te conozco, mi bebé, y sé que no aceptarás esto de la manera que yo quisiera, y que no tendrás unos brazos cercanos sobre los que llorar mientras lees estas líneas porque lo harás en soledad. Pero ante todo quiero que sepas que me encantaría habértelo podido contar cara a cara, explicarte todo de manera que pudieras comprender lo que ahora voy a decirte. Por eso ésta carta va con el diario, porque en él guardo los secretos de mi corazón, que ahora se abrirán a ti para que éste cambio, para que ésta nueva verdad te sea más comprensible.

¿Cómo comenzar algo tan difícil? Supongo que, a estas alturas, ya habrás experimentado lo que es que te guste un chico… Estás en la edad. No, no frunzas el ceño, Divi, aunque no te des cuenta, él ya existe para ti.

Cuando yo tenía tu edad, también había un él, y existía para mí con tanta fuerza que hasta me era doloroso. No puedes hacerte una idea de lo guapo que era… Esos ojos azules y profundos, llenos de vida, ese cabello negro y enmarañado, esa expresión de picardía,… Me gustaba, le quería, pero me daba tanta vergüenza hablarle que no era capaz de acercarme a él. No, no estoy siendo cursi, cariño. Por favor, continúa leyendo.

Le quería, pero para él creía no existir. Siempre estaba rodeado de chicas o haciendo bromas con sus amigos. Y yo… yo solo le observaba de lejos junto con Karen. Cuando leas el diario ya sabrás quién era, no te preocupes por ella ahora, por favor. ¿Sabes? Así conocí a tu padrino. Remus me descubrió una tarde de invierno observándole jugar con sus amigos y, desde ese momento, no había día en el que no habláramos al menos diez minutos. Le conté lo que sentía, o más bien se dio cuenta él solo, y provocó que, un día, yo apareciera en su vida. Jamás me sentí tan feliz como en el instante en el que su sonrisa, aquella que me había cautivado, iba dirigida a mí y no a una de sus conquistas. Desde ese momento supe que le querría hasta el fin de mis días. Y así ha sido.

Sirius… No sé exactamente cuándo ni cómo, pero nuestra amistad se fue convirtiendo en algo más… Mi admiración se convirtió en un amor más puro de lo que ya era, y su curiosidad y sus juegos, hicieron que yo fuera más que “la amiga de Remus”. Nos enamoramos. Fueron los meses más maravillosos de mi vida pero, como ya sabrás, la vida no es un camino de rosas.

Quien-tú-sabes se alzó con más fuerza que nunca y amenazaba con destruir todo aquello que conocíamos y amábamos. Sirius lo sabía y quiso luchar. Y yo, que no deseaba cortar las alas de su libertad, simplemente le dejé marchar, con la esperanza de esperarle con una bonita sorpresa entre mis brazos: Tú, mi vida. Siempre me has preguntado acerca de tu don para comprender a las serpientes, de tu conexión con Slytherin, y yo jamás te di la respuesta. Ésta es la verdad, mi vida…Albert no es tu padre biológico. Lo sabía, claro que lo sabía… Cuando nos casamos tú ya tenías casi dos años y te quería como si fueras sangre de su propia sangre… En cierto modo, Al es tu padre y tú eres su hija aunque tus genes así no lo digan.

Sé que ahora te costará entenderlo, y sé que pensarás que quizá me casé por despecho o por darte un padre, pero con el tiempo comprenderás que se puede amar a varias personas de distintos modos y no por eso ser menos importantes en tu vida. Yo he amado a Sirius durante todos estos años porque fue el amor de mi vida, la persona a la que le entregué todo desde el primer beso. Pero también he amado a Albert porque ha sido la persona que siempre ha estado a nuestro lado, aquella a la que le he dado mi felicidad, con la que he compartido la alegría de crear una familia y criar un tesoro, nuestro tesoro… Tú.

Perdóname por no habértelo contado antes… pensaba hacerlo cuando cumplieras la mayoría, pero, al parecer, Merlín no lo ha querido. Como ya te dije, todo está escrito aquí… Todo lo que mi corazón sentía, mis pensamientos. También en casa, en el sótano, hay un pensadero y un montón de recuerdos en el armario. Sí, aquel que siempre ha permanecido cerrado. Ahora estará abierto para ti, tesoro. Mi vida está repartida entre ellos y este diario.

Solo una última cosa, cariño. Vive feliz. No malgastes tu vida llorándonos, porque tus lágrimas no van a hacer que volvamos. No te niegues tus sentimientos por muy difíciles que puedan parecer o por lo que la gente pueda decir. El amor solo hace daño cuando es egoísta. Vive el día a día, disfruta de tu juventud y lucha por tus sueños hasta que los consigas, porque solo en tu mano está el destino.

Te quiero mi amor, te quiero como a nada en éste mundo porque tú has sido ese rayo de sol que me hizo seguir adelante. Busca el tuyo y agárrate a él.

Un beso desde el cielo:

Mamá

Pronto la tinta se emborronó, dejando pequeñas manchas y pequeños surcos. Estaba llorando. Maldecía por lo bajo su suerte, sin embargo, aunque en ese momento no se diera cuenta, aquellas letras le habrían quitado un terrible peso de encima. Conocía su existencia, el por qué de sus desgracias… Sabía su relación con las serpientes, el por qué de su cabello, de su carácter, todo… Ahora sabía que su apellido no era Prewett, sino Black. Divinity Black.

sábado 1 de noviembre de 2008

CAPÍTULO 10: El baile de navidad

El tiempo pasaba lenta y dolorosamente para Divinity. La pérdida de sus padres había supuesto un mazazo emocional para la muchacha, que apenas salía de su cuarto si no era para las clases o para comer algo, siempre en compañía de sus amigos. Además de eso, el revuelo del Baile de Navidad la ponía de los nervios… Todo el mundo hablaba de sus parejas para el baile, de sus trajes. Fred al final había decidido invitar a Angelina al baile y George había invitado a Ytzria, esperando que su hermano se dejara de tonterías y acabara sacando a la rubia a bailar.

Una mañana de finales de diciembre, poco antes del baile, Divinity recibió en su propia habitación un enorme paquete bien envuelto en papel de regalo color carmín, con flores doradas, y un pergamino enrollado. Lo encontró sobre la cama cuando subió de desayunar, así que, con cuidado, desenrolló el pergamino y lo desplegó. La letra era de su padrino. Suspiró largamente y se dispuso a leer.

Mi querida Divinity:

¿Cómo estás? Espero que mucho mejor que la última vez que nos vimos. Sé que te resultará extraño que te escriba enviándote este gran paquete, pero tu madre quería que lo tuvieras tú. Es el vestido con el que acudió a su primera cita formal cuando tenía a penas 17 años. Seguro que estás preciosa en el baile con él. Disfruta de tu día y sé una princesa de radiante sonrisa. Os iré a buscar el día 26 a última hora de la tarde.

Te quiere tu padrino:

Remus J. Lupin

Divi se mordió ligeramente el labio inferior, con las lágrimas saltadas… Ese traje era de su madre y, al igual que todo lo que había en la casa, ahora le pertenecía a ella. Dejó el pergamino a un lado y quitó el papel de regalo de la caja de cartón. La destapó y, con cuidado, cogió el vestido que yacía en su interior, alzándolo y sacándolo de su confinamiento. Era un precioso vestido largo, de color azul cielo, de verano. Sus tirantes eran finos y su escote de pico, lo que realzaría, evidentemente, los encantos de la muchacha. Una sonrisa se le escapó de los labios al imaginarse a su madre, joven y sonriente, vestida con aquel traje.

Junto con el vestido, venían unos zapatos de verano de color marfil, de tacón, y un tocado para el pelo… Aunque no fuera al baile, había decidido que, al menos, llevaría puedo el traje, ya que estaba segura de que a su madre le habría hecho ilusión verla con él puesto.

Tras dejar el vestido colgado en su armario, con los zapatos y el tocado, mucho más animada que los últimos días, la bruja salió de la habitación, dirigiendo sus pasos hacia la sala Común para salir en busca de sus amigos. Pero antes de poder tocar el pomo de la puerta para salir de allí, una voz se alzó a sus espaldas.

-Vaya, chicos, mirad… Ahí va Prewett- se burló la voz de Malfoy, secundada de las risas de sus dos inseparables gorilas -¿Vas a ir a llorarles a mamá y a papá? ¡Ah no! ¡Si están muertos!- las risas se hicieron más fuertes mientras que la rubia apretaba los puños con tanta fuerza que se le notaban las venas… la rabia empezaba a carcomerla por dentro –Aunque si yo tuviera una hija como tú no habría esperado a que me mataran, me habría…- pero no puedo terminar la frase. Divinity se había precipitado sobre Draco, con los ojos encendidos de rabia, empujándole contra la pared. Malfoy emitió un gritito de lo más cómico, asustado, mientras Divi le agarraba del cuello con la mano izquierda.

-Mira, sucia rata de cloaca- murmuró la rubia, apretando sus dedos en torno al cuello del muchacho, que tanteaba con sus manos en busca de su varita, entre gemidos de terror -, como vuelvas a mentar una sola vez más a mis padres, serán los tuyos los que se avergüencen de tenerte como hijo, porque voy a dejarte tan destrozado y voy a echar tan por tierra tu reputación en todo el Mundo Mágico, que desearás no haber nacido- un nuevo jadeo de miedo brotó de los labios de Malfoy cuando, con la mano derecha, Divinity le agarró la muñeca con la que buscaba la varita, encontrándose sus miradas : la de él suplicante, la de ella matadora -. Y por si acaso se te olvida, te dejaré un buen recordatorio- se separó lo suficiente y, con la misma fuerza que cualquier otro chico, golpeó con violencia el estómago de Draco, que se dobló de dolor, cayendo al suelo.

Alrededor de los dos se había formado un grupo de Slytherin, que miraban en silencio y acobardados la escena. Divi se giró, con los ojos entrecerrados y llenos de odio, mirando a todos y a cada uno de los allí presentes.

-¿Alguien más quiere acabar como Malfoy o peor?- todos dieron un paso hacia atrás, y la rubia se abrió paso entre ellos, sin decir más: aquella mirada de odio que les echó había servido de más aviso que cualquier palabra. Después de aquella demostración de que, pese a estar rota por el dolor, seguía siendo la misma muchacha fuerte de siempre, sus compañeros volvieron a hacerle el vacío en el que ella se encontraba tan a gusto.

La noche del Baile no tardó en llegar y todo eran nervios. Fred y George ya esperaban en lo bajo de las escaleras, vestidos con sendas túnicas de gala negras, con su camisa y su pajarita. Fred llevaba el pelo bien peinado, con la raya hacia un ladito, mientras que George se lo había echado todo hacia atrás. Estaban los dos radiantes, muchísimo más guapos que nunca.

-Tío, estoy nervioso ¿eh?- susurró Fred, emitiendo un largo suspiro, echando hacia atrás la cabeza.

-¿Por qué? ¿Por Angelina? Ni que nunca hubieras hablado con ella- dijo su gemelo, mirando de reojo a Fred, que se contuvo para no darle una colleja, como siempre.

-No, bruto ¡Por Ytzria! Espero que esto funcione, porque sino no tengo ni idea de qué haré para que se fije en mi- murmuró, colando un dedo por el cuello de la camisa para holgárselo mientras George abría la boca para decir algo. Pero en ese momento, Angelina bajó las escaleras con un sencillo traje color verde botella, sonriendo a los gemelos.

-¡Vaya Angelina! Estás muy rara sin la túnica de quidditch ¿eh?- se burló George, riendo, mientras la muchacha enarcaba ambas cejas, mirándole de reojo.

-Perdona, pero a mí todo lo que me ponga me sienta bien- alargó la mano, la cual Fred cogió al acto, ayudándola a bajar las últimas escaleras.

-Estas muy… guapa- sonrió con carilla de circunstancia mientras Angelina le regalaba una amplia sonrisa, fingiéndose vergonzosa. Pero pronto los ojos de Fred se posaron en otra figura que resplandecía más que cualquier joya aquella noche: Ytzria. Llevaba un precioso vestido rojo pasión, de satén, con el escote de palabra de honor. Su cabello iba suelto, recogido con una pequeña diadema de flores, regalo de Jessica, quien fue para ella como una segunda madre, que mantenía sus cabellos enganchados, despejando su preciosa cara, ahora maquillada con tonos muy naturales, rosados, y con un brillo en los labios que a Fred se le antojó demasiado provocativo como para pasarle desapercibido -. Por las barbas de Merlín…- murmuró Fred, anonadado, mientras su hermano se adelantaba, con una sonrisa, a tenderle la mano a su acompañante.

-Pensaba que los ángeles tenían alas, pero al verte, me acabo de dar cuenta de que en Hogwarts hay uno desde hace cinco años- dijo George, mirando hacia su amiga. Las mejillas de Ytzria pronto se tiñeron de rojo, a juego con su traje, mientras alargaba la mano para tomar la del pelirrojo.

-Mu… muchas gracias, George- murmuró, a penas con un hilo de voz, mirando al gemelo y luego a Fred, sonriente -. Vosotros estáis muy elegantes también.

-Bueno ¿Entramos?- se apresuró a preguntar Angelina, agarrándose al brazo de su acompañante, casi de manera posesiva. Sin poder más que asentir, los gemelos se adentraron en la fiesta con sus dos acompañantes. El comedor estaba realmente precioso, con decoraciones de hielo y cristal. Los alumnos ya hablaban entre ellos, sentados en las mesas y a la espera de que los cuatro campeones hicieran su aparición estelar para comenzar la fiesta. Los gemelos Weasley acompañaron a sus dos acompañantes hacia la mesa donde debían tomar asiento. Con cuidado, George se adelantó para retirarle la silla a Ytzria, la cual tomó asiento con cuidado de no arrugarse su precioso vestido.

-Gracias- susurró, aún con las mejillas encendidas por la vergüenza. Fred realizó el mismo movimiento que su gemelo, pero no podía evitar mirar a Ytzria. Estaba preciosa, radiante, y eso no pasaba desapercibido para Fred. Comenzaba a arrepentirse de verdad por no haberla invitado a ella. Si lo hubiera hecho, quizá esa noche podría confesarle todo lo que su corazón guardaba.

Enseguida la música comenzó a sonar y todos los alumnos se levantaron de sus mesas para recibir con aplausos a los cuatro campeones y sus parejas. Los chicos iban muy elegantes, todos con sus túnicas de gala, y las chicas irradiaban una belleza que no pasaba desapercibida. Incluso Hermione no parecía ella y eso parecía haber fastidiado bastante a Ron, que permanecía rojo de envidia al verla aparecer con Krum. Fred y George se miraron tras observar a su hermano menor, luchando por no romper en sendas carcajadas.

Los cuatro campeones y sus parejas tomaron posiciones en la pista de baile y, en cuanto la banda comenzó a tocar la canción de apertura, comenzaron a bailar bajo la atenta mirada de los alumnos de las tres escuelas. Ytzria juntó las manos sobre su pecho, con la mirada brillante, ilusionada. Ese tipo de eventos siempre conseguían emocionarla hasta el punto de sus que ojillos grises, brillantes, se empaparan al borde del llanto.

-Qué bonito- murmuró la rubia, agarrándose al brazo de George, con cuidado, el cual alargó la mano para acariciar su mejilla, con delicadeza.

-Venga, Ytz, no llores, que este es un día feliz- le dijo el muchacho, amablemente, mientras acariciaba la sonrosada mejilla de la rubia. Poco a poco las parejas comenzaron a inundar la pista de baile tras hacerlo el director Dumbledore y la subdirectora McGonagall. George tomó con delicadeza la mano de la muchacha y la hizo girar hasta hacerla quedar frente a él, mirándola con una encantadora sonrisa en los labios -¿Me concede este baile, señorita McLouis?

-Con mucho gusto, señor Weasley- contestó la rubia, con una amplia sonrisa en los labios, adornada por el encantador rubor de sus pálidas mejillas. El pelirrojo tiró de su acompañante hasta el centro de la pista donde, tras tomarla de una mano y colocar la otra en su cintura, comenzó a bailar al ritmo de la música que sonaba. Los dos estaban radiantes. La sonrisa de Ytzria podría iluminar la soledad más profunda, y la mirada de George, dulce, encantadora, apaciguar el dolor más insoportable. Los dos amigos se tenían el uno al otro en ese momento y sabían que aquella noche sería especial. Aún así, les faltaba alguien importante, alguien que no estaba allí.

Aunque a penas era un murmullo, el viento llevaba la música hasta lo alto de la Torre de la Lechucería, donde una figura escrutaba la noche desde la oscuridad, con tan solo el tenue brillo de su varita iluminando un trozo de pergamino bastante arrugado.

-¿Me gustaría que vinieras al baile conmigo?- susurró la voz, muy suavemente, en un tono entre amargo y burlesco –No podrías ser más rastrero ¿verdad, Tonks?- la luz de la varita se apagó y, al instante, trozos de pergamino se unieron a la nieve para caer al suelo. El silencio se adueñó por un instante de la zona, como si el ambiente y las estrellas se tensaran al ver caer tristemente aquellos pedacitos de pergamino desde tan alta altura –No vuelvas a tomarme por idiota- murmuró de nuevo, intentando romper aquella atmósfera tan silenciosa.

Nuevas notas resonaron en el ambiente, nuevos ritmos que despertaron en la figura viejos recuerdos. Era una melodía dulce, lenta… No poseía muchos altibajos, lo que la dotaba de una armonía tranquilizadora. Tan tranquilizadora como el abrazo de una madre. Se giró y se introdujo en el interior de la lechucería, perdiéndose allí en dirección a las escaleras de descenso.

El resonar de unos tacones descendiendo por las frías escaleras de piedra, hizo que Marcus alzara la mirada del libro de herbología que leía tranquilamente en la biblioteca. Ya que todo el mundo estaba en el baile y tenían permiso para estar fuera de las Sala Comunes, el muchacho había decidido aprovechar para estudiar. Sin embargo, la curiosidad le pudo. Cerró el libro, dejándolo en su sitio, y salió al encuentro de aquellos pasos que empezaban a perderse en los pisos inferiores.

Descendió sin prisas, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón de su uniforme. Se detuvo en el último tramo para mirar hacia la puerta del comedor, donde una muchacha miraba, desde el marco de la misma y casi a escondidas, el baile que estaba teniendo lugar. Vestía un precioso traje de gala azul oscuro, abierto por la espalda hasta la cintura. Llevaba el rubio cabello recogido en un moño no muy bien hecho, con varios rizos saliendo de él y cayendo por su espalda y los laterales de su rostro. Se decidió y terminó de descender las escaleras, acercándose hacia aquella chiquilla.

-Ytzria está preciosa… Y hace tan buena pareja con George…- murmuró Divinity, allí detenida, al lado de la puerta. Pese a no tener intenciones de bajar, se había puesto el traje de su madre. De repente sintió cómo alguien carraspeaba a su espalda y se tensó, pensando rápidamente una excusa para el profesor que fuera. Pero cuando iba a abrir la boca, vio a Marcus, allí parado, observándola con aquellos eléctricos ojos azules -. ¿No… No has ido al baile?- preguntó tras unos instantes, sin poder apartar la mirada de aquellos profundos y tristes ojos.

-Bueno, es que no tenía pareja y…- se detuvo, observándola ahora de frente. Si ya de espaldas le pareció que el vestido la hacía parecer más femenina, la parte delantera le despejó cualquier duda que pudiera quedarle. El escote, de pico, dejaba ver y marcaba a la perfección sus desarrolladas curvas femeninas; y el peinado enmarcaba su rostro que, aunque completamente desmaquillado, parecía mucho más hermoso que cualquier otro día, menos frío.

-Bueno, ya somos dos- murmuró Divinity, también observando a su acompañante. Él ni siquiera se había vestido para el baile, lo que aún le atajo más. Llevaba la camisa ya un poco arrugada por el paso del día y un par de mechones de su negro cabello caían lacios por delante de su rostro.

-¿Tú quieres entrar?- murmuró el moreno tragando saliva mientras miraba a los ojos de su acompañante, que se entornaron a la par que sonreía. Divinity simplemente negó… prefería mil veces la soledad del pasillo a su lado. Marcus le tendió la mano, tomando la de la rubia para tirar de ella hacia su cuerpo. La mano que permanecía dentro del bolsillo del pantalón salió al momento para rodear la cintura de su acompañante.

-Gracias- murmuró Divinity, posando la mano libre sobre el hombro del muchacho. Enseguida los dos comenzaron a moverse al son de la música, con las miradas fijas en el otro. La muchacha no podía creerlo. Marcus había despertado en ella un interés muy fuerte desde la primera vez que se cruzaran, y ese interés se había transformado en una irresistible atracción. Y ahora, sin haberlo siquiera planeado, estaba bailando entre sus brazos, alejándose de todo el dolor, de todo los problemas, para estar solamente con él.

-Lo siento pero no voy vestido como un príncipe, sino como un mendigo- le susurró dedicándole una media sonrisa tan encantadora que podría haber derretido a cualquier chiquilla -. Y como tal tendremos la suerte de tener la música para nosotros solos, lejos del resto del mundo.

-No a todas nos gustan la compañía de un príncipe y las grandes muchedumbres- le susurró, girando sobre sí misma cuando Marcus la guió a ello, riendo suavemente antes de volver a agarrarse a su cuerpo, volviendo a aquel mareante y delicioso contacto visual.

-Y a veces los mendigos podemos llegar a bailar con las princesas- murmuró suavemente, abrazándola un poco más contra su cuerpo.

-Más de una lo daría todo por estar ahora mismo en mi lugar, créeme- rió suavemente.

-Pero éste mendigo ya eligió a su princesa- aquella frase provocó que las mejillas de la muchacha se tiñeran de rojo. Con cuidado se acercó más hacia el muchacho, rodeando su cuello con ambos brazos mientras él posaba las manos sobre su espalda desnuda. Pese a que la música había cesado, la pareja no había dejado de bailar, metidos en su mundo, en su particular burbuja. Nada existía para ellos salvo la compañía del otro.

Tras una canción más, se detuvieron, separándose lo justo para mirarse, dedicándose sendas sonrisas, la de Marcus, como siempre, muy comedida, la de la rubia, radiante y feliz.

-Luego podemos ir a las cocinas a comer algo- dijo de repente la muchacha, acariciando tímidamente el final del cabello de su acompañante, el cual asintió con un suave movimiento de cabeza.

-Seguro que nos lo acabamos pasando mejor que ellos- contestó Marcus, volviendo a moverse con ella cuando la música comenzó de nuevo, atrayéndola contra su cuerpo, reduciendo así todo el espacio que había entre ambos.

-Seguro que ahí dentro a penas se puede hablar. Y a mi, desde luego, me encanta conversar contigo- le confesó Divinity, posando la cabeza sobre el pecho del muchacho, escuchando el tranquilizador latido de su corazón mientras éste, con cuidado, la iba guiando hacia un pasillo lateral, desde donde se escuchaba la música, pero donde nadie podría interrumpir su noche.

-En eso estamos de acuerdo- dijo el muchacho, apretando a la bruja un poquito más contra su cuerpo -. Si algo echare de menos al irme será conversar contigo; incluso más que la biblioteca que ya es decir- aquellas palabras arrancaron una tímida sonrisa de los labios de la muchacha, encendiendo también sus mejillas, mientras hundía la cabeza en el pecho de Marcus.

La música continuaba dentro del Comedor. Muchas parejas ya habían salido de allí en busca de algo de intimidad, quedando el interior bastante despejado. Tan solo alumnos de cursos inferiores y algunas parejas de amigos continuaban la velada junto con los profesores. Entre ellos se encontraban los gemelos, Ytzria y Angelina. Fred y George estaban contando varias de sus travesuras a las chicas, tan alegres y dicharacheros como siempre. Ytzria no podía parar de reír, hasta se le saltaban las lágrimas, mientras que Angelina resoplaba tremendamente aburrida.

-¿De… de verdad hicisteis eso?- preguntó Ytzria entre risas, con las manos sobre el estómago, que ya le dolía de tanto reír.

-¡Claro!- afirmó George, dándole palmaditas en la espalda a su hermano –Nos dio la idea mi madre.

-Pero… ¡Arrancar un retrete!- se echó nuevamente a reír, quitándose las lagrimillas con los dedos. La risa de Ytzria era igual de delicada que el sonido de una campanita. A Fred le encantaba oírla reír… incluso en el momento más triste, el recuerdo de su risa le hacía sonreír.

-¡Ey! Lo hicimos por una buena causa- afirmó Fred –Harry estaba en la enfermería y quisimos hacerle llegar nuestras fuerzas- rió el pelirrojo, levantándose y caminando hacia Ytzria -. Pero dejando todo eso de lado ¿Me permite este baile, señorita McLouis?- le tendió la mano, cortésmente, tras realizar una reverencia. Ytzria no pudo negarse ante tal ofrecimiento. Sus mejillas se sonrosaron ligeramente y alargó la mano para tomar la del Weasley, incorporándose.

-Será todo un placer- murmuró la rubia, levantándose de su asiento. La pareja caminó hacia el centro de la pista bajo la inquisitiva y rabiosa mirada de Angelina, a quien no le había sentado muy bien que su pareja sacara a bailar a otra. Con cuidado y con una habilidad pasmosa, Fred hizo girar a Ytzria sobre sí misma antes de abrazarla contra él, rodeando su cintura con su brazo. En cuanto la música comenzó de nuevo a sonar, los pies del pelirrojo comenzaron a moverse, guiando a su acompañante en un lento baile. Por fin la tenía entre sus brazos, por fin estaba bailando con la persona a la que realmente quería. En ese momento se sintió un cobarde, se sintió tan pequeño como un gatito entre un montón de leones ¿Por qué era capaz de pedirles citas a las demás chicas y no de confesarle a ella todo lo que sentía?

-Ytzria- susurró finalmente, apretándola un poquito más contra él. Hundió la cabeza en su cabello, aspirando su delicado aroma, dulce, embriagador -, siento haber sido un cobarde. ¿Sabes? Debí pedirte a ti que vinieras conmigo al baile en vez de a Angelina- Ytzria sintió como sus mejillas ardían de nuevo, pero no solo eso, sino que se sentía ligeramente apenada. Se separó un poquito, lo justo como para alzar las manos y posarlas sobre las mejillas de Fred. Miró sus ojos, acariciando sus pómulos con los pulgares mientras tanto, con los ojillos tan brillantes que casi parecía que iba a echarse a llorar allí mismo.

-Yo… yo… yo te regalaré una piel de oso para que no seas cobarde ¿vale?- murmuró la muchacha, mirando a los ojos de su acompañante, el cual, tras asimilar sus palabras, comenzó a reír por lo bajo, asintiendo suavemente.

-Está bien- contestó, sin dejar de bailar, acariciando la espalda de Ytzria con sus dedos, suavemente, pero siempre manteniendo el respeto por la muchacha pues, con ella, siempre fue un caballero -. La próxima vez te prometo que no seré tan cobarde y ye invitaré al baile para que seas mi pareja- susurró, acercándose para depositar un delicado y suave beso en su frente justo en el mismo instante en el que la música cesaba, quedándose los dos allí quietos, abrazados. Nada existía en esos momentos para ninguno de los dos, solamente ellos.

-Cualquiera que nos vea pensaría lo que no es- dijo la muchacha, entre risas, mientras Marcus la posaba en el suelo. Habían decidido hacer un paro e ir a beber algo a las cocinas, donde los Elfos les atendieron sin problemas. Y Divinity, para no caerse, se había dejado los zapatos de tacón tras una estatua por lo que el joven, muy caballeroso, la había llevado y de ida y de vuelta entre sus brazos.

-Que piensen lo que quieran; no me importan lo mas mínimo- dijo el muchacho, sin soltar a su acompañante que, aún estando en el suelo, se mantenía abrazada a su cuello -. Además, no tengo imagen alguna que sostener- murmuró, encogiéndose de hombros -simplemente para ellos no existo.

-Pues ellos se lo pierden- murmuró Divinity, pasando sus manos de su nuca hacia sus mejillas, con cuidado.

-Seguro que tu imagen si que se va a los suelos- dijo el muchacho, acercándose un paso más a la rubia, estrechando el espacio que había entre sus cuerpos.

-A estas alturas lo que esas víboras piensen de mi me da igual- dijo, encogiéndose ligeramente de hombros, ladeando la cabeza hacia un lado mientras le dedicaba una sincera sonrisa, más radiante que ninguna otras- Además, ¿Y lo bien que me lo paso en tu compañía?- el muchacho rió suavemente, alzando una de las manos para retirarle del rostro un mechón de cabello tan lentamente que a ambos se les hizo eterno.

-La verdad es que contigo se me pasa el tiempo muy rápido- murmuró, dedicándole ahora él una sonrisa tan encantadora que la rubia sintió como su corazón se disparaba, latiendo más rápido que nunca -. Dicen que cuando uno lo pasa bien el tiempo vuela ¿no?

-Sí, y es una verdadera pena- murmuró Divinity, dando un paso hacia él, de modo que sus cuerpos entraron en contacto. Se sentía mareada entre sus brazos, como si fuera a desmayarse por la rapidez con la que su corazón latía -. A veces desearía que el tiempo se detuviera. Ojala esta noche fuera eterna.

-Quizá no pueda ser eterna- la mano del muchacho se deslizó por la mejilla de la bruja, sintiendo el calor que se agolpaba en la misma -, pero podemos hacer que sea inolvidable.

-Para mí ya lo está siendo- sus brazos rodearon muy lentamente el cuello del mago, alzándose sobre las puntitas de sus pies. Le sentía tan cerca que casi podía notar sus alientos entrelazándose, tentándose el uno al otro por fundirse en uno solo -. Cada momento a tu lado lo es- confesó en un susurro, sonrosándose más sus mejillas, brillando sus violáceos ojos de manera casi febril debido al cúmulo de sentimientos y sensaciones que en ese instante estaban apareciendo en su interior.

-Pero podría serlo aún más- susurró Marcus sobre sus labios justo antes de terminar de reclinarse hacia delante y besar a su compañera. Una corriente de placer recorrió el cuerpo de la bruja, que se tensó, temblorosa, pegando más su cuerpo al del mago. Sintió sobre su propio cuerpo, por encima de la ropa, el musculado torso del joven mientras éste le soltaba el cabello para enredar en él sus manos, deleitándose con su tacto y con su suave aroma a frambuesa. Los labios del mago atraparon traviesamente los de la bruja con suavidad antes de, con una calma que enervaría a cualquiera, introducir su lengua en la cueva de sus labios, conformando una pista donde sus lenguas danzarían creando un precioso recuerdo. Aquellos labios, rosados y carnosos, acababan de arrebatarle a la bruja su primer beso, un primer beso que le sería inolvidable. Un beso que quedaría eternamente grabado a fuego en su memoria.

La noche pasó rápida para todos y el sol comenzó a aparecer por el horizonte. Pocos vieron allí a la pareja, pero uno de ellos fue Tonks quien, además de ser rechazado por la bruja, ahora se sentía ultrajado ¿Por qué tenía que estar bailando y besuqueándose con ese búlgaro?

Sin embargo, nada le importaba a Divinity en ese momento. En cuanto los jóvenes se dieron cuenta de que estaba amaneciendo, Marcus realizó una sutil reverencia y la acompañó a través de las mazmorras hasta la puerta de su sala común, caminando con las manos en los bolsillos mientras ella las mantenía cruzadas a la espalda.

-Bueno… aquí acaba nuestra noche- murmuró la muchacha, girándose hacia él ya delante de la puerta de su Sala común. En verdad se sentía muy triste… Toda aquella noche había sido para ella como esos cuentos de hadas que su madre le contaba de niña; se había sentido tan especial como las princesas. Pero al contrario que en los cuentos, su noche sí acababa.

-Algún día, si la suerte nos es favorable, estoy seguro de que volveremos a encontrarnos. Y no se porque pero me da aquí- dijo, señalándose la sien a la par que le dedicaba una media sonrisa -que mas de un dolor de cabeza me producirás- Divi asintió con una sonrisa y ésta vez se acercó ella hasta Marcus. Posó la mano sobre su mejilla y se alzó sobre las puntas de sus pies para robarle un ultimo beso, delicado, dulce como la miel.

-Buenas noches- murmuró, con las mejillas ligeramente encendidas, antes de abrir la puerta y pasar al interior de la Sala Común. Hasta que ésta no se cerró, marcus no se giró para marcharse a descansar. Ahora tenía que dormir si quería dedicar la tarde nuevamente al estudio.

Al girarse, Divinity vio allí a Tonos, de pie, aun con la túnica de gala puesta y con el ceño ligeramente fruncido. No entendía como alguien, y menos ella, había rechazado su amable petición para ir al baile. Se acercó hacia la bruja, con paso firme y los puños tensos.

-Eh, Black- dijo, secamente. Pero a Divinity ni siquiera le importó. También se acercó hacia él y se detuvo en frente. Antes de que pudiera abrir de nuevo la boca, la bruja alzó la mano, posándola sobre su mejilla y susurró.

-Esta noche no, Tonks. No pienso permitir que me destroces este recuerdo- murmuró, mucho más suave de lo que era habitual en ella, diciéndolo casi como si fuera una súplica. Aquella noche había sido para ella un soplo de esperanza y un rayo de luz en aquella oscuridad. Quitó la mano de allí y pasó por su lado hacia las escaleras que daban a los cuartos de las chicas, dejándole allí, quieto, y bastante desconcertado.

Una vez llegó a la habitación, se quitó el vestido, colgándolo con cuidado de no arrugarlo, y se puso su camisón. Abrió las ropas de cama y se metió dentro, abrazándose a su almohada mientras en sus labios se dibujaba una sonrisa tontorrona. Sí, con aquel beso lo había comprobado… le quería. Se abrazó aún más fuerte a la almohada, susurrando un suave “Marcus” junto con un suspiro, antes de caer dormida.

sábado 18 de octubre de 2008

CAPÍTULO 9: Un adiós sin despedida

Una mañana más el sol se coló por la ventana de la habitación de la bruja, dándole de lleno en los ojos, lo que hizo que Divi se moviera, molesta, emitiendo un ligero quejidito de desagrado.

-Joder… ¿Por qué amanece siempre tan temprano?- murmuró para sí misma, restregándose los ojillos con las manos mientras se levantaba. Hacía mucho frío… el invierno ya había llegado y podía verse gracias a la manta de nieve que cubría los terrenos de la escuela.

Una vez se hubo incorporado, paseó la vista por la habitación hasta dar con la caja aún cerrada que su madre le había mandado con el vestido para el esperado baile de Navidad.

-Menuda chorrada- se dijo a sí misma mientras se levantaba, negando con un sutil movimiento de cabeza… Aún no tenía pareja, pero quería tenerla. Esa noche lo había soñado y en sus mejillas apareció enseguida la prueba que la delataba. Lo había visto en sus sueños… aquel cabello negro tan sedoso, su aterciopelada y pálida piel, sus gatunos ojos azules, su musculatura, sus rojos y carnosos labios -¡No seas idiota!- se dijo a sí misma, posando sus manos sobre sus propias mejillas –Deja ya de soñar, Divi, que eso no es lo tuyo- emitió un largo suspiro, quitándose el pijama de invierno, dejándolo tirado sobre la cama, cogiendo después el uniforme y la túnica para ponérsela y bajar a desayunar con el resto de sus compañeros.

No tardó más de 20 minutos en salir de la Sala Común, ya vestida, con el pelo recogido en un sencillo moño mal hecho, con la mochila a la espalda y la varita guardada en la manga de su túnica, como siempre atada al brazo con una correa de cuero. Odiaba detenerse en su Sala Común con todas aquellas serpientes cuchicheando. No comprendía cómo les gustaba tanto trazar planes sucios para quedar siempre por encima… y además estaba él… ese odioso de Nucumna Tonks… Solo pensar en él hacía que los nervios se le crispasen y deseara tenerle cerca para golpearle.

-¡Divinity!- la voz de Lee la sacó de su ensimismamiento… llevaba un día en el que, enseguida, se quedaba cavilando sin razón alguna. Lee estaba esperándola en la puerta de acceso al pasillo de las mazmorras, con las manos tras la nuca y balanceándose de delante hacia atrás.

-Buenos días, Lee- contestó la muchacha, alzando la mano a modo de saludo, deteniéndose delante del chico, que la miró comenzando a hacer pucheros, como siempre que quería algún abrazo por parte de sus amigas -¿Qué te ocurre esta mañana, Lee? ¿Aún estás triste porque Alicia te dijo que no podía ir al baile contigo?- preguntó, acercándose a su amigo y acogiéndole tranquilamente entre sus brazos, como siempre, a lo cual el muchacho respondió pasándole los suyos por la cintura.

-¿Alicia? ¡Qué va! Eso ya es agua pasada, Divi- negó suavemente, ladeando después la cabeza, con la misma carita de pena –¡Esta vez fue Katie! ¿Te lo puedes creer? Me rechazó a mí, ¡al gran Jordan! Me ha roto el corazón- murmuró apoyando la frente en el hombro de la muchacha, emitiendo leves quejiditos.

-Lee ¿No dices siempre que tú tienes amor para todas? Pues no te preocupes, seguro que más de una chica se muere por ir al baile contigo… Solo tienes que esperar a que llegue- sonrió de medio lado la bruja, despeinando las trencitas de su amigo, que asintió con un firme movimiento de cabeza.

-¡Tienes razón! Divi, eres mi ángel de la guarda- asintió, con el ceño ligeramente fruncido, lanzándose luego a besar la mejilla de la bruja antes de separarse de ella. Le guiñó el ojo y salió corriendo hacia el Gran Comedor, seguido de la bruja, que reía por lo bajo.

Una vez dentro del Comedor, pasó de largo de su mesa, dirigiéndose hacia la de Ravenclaw, abrazando entonces, por detrás, a Ytzria, apoyando la barbilla sobre su hombro tras reclinarse hacia delante, entrecerrando los ojillos… Le gustaba abrazarla, la sentía como una hermana menor a la que cuidar y proteger.

-Buenos días- susurró Ytzria al sentir a su amiga abrazarse a ella, echando hacia atrás la cabeza. Divi sonrió de medio lado, besando después sonoramente la mejilla de su amiga, estrechándola entre sus finos brazos.

-Buenos días ¿Dormiste bien esta mañana?- preguntó la bruja, a lo que su amiga asintió, firmemente, llevándose a los labios un vaso de jugo de calabaza. Todas las mañanas, la que llegara después, iba a saludar a la que ya se encontraba en el comedor, como una tradición.

-¿Qué toca a primera hora?- preguntó, inocente, la muchacha, a lo que Divi contestó arrugando la naricilla ligeramente.

-Creo que transformaciones con McGonagall, así que no empezamos muy mal la mañana, ¿verdad?- sonrió de medio lado, soltando a la rubia y estirándose largamente –Voy a desayunar con las serpientes, nos vemos en clase.

Enseguida llegó la hora de clase y todos se habían sentado en sus respectivos pupitres. La profesora McGonagall, como cada día, traspasó la puerta, cerrándola tras de sí, y caminando en dirección a la mesa del profesor, que se alzaba delante de los pupitres de los alumnos de quinto. Divinity e Ytzria sacaron los pergaminos, el libro, la varita y la pluma con el tintero, dejándolo todo sobre la mesa mientras Minerva se giraba hacia ellos.

-Señores, hoy vamos a practicar un encantamiento un poco más complicado que el pasado día- comenzó a explicar la profesora, poniendo los pasos y la forma de mover la varita en la pizarra. Todo el mundo copiaba, rápidamente, en los pergaminos, cuando llamaron a la puerta del aula. Todos se giraron hacia allí mientras McGonagall caminaba hacia la puerta, abriéndola en cuanto llegó. Allí, de pie, se encontraba el profesor Snape, con las manos metidas en las mangas de su larga túnica negra, y con el grasiento cabello cubriendo parcialmente su rostro.

-¿Qué habrá pasado?- preguntó Divi a su amiga, la cual, simplemente, se encogió de hombros, mirando la escena tan curiosa como el resto de sus compañeros. Todos parecieron contener el aliento cuando Minerva, tras llevarse la mano al pecho, se giró hacia la clase, directamente hacia el ala derecha de la misma.

-Señorita Prewett, por favor- Divinity se levantó, más que extrañada… ¿Ahora qué demonios había hecho? Para una vez que llevaba más de un mes sin meterse en problemas, Snape reclamaba su presencia. Tragó saliva sonoramente y caminó hacia allí, con la mirada baja.

-Acompáñeme, Prewett, tengo que hablar muy seriamente con usted- dijo Snape, girándose y comenzando a caminar hacia las escaleras para bajar a las mazmorras, a su despacho. Divinity se limitó a asentir, escuchando cómo la puerta del aula se cerraba tras de si, dejándola a solas con el profesor, atravesando los largos pasillos de la escuela.

La caminata se le hizo horriblemente eterna. El sonido de sus propios zapatos chocar contra el suelo era el único sonido que podía escucharse en el largo pasillo de las mazmorras. La fría piedra parecía quitarle todo el aire que allí podía respirarse y las armaduras parecían a punto de lanzarse sobre su cuello. No sabía si era por la poca luz invernal que entraba a través de las ventanas o por el miedo a la repentina llamada de Snape, pero aquel lugar le parecía muchísimo más aterrador que de costumbre.

El profesor Snape se detuvo delante de la puerta de su despacho, abriéndola con un sutil movimiento de su mano, sin tener siquiera que pronunciar la contraseña de acceso. La piedra se abrió con un desagradable chirriar que hizo que la bruja cerrara los ojos, temblequeando ligeramente, pasando, a continuación, detrás de la espigada figura del profesor.

-Siéntese- ordenó escueta y firmemente el profesor, lo que hizo que la muchacha caminara rápidamente hacia una silla que permanecía ligeramente apartada de la mesa de su despacho, tomando asiento allí. Colocó las manos sobre sus piernas, enredando los dedos nerviosamente mirando al frente, intentando aparentar tranquilidad pese a tener más miedo que Potter delante del Colacuerno. Severus se recreó en su paseo, rodeando la mesa con paso tranquilo hasta colocarse delante de su silla, tomando asiento, posando las manos, cruzadas, sobre la madera del mueble.

-Usted dirá, profesor- murmuró la muchacha una vez el hombre tomó asiento, manteniéndole la mirada a través de la cortina de cabello que la cubría parcialmente. El profesor Snape se reclinó ligeramente hacia delante, tomándose su tiempo para hablar, analizando cada movimiento, cada mirada de la bruja.

-Hemos recibido hace unos minutos una carta del Ministerio de Magia donde se certifica la defunción de sus padres, señorita Prewett. Su padrino viene de camino para recogerla- al principio aquello le pareció una broma de muy mal gusto… ¿Cómo iban sus padres a estar muertos? Pero enseguida cayó en la cuenta… Snape nunca bromea… y jamás bromearía con un tema como aquel. Sintió como comenzaba a marearse, cómo sus brazos temblaban cada vez más, cómo su respiración y el latir de su corazón se aceleraban hasta casi ahogarla. Y pronto, sus ojos estallaron en lágrimas, arrebatándoles de golpe toda la vivacidad de la que parecían sentirse orgullosos.

Los dos estaban en silencio… Snape mirándola, sin moverse, y Divinity completamente parada, con la mirada perdida. Se levantó de golpe, sin decir nada, y se giró comenzando a correr a través del largo pasillo de las mazmorras en busca de alguien… le daba igual quien fuera… que fueran Fred y George, Ytzria, Marcus… pero les necesitaba más que nunca. Se había quedado sola… sus padres ya no la verían crecer, no volverían a abrazarla.

Salió hasta los jardines, donde Fred y George permanecían sentados en un banco, hablando de sus cosas, como siempre, entre risas. Divinity corrió hacia ellos en cuanto les vio, agarrándose el pecho con una de sus manos mientras las lágrimas nublaban completamente su visión. Les veía borrosos, a lo lejos… Los gemelos, en cuanto la vieron, se levantaron más que extrañados, caminando hacia la muchacha, que se lanzó directamente sobre los brazos de George, llorando amargamente. Los gemelos se miraron, el uno al otro, sin comprender nada de lo que había sucedido.

-Divi… Divi ¿Estás bien?- preguntó Fred, posando una de sus manos sobre los cabellos de la muchacha mientras su hermano le acariciaba la espalda. Pero la chica no dejaba de llorar… a penas salían palabras de entre sus labios, mezcladas con las lágrimas y los jadeos de dolor que salían desde lo más hondo de su garganta.

-Muertos…- consiguió decir, apretándose más contra George, amenazando con caer al suelo, pues las piernas le temblaban terriblemente. Le dolía el alma, le dolía el corazón… Una y otra vez, en su mente, se repetían las palabras de Snape.

-¿Muertos? ¿Quiénes, cariño?- preguntó George tras unos instantes de silencio en los que los hermanos se habían mirado a los ojos, hablando, como siempre, con la mirada. Había pasado algo gordo, algo muy grave para que alguien como ella estuviera en ese estado.

-Están muertos… están muertos…- no paraba de repetir la muchacha, hasta que sus piernas no soportaron más su peso, obligándola a caer de rodillas con George, al cual no era capaz de soltar. En ese momento profirió un grito que intentó ahogar en el pecho del pelirrojo… Un grito llamando a su madre… Un alarido que brotó desde el interior de su alma, empujado por el dolor hasta sus labios. Ahora Fred y George lo comprendían y se miraron de nuevo. Fred se agachó detrás de su prima, rodeándola también con los brazos, quedando los tres completamente abrazados. De los ojos de los gemelos comenzaron a brotar las lágrimas, no se lo creían.

-No llores Divi… No llores- Repetía Fred una y otra vez, que parecía el más calmado de todos los allí presentes. Pero sus palabras caían en saco roto, pues los gemidos de Divinity no cesaban, y George lloraba mientras intentaba consolar fallidamente a la rubia. De repente Fred sintió como otros brazos le rodeaban desde detrás y alguien apretándose contra él… reconocía el olor –Ytzria…- susurró, sintiendo como la cabeza que permanecía posada en su espalda se movía de manera afirmativa. Estaban los cuatro abrazados, compartiendo aquel peso, aquel dolor. La vida de uno de ellos había cambiado radicalmente y de una manera realmente cruel.

Así permanecieron un buen rato, llorando en medio de la nieve sin separarse, hasta que la profesora McGonagall llegó seguida de Molly Weasley y de Lupin. La señora Weasley lloraba sin parar… había perdido a su hermano menor, al único que le quedaba, y de la misma manera que había perdido a los demás hermanos que había tenido. Pero ahora tenía que ser fuerte. Su sobrina había quedado huérfana y debía darle, al menos de momento, el amor maternal que le faltaría.

-Divinity…- murmuró la señora Weasley cuando se hubo acercado al grupo. Los cuatro muchachos se separaron, dejando libre a la rubia, que se incorporó, temblorosa, caminando hacia su tía. La mujer abrió los brazos, con cuidado, hacia la chica, que enseguida se acurrucó entre los rechonchos brazos de Molly.

-Tía Molly…- murmuró, emitiendo un leve quejido de dolor. Los brazos de la mujer le daban una tranquilidad inimaginable, un calor maternal que agradecía en el alma. Se apretó contra ella, hundiendo la cabeza en su hombro mientras volvía a llorar, amargamente. Molly también sollozaba, en silencio, susurrándole palabras de ánimo a la muchacha.

Poco a poco Divi pareció calmarse hasta el punto de que, por el cansancio y los esfuerzos del llanto, se quedó medio dormida allí, entre los brazos de Molly. Estaba tan a gusto con ella, se sentía tan protegida entre sus brazos… Pero pronto pasó a los brazos de Lupin, que la recogió, con las pocas fuerzas que tenía, entre sus brazos. Fred, Ytzria y George le miraron, en silencio, los tres aún abrazados.

-No os preocupéis… La llevaré a mi casa para que descanse; estará bien cuidada- dijo, tranquilamente, mirando a los tres muchachos, con una media sonrisa, triste, en sus labios -. Nos veremos mañana en el entierro.

Y el día amaneció nevando. A esas alturas del mes de diciembre, todo el Valle de Godric y los alrededores estaban siempre adornados con una profusa capa de nieve que brillaba en cuanto el sol despuntaba por el horizonte.

Y en las puertas de Hogwarts, Fred, George e Ytzria ya esperaban a Charlie, que había quedado en ir a buscarles con el coche de su padre y llevarles hasta el cementerio. Los tres estaban vestidos con túnicas negras, con el abrigo de invierno por encima, e incluso así, los tres tiritaban de frío. Fred, tan atento con ella como siempre, se acercó hacia Ytzria al verla, rodeándola con sus brazos para intentar darle un poco más de calor.

-Pobre Divi- murmuró Ytzria, acurrucándose entre los brazos del gemelo, que besó dulcemente su cabeza -, perder a los padres es muy doloroso…

-Y mamá también tiene que estar pasándolo fatal- añadió Fred mientras George se limitaba a mirar hacia las verjas, con los ojos entrecerrados -. El tío Al era el último hermano que le quedaba con vida.

-No lo entiendo…- susurró por fin George, emitiendo un largo y cansado suspiro -¿Por qué ellos? ¡Eran muy buena gente!- Fred iba a decir algo, pero George le señaló con el dedo, negando –No, no me digas que a la gente buena siempre les pasan cosas malas porque sigue pareciéndome injusto- En ese momento, el coche de los Weasley se detuvo delante de la verja y ésta se abrió. Los tres salieron, tranquilamente, hacia el automóvil, donde se metieron.

-Buenos días, chicos. Lamento la tardanza, pero tuve que llevar primero a mamá, a papá, a Ron y a Ginny- se disculpó Charlie mientras los Gemelos e Ytzria se metían en el coche. Charlie Weasley, en cuanto se había enterado de la muerte de sus tíos, había regresado a casa para estar con su madre.

-No pasa nada tío… venga, vamos- murmuró Fred, cerrando bien la puerta del coche. Una vez asegurado, Charlie arrancó, dirigiéndose hacia el cementerio del valle de Godric, donde sería enterrada la pareja.

Cuando llegaron, los cuatro se bajaron del coche tras aparcar y traspasaron las verjas del cementerio. Al fondo se veía un grupo de personas frente a dos féretros completamente cerrados. La multitud de cabellos pelirrojos delataba que eran los Weasley, así que los cuatro se dirigieron hacia allí: Charlie en cabeza, Fred e Ytzria después y, por último, George.

En el grupo, Divinity estaba abrazada a su padrino, quiera, entre leves sollozos, mientras Molly lloraba amargamente abrazada a su marido, limpiándose las numerosas lágrimas que brotaban de sus ojos con el pañuelo.

George, en cuanto llegó, alargó una de sus manos, posándola suavemente sobre el hombro de su prima, apretándolo con mucho cuidado. La rubia, en cuanto lo notó, se soltó de su padrino para girarse y mirar a quien la llamaba.

-Hola Divi… ¿Cómo estás?- preguntó George, sonriendo amargamente.

-Hola cariño- saludó Ytz. En cuanto la vio, Divi se soltó del todo de su padrino y corrió a abrazarse a su amiga, temblando ligeramente como un cachorrito asustado mientras ésta la acogía gustosa entre sus brazos. Con suavidad, acarició sus cabellos mientras les hacía una señal a los chicos para que se unieran al abrazo -. Ya, no llores… estamos aquí contigo los tres…- susurró. George se acercó por detrás a la bruja y la abrazó, besando su cabeza, mientras Fred hizo lo propio con Ytz, quedando los cuatro nuevamente abrazados. Divi asintió suavemente, llorando entre gemidos, nuevamente,… Sentía el corazón más oprimido que nunca y de su garganta a penas podía salir un sonido de lo dañada que la tenía de tanto llorar.

Mientras tanto, el sacerdote se había acercado hacia el lugar donde se reunían todos, observando al grupo en absoluto silencio: los cuatro amigos abrazados, Molly llorando, destrozada, siendo agarrada por su marido y su hijo Charlie, Remus un poco más apartado, de pie, con un cánido negro sentado a su lado, con la cabeza gacha, y Ron y Ginny al lado de sus padres, en silencio.

-Queridos hermanos- comenzó el sacerdote tras carraspear ligeramente, lo que hizo que todos giraran el rostro hacia él, menos el cánido que, una vez más, permanecía quieto, sumiéndose en el dolor de la pérdida de la única persona que le daba la esperanza en Azkaban -. Estamos hoy aquí reunidos para despedir a dos grandes personas: a Albert y Jessica Prewett. El señor los ha llamado temprano a su seno, donde vivirán eternamente, dejando aquí familiares y amigos. Pero no deben llorar por ellos, pues la muerte no es el final del camino, sino el principio de la vida eterna- todos permanecían en silencio. Tan solo algunos sollozos ahogados de Molly rompían la atmósfera que se había creado en aquel lugar -. Y ahora, antes de pasar a la despedida, si alguien quiere decir unas palabras, está en su pleno derecho- nadie se movió de aquel grupo… es como si ya nada les quedara por decir.

Sin embargo se oyeron pasos sobre la nieve que provenían del final, de más atrás de donde Remus y Sirius se encontraban. Poco a poco, fue adelantándose Marcus, vestido con el uniforme de Dumstrang, hasta colocarse frente al sacerdote, haciendo una leve reverencia ante él.

-Me gustaría decir unas palabras, si no le importa- murmuró al sacerdote, el cual asintió con un leve movimiento de cabeza mientras los Weasley se miraban entre sí, extrañados. A Divi se le escapó sin querer un leve gemido de dolor y sorpresa al verle, mientras que Remus esbozó una triste sonrisa. Con tranquilidad, Marcus se giró hacia los que allí se encontraban. En especial hacia Divinity, a la que miró a los ojos todo el rato mientras hablaba calmadamente -. Una gran pérdida, sin duda. Una hija que pierde a sus padres; una hermana que pierde a un hermano; una familia que pierde a dos de sus miembros más queridos a manos de quienes no debían morir. No dejaron que el tiempo emblanqueciera sus cabellos, ni que pudieran ver crecer a su pequeña divinidad, pero seguro que esto no ha acabado… Seguro que ahora caminan en pos de nuestro señor, en un lugar donde no hay dolor, donde no hay miedo, donde todas las penas y sufrimientos son eliminados y los pecados expiados...

>>Allá arriba- continuó Marcus tras una breve pausa, alzando ligeramente la mano hacia el cielo - nada les importunara... nada les volverá a hacer daños y permanecerán juntos por toda la eternidad porque eran buenas personas... La vida es corta pero ellos la disfrutaron... tuvieron una vida tranquila... una vida llena de amor y apoyo mutuo... Ahora es el momento de dejar sus almas ir mientras las despedís con la mejor de las sonrisas porque donde van si bien nadie les puede seguir siempre les queda la puerta abierta para miraros...- con tan solo mover las manos, dos palomas blancas hicieron su aparición tras él y alzaron el vuelo hacia el firmamento en simulación del ascenso de las almas.

Mientras todos le miraban, aplaudiendo por sus sentidas palabras, Marcus se alejó nuevamente a un discreto segundo plano mientras el sacerdote volvía a tomar su posición. Los sollozos de Molly se oían por encima de todos los demás mientras que Divi continuaba quieta, agarrada a su amiga, con las mejillas casi tan rojas como los ojos por el esfuerzo de llorar.

-Bien, señores, ahora, antes de acabar, pueden acercarse a depositar las flores sobre los ataúdes- dijo el sacerdote. Molly y Arthur fueron los primeros en acercarse a la pequeña mesita para coger dos rosas blancas. Dejaron una sobre el ataúd de Jessica, de madera blanca con rebordes dorados, elegido por el mismo Remus, antes de acercarse al de su hermano, de madera de fresno, brillante, con los rebordes en plata. No lo soportó y, tras dejar la rosa encima, rompió nuevamente a llorar, con amargura, abrazándose al ataúd de su hermano menor, llamándole entre frases ininteligibles por los continuos sollozos mientras que Arthur, quitándose las lágrimas con un pañuelo, acariciaba su espalda, amorosamente.

Tras ir desfilando todos a dejar sus flores y despedirse, se acercaron Divinity, Ytzria y los gemelos, cada uno con sus dos rosas, dejándolas en los ataúdes. La joven bruja se soltó con cuidado de sus amigos, dejando ella la última las rosas sobre la madera, besando las tapas una y otra vez, entre sollozos, mientras les hablaba.

-Adiós mamá… adiós papá… Os… os juro que… que haré que estéis orgullosos de mí- murmuró, entre lágrimas, hipando del disgusto, mordiéndose el labio inferior hasta casi abrirse una herida en el mismo -. Siempre, siempre lucharé y seguiré adelante… os lo juro- y en cuanto hubo dicho la última palabra, sintió unos brazos rodearla por detrás y tirar con cuidado de ella para dejar que los ataúdes, lentamente, descendieran hacia sus nichos. Ytzria apretó un poquito más contra sí a su amiga mientras los gemelos acariciaban los brazos de las dos, silenciosos, manteniendo ellos la compostura que las chicas no eran capaces de conservar.

Y así, volviendo a la tierra, Jessica y Albert le dieron su último adiós a sus seres queridos, dejando la vida de su niña en manos del destino y de sus propias habilidades.

domingo 12 de octubre de 2008

CAPITULO 8: ¿Magia o Milagro?

Aquella mañana se despertó nublada y con una fina pero molesta llovizna. Dumbledore anunció la muerte del muchacho en la cena de la noche anterior, incluso avisó a su familia, pero nadie reclamó su cuerpo… Solo unos pocos estaban afectados por aquella tragedia, entre ellos el director de Dumstrang, que a penas había pasado aquella noche por el Comedor.

Estaba sentado al lado de la cama del muchacho, en silencio… No podía creer que estuviera muerto… Habían conseguido quitarle el virote del costado y le habían cerrado del todo la herida. Pero aún así no se movía y estaba pálido como el mármol, como si en verdad fuera una exquisita imitación del cuerpo del joven mago.

-Igor… Vamos a llevárnoslo ya- dijo Dumbledore, colocándose al lado del hombre. Karkarov se levantó con cuidado, apretando paternalmente los hombros del muchacho, antes de girarse y salir de allí mientras introducían al muchacho en el ataúd aún abierto para la ceremonia.

Ella, sin embargo, ya estaba allí, de pie delante de las sillas que se habían colocado delante del lago, donde sería enterrado el muchacho. Vestía una túnica negra, larga, y llegaba el pelo recogido en un moño bajo. Sus ojos estaban irritados de tanto llorar y sus mejillas sonrosadas por el esfuerzo… Sin embargo ya no lloraba, no tenía fuerzas ni lágrimas para derramar.

-Divi…- la voz de su amiga la sacó de su ensimismamiento y giró el rostro hacia ella. Allí estaba Ytz, también vestida con una túnica completamente negra y el pelo recogido en una coleta alta… A Divi le pareció que nunca la había visto tan guapa pese a ser un momento tan triste. Tranquilamente, Ytzria se acercó a su amiga y se abrazó a ella, acariciando sus cabellos con la misma ternura de siempre. Entre ellas las palabras sobraban… Un simple gesto les bastaba para calmar a la otra, para comunicarse,…

Al momento, las dos muchachas estaban encerradas entre los cuerpos de los dos gemelos y de Lee, que se habían unido al abrazo, en silencio… Un grupo sólido, un grupo en el que el mínimo dolor de uno era compartido por todos ellos y, en ese momento, una nube de tristeza parecía cubrirlos a los cinco.

Poco a poco, el lugar fue llenándose de gente que tomaba asiento en silencio. En la primera fila estaban Karkarov y otro muchacho joven, Iván, que era el mejor amigo de Marcus de su escuela, junto a tres profesores de Hogwarts, entre ellos Lupin. Y al otro lado del pasillo, los cinco amigos, en silencio, mirando al frente. El silencio era sepulcral pese a haber tal cantidad de gente… tan solo el continuo repiqueteo del agua sobre el lago rompía aquella atmósfera de tensión.

Y por el pasillo apareció Dumbledore, caminando con paso lento, tranquilo… Su túnica, ahora negra, ondeaba con cada paso que daba, al igual que su larga barba plateada. Y detrás, flotando en el aire, le seguía el sepulcro del muchacho, al mismo paso al que el Director caminaba. Pero solo unos poco, entre ellos Divinity, pudieron ver que, en realidad, dos thestral tiraban del ataúd, siguiendo a Dumbledore hasta el lugar donde debería ser posado. Con un movimiento de la mano, el ataúd fue soltado de los portadores, y se posó, lentamente, sobre una preciosa mesa de mármol, adornada con multitud de flores recién traídas. Divi emitió un pequeño gemido sordo, tapándose la boca con las manos y apartando la vista de allí hacia un lateral donde, para su sorpresa, había un enorme cánido negro sentado, con la cabeza agachada… Si no hubiera estado tan lejos, habría jurado que le estaba viendo llorar.

- Mal momento nos reúne aquí...- dijo Dumbledore, acaparando la atención de los allí presentes, que se pusieron todos de pie a la vez, mirando hacia el director… Karkarov seguía tan serio como siempre, sin embargo, sus ojos reflejaban la misma tristeza que sufría el interior de su alma -Una despedida siempre es amarga pero recordad que no es un adiós para siempre. Marcus Stendhall no era de este colegio y los muros que flanquearán su descanso eterno son para el prácticamente desconocidos. Pero igual que aquí encontró la muerte hallará la vida y el descanso eterno.

>>No quiero ver rostros tristes- continuó el director tras un minuto de silencio, mirando a los que se encontraban en las primeras filas, incluso al cánido, que también estaba de pie, con la cabeza aún agachada, temblando, con el negro pelaje completamente adherido a su piel - Marcus fue a un lugar mejor...un chico extraordinario como el no debe caer en el olvido…- de oyó un pequeño ruido, casi imperceptible, y un leve gemido. Pese a que todo el mundo seguía quieto, sin alzar la mirada, Sirius alzó la cabeza y las orejas, mirando hacia el féretro… ¿Ha salido de allí el ruido?

Justo cuando Dumbledore iba a continuar, se oyó un profundo respirar, como alguien que, a punto de ahogarse, coge aire para llenar sus pulmones, y Marcus se incorporó de su nuevo lecho, emitiendo un largo gemido de dolor, llevándose la mano al costado. Los alumnos comenzaron a gritar y a correr, asustados, mientras los profesores intentaban poner algo de orden.

-¡Ay mi madre!- murmuró George, mirando hacia el féretro extrañado mientras Karkarov se levantaba, temblando y caminando hacia el féretro, con los ojos abiertos como platos.

-Ma… Marcus…- murmuró, sin poder creérselo. Se oyeron un par de alegres ladridos y el cánido empezó a hacer cabriolas, alegremente, antes de salir corriendo, seguido de Remus, que intentó cazarlo antes de que se alejara demasiado.

-Es… es…- tartamudeó la Divi, agarrándose a la mano de Ytzria, que se la apretó, sin poder borrar la amplísima sonrisa que había nacido en sus labios. Marcus salió de un salto del féretro y corrió a abrazarse a su director, como si fuera su padre, hundiendo la cabeza en su pecho. El hombre, gustoso, le atrajo contra él, acariciando su espalda con cuidado… Estaba vivo… No sabía cómo pero lo estaba… y estaba con él.

-Ya está… ven… vamos a la enfermería a que te miren bien- murmuró el director, en su propia lengua, mientras Marcus, asentía, temblando como un cachorrito asustado al ver a tantos curiosos a su alrededor.

Dumbledore, que ya le había dado la orden a Madame Pomfrey de que preparara la enfermería para el chico, se acercó hacia Karkarov y Marcus, posando su mano en el hombro del chico, con cuidado.

-Menudo susto nos diste, hijo… Vamos, os acompañaré a la enfermería- y, sin decir más, entre los dos directores, ayudaron a Marcus a caminar hacia la enfermería mientras Divi, los gemelos e Ytzria les observaban marchar.

-Qué mal rato nos ha hecho pasar el muchacho ¿eh?- la voz de Lupin sonó, tranquila, detrás de los amigos, que se volvieron rápidamente hacia él.

-Ahora sí que Divi no debe juntarse con ese tipo- dijo George, negando con la cabeza y con las manos mientras Ytzria y Divi le miraban, curiosas -¡Esas cosas solo pasan en pelis de muggles y zombies! ¿A que sí hermano?- preguntó, muy seguro de sí mismo, buscando el incondicional apoyo de su gemelo.

-¡Ya ves tío! Menudo yuyu que da eso de que venga un muerto y se levante- asintió, fingiendo como si le diera un escalofrío de asco por todo el cuerpo.

-Quizá solamente estuviera en estado comatoso o bajo la influencia de algún tipo de encantamiento para dormir- aclaró Lupin, mirando a los gemelos, que negaban firmemente, en sus trece, mientras las dos chicas, ya más tranquilas, reían por lo bajo, mirando a los gemelos… ¡Menudas ideáis tenían!

-Que no, Lupin, que no me lo creo- negó George, mirando nuevamente a su gemelo -¿Nos vamos a investigar, Fred?

-Vayamos, George.

-No intentes evitarlo Lupin. Intentar pararnos seria como intentar parar el viento...por algún lado siempre nos colamos- rió travieso y, alzando la mano para despedirse, los dos gemelos salieron de allí, rápidamente, abrazados por los hombros, con las cabezas juntas, cuchicheando entre ellos.

Cuando los gemelos consiguieron llegar a la enfermería, Pomfrey estaba terminando de limpiarle la herida a Marcus que, del esfuerzo de levantarse, se había vuelto a abrir y sangraba.

-No se mueva, señor Stendhall… Sé que escuece, pero enseguida estará bien- dijo la mujer justo cuando George abrió la puerta, pasando al interior, con la cabeza bien alta, mientras su hermano le seguía, con las manos metidas en los bolsillos y silbando por lo bajo.

-¡Paso! ¡Inspección sorpresa!- dijo George, con una amplia sonrisa en los labios, colocándose frente a Pomfrey que los miró con ambas cejas enarcadas.

-Señores Weasley, nada de agobios que el muchacho necesita descanso- les regañó, pero Fred alzó las manos, dedicándole una de sus acostumbradas medias sonrisas.

-No se preocupe, serán cinco minutos, Madame Pomfrey. Por cierto, está usted muy guapa esta mañana- le guiñó el ojo, remolón, antes de mirar a Marcus, señalando a su hermano y luego a él –Él es George y yo Fred.

-Primera pregunta… ¿Por qué te has levantado? ¿No se supone que estabas muerto?- Marcus enarcó ambas cejas, en silencio, simplemente mirando a uno y a otro.

-Hermano, con más firmeza, que no te contesta- murmuró Fred, animando a su hermano, que carraspeó, asintiendo.

-Segunda pregunta ¿Por qué no te despertaste antes? ¿Estabas esperando al momento oportuno?- pero Marcus tampoco contestó, sino que se limitó a chasquear la lengua, acomodándose un poco más en la cama –Bueno, pues tercera pre…- pero antes de poder continuar, Marcus se adelantó a hablarle, firme, autoritario, con los ojos entrecerrados.

-Primera y única pregunta ¿Por qué no dejas de hacer el gilipollas de una jodida vez y te pierdes tú solito? Nos harías un favor a todos- murmuró, sin alzar el tono de voz. George se quedó callado, con la boca entreabierta, sin saber qué contestar, mientras Fred le daba un golpecito en el hombro con el dedo.

-Hermano, no deberías dejar que se te rebele…Vamos, muéstrale lo que es un Weasley- murmuró, tan picajoso como siempre, pero george simplemente le puso mala cara y se giró, dignamente, saliendo de allí… Fred se rascó la nuca, sonriendo pillo, y se reclinó hacia Marcus -. Perdona a mi hermano, tío… Está con la regla y le afecta- soltó una sonora carcajada y salió de allí corriendo, en busca de su gemelo.

Mientras tanto, Divi estaba sentada en uno de los bancos, con Ytzria, ambas abrazadas… Cuando algo le pasaba, no sabía por qué, pero se sentía muy segura entre los brazos de su amiga, con si solo ella pudiera disipar su dolor, como si solo ella la entendiera. Divi mantenía la cabeza apoyada contra su pecho mientras su amiga enredaba sus dedos entre sus rizados cabellos.

-Divi…- susurró la muchacha, mirando hacia su amiga -¿Estás mejor?- la bruja asintió suavemente con la cabeza, alzándola para poder clavar su violácea mirada en los grises ojillos de su compañera.

-Sí, muchas gracias- susurró, dedicándole una media sonrisa mientras se incorporaba con cuidado -. La verdad es que ha sido todo muy extraño… No sé ni cómo me siento- arrugó ligeramente la varicilla y, justo cuando iba a decir algo, Fred y George salían del Castillo; George refunfuñaba algo por lo bajo y Fred reía burlón, con las manos cruzadas detrás de su cabeza.

Ytzria, en cuanto les vio, alzó la mano para avisarles de dónde se encontraban, y los gemelos corrieron hacia ellas rápidamente.

-Menuda cara traes, George- dijo Divi en cuanto le vio, enarcando ambas cejas -¿Ha pasado algo?- los gemelos tomaron asiento a los lados de las chicas, como siempre, mirándolas.

-Pues sí- contestó George, malhumorado -. Ese… ese estúpido de Dumstrang me ha dicho que me pierda yo solito… ¡A mi! ¿Os lo podéis creer?

-Algo harías, George, que nos conocemos… ¿Verdad Ytz?- dijo Divi, mientras su amiga asentía firmemente, arrugando la naricilla.

-¿Le hicisteis alguna de vuestras bromitas pesadas?- preguntó Ytz, mirando hacia los hermanos, pero Fred se adelantó a George, negando, comenzando a reír por lo bajo.

-¡Que va! Pero éste le atosigó a preguntas estúpidas- se burló, aguantándose la risa, mientras George resoplaba largamente.

-Es que no me parecía normal que reviviera así porque sí- se justificó George. Divi e Ytzria se miraron un instante, poniendo los ojos en blanco, antes de que la primera se levantara, estirándose largamente.

-Menudo par estáis hechos…- dijo Divi, mirando a los dos hermanos antes de detener la mirada en Fred -. Anda Fred, acompáñame un momento a ver si encuentro a Remus antes de que se vaya- el pelirrojo asintió, poniéndose de pie rápidamente y pasándole el brazo por los hombros a su prima, firmemente.

-¿Nos vemos después, tío?- preguntó George, mirando hacia su gemelo, que asintió firmemente.

-Claro que sí. Seguro que tardamos dos minutos en encontrar a Lupin- y sin decir más, los dos se alejaron caminando tranquilamente hacia el castillo, ya sueltos.

Cuando estuvieron a una distancia más o menos prudencial para que los otros dos no les oyeran, Divi fue la que habló primero, mirando hacia el pelirrojo.

-¿Se lo vas a pedir al final?- preguntó, alisándose con cuidado la túnica, mirando de reojo a Fred, que emitió un largo suspiro.

-Pues creo que al final no- contestó tras una pequeña pausa, mirando de reojo a su prima, que enarcó ambas cejas, curiosa –Verás, si la invito será demasiado evidente que me gusta ¿no? Y lo que quiero es gustarle también a ella.

-Fred… ¿Te estás dando cuenta de que lo que estás diciendo es una somera gilipollez?- preguntó Divi, pero Fred alzó la mano, como pidiéndole esperar antes de hablar.

-Mira, yo le pido ir al baile conmigo a Angelina ¿no? Entonces seguro que Ytzria se fija más en mí porque está celosa de que no vaya con ella- explicó Fred, con una amplísima sonrisa en los labios, mirando a Divinity, que emitió un largo y cansado suspiro, negando.

-Fred… Sabes que eso no ocurrirá así. Si quieres conquistar a Ytzria deberías pedirle que fuera contigo al baile, no invitar a Angelina. Sabes que Ytz, en vez de ponerse celosa, te ayudará a que acabes saliendo con esa chica y será peor- se encogió de hombros, tranquilamente.

-¡Eso es mentira! Ytzria no haría algo así… Si le gusto, seguro que corre a apartar a Angelina de mi- asintió, firmemente, mientras Divi reía por lo bajo, posando una mano sobre el brazo de su primo, apretándolo suavemente.

-¿La conoces desde hace cinco años y aún no has aprendido a comprenderla? Ya lo verás, Fred… Angelina acabará coladísima por ti e Ytzria haciendo de consejera para que estéis juntos- aseguró la rubia, ladeando ligeramente la cabeza hacia un lado.

-Eso ya lo veremos- contestó Fred, un tanto fastidiado, torciendo el gesto ligeramente antes de volver a mirar a la muchacha -¿Tú con quién irás?- peguntó de repente, sonriendo pillo, a ver si le sacaba algo, pues nunca, en ningún momento, la había oído hablar sobre chicos y esa parecía una buena ocasión para sonsacarle algo.

-¿Yo?- preguntó Divi, señalándose a sí misma, con la cabeza ladeada –Con nadie… de momento nadie me lo ha pedido y dudo en verdad que lo hagan… ¡Anda! Allí está Remus- sonrió al ver a su padrino que, ya listo, caminaba hacia las verjas de salida del Castillo -. Voy a despedirme y nos vemos dentro de un rato ¿vale?- Fred asintió, posando una mano en la cabeza de la rubia para despeinarla traviesamente.

-¡Vale enana!

-¡¡No soy enana!!- se quejó la rubia, sacándole la lengua, antes de salir corriendo hacia su padrino, rápidamente, para despedirse de él.

Fred la observó marchar, pensativo, acariciándose ligeramente la nuca… ¿Tendría razón? Si invitaba a Angelina en vez de a Ytzria al baile… ¿Le saldría bien la cosa o acabaría metido en algún lío de faldas que no le convenía? Acabó por resoplar, confuso, y se giró en dirección al castillo: Ya lo hablaría con su hermano y él seguro que le aclararía las dudas.

viernes 3 de octubre de 2008

CAPÍTULO 7: Conversaciones en la Penumbra

Mientras que Marcus estaba en la enfermería, Divinity se pasaba a diario a verle y a llevarle algo de comida, aunque fuera una manzana. No hablaban mucho, porque tampoco ella quería incomodarle, pero al menos se hacían compañía. Gracias a él, pudo sentirse agradecida por estar en Slytherin, ya que al fin y al cabo había tenido la oportunidad de entrar en Hogwarts, algo que a él le habían negado por completo.

La mañana de la primera prueba, antes de ir a buscar a sus primos, decidió pasarse por la enfermería a ver cómo evolucionaba Marcus. Al llegar a la puerta, escuchó voces dentro. Había otro chico con él, posiblemente algún amigo, así que decidió quedarse allí, a la espera, mirando hacia el interior del lugar.

-¡Ey Fred!- exclamó George, dándole un codazo a su hermano mientras se dirigían hacia la salida del Castillo. Ambos gemelos se habían abrigado bien para la prueba y ambos llevaban una enorme caja de madera, preciosamente decorada con dos grandes ”W” entrelazadas, entre las manos -¿No es aquella Divi?- preguntó, señalando hacia delante, donde la rubia seguía mirando hacia el interior de la enfermería.

-¡Ostras, es verdad!- exclamó, girándose hacia allí, mirando hacia la chica y luego hacia su hermano -¿Estará enferma o…?- pero antes de poder completar la frase, George ya corría hacia ella, rápidamente, por lo que Fred tuvo que seguirle, emitiendo un largo y cansado suspiro.

-¿Qué te pasa? ¿Estás mala?- preguntó George de carrerilla tras cogerla de la muñeca y tirar con cuidado para girar a su prima hacia él, enarcando ambas cejas –No tienes muy buena cara- añadió.

-Hola George, hola Fred- saludó, enarcando ambas cejas, mirando a uno y después a otro –. Pues no, no estoy mala ¿Por qué?

-Pues tienes una cara que…- comenzó a decir Fred, pero se cortó a sí mismo cuando su prima le lanzó una mirada de soslayo. No sería la primera vez que la rubia le grita.

-Además, te hemos visto venir a la enfermería varias veces ya. Vamos, niña, deja que te ayudemos ¿eh?- sonrió el pelirrojo, con una amplia y pilla sonrisa en sus labios, mirando hacia su gemelo –Fred, cógela de la otra mano y llevémosla dentro.

-Que no estoy mala, pesados- se quejó la rubia, soltándose de su primo con un resoplido -. Solo vine a ver a alguien.

-¿Hay algún Weasley malo y no nos hemos enterado?- preguntó George.

-¿O quizá le ha vuelto a pasar algo a Ytzria?- añadió su hermano, dando un par de pasitos hacia un lateral, intentando ver a quién podría estar allí para que su prima tuviera tanto interés en ir. Además, empezaba a preocuparse por si esa persona era Ytzria.

-Que no, pesados. Ron y Ginny están bien, les vi hace un rato. E Ytzria seguro que está buscándoos como loca.

-¿Nuestra Divinity viendo a alguien en la enfermería? ¿Alguien que no es un Weasley o Ytzria?- preguntó George, enarcando ambas cejas, cogiéndola de nuevo –Fred, a la enfermería que va.

-¡Pero qué pesados! George, que no, que estoy viendo a una persona- resopló Divi, cruzándose de brazos ligeramente, apoyándose contra el marco de la puerta mientras los miraba.

-¡Pero si serías capaz de ir al entierro de Tonos en vaqueros!- exclamó Fred.

-Porque no me cae bien, es un gilipollas- resopló Divi, negando suavemente -. A ver, el chico de ahí dentro es de Dumstrang y me cae bien… Es un poco callado pero no es mala gente.

-¿Tú estás bien de verdad?- preguntó George, fingiéndose escandalizado -¡Si es un témpano con patas!

-Ya estamos… a ver chicos, hagamos una cosa. Yo entro a verle mientras vosotros me guardáis sitio en las gradas para la prueba ¿De acuerdo?

-Vamos, George, que ya no nos quiere- dijo Fred, haciéndose el ofendido, antes de echarse a reír y alargar la mano para despeinar a su prima -. Anda, ve a ver a ese tío y luego vente ¿eh?

-Nosotros aprovecharemos para hacer negocios con apuestas- rió George, frotándose maliciosamente las manos, frunciendo graciosamente el ceño con una expresión de lo más pícara en el rostro.

-Anda, largo antes de que os diga nada- dijo la muchacha, sacándoles la lengua, observando luego cómo los gemelos se alejaban entre risas, hablando entre sí. En el fondo se sentía bien cuando los gemelos se preocupaban por su salud, se sentía querida y aquella sensación era más que reconfortante.

-Buenos días- de repente, la voz de Marcus la sobresaltó, haciendo que diera un bote. Estaba a punto incluso de darse la vuelta para arrearle un buen puñetazo, pero gracias a Merlín, se dio cuenta a tiempo de quién era.

-¡Qué susto, joder!- exclamó la chica, llevándose la mano al pecho –Vaya, buenos días. Tienes muy buen aspecto esta mañana- Marcus asintió suavemente. Se había vestido ya con el uniforme de su escuela y tenía muchísimo mejor aspecto que los días anteriores; hasta podría decirse que sus ojos desprendían menos tristeza -. Iba a entrar a verte antes de ir a la prueba, pero… bueno, ya que sales… ¿Quieres que vayamos a verla? Creo que va a estar bastante interesante.

-Sí. La verdad es que me vendría bien estirar un poco las piernas- asintió ligeramente, recolocándose las pieles por encima de sus hombros. Divi sonrió y, tranquilamente, sacó de entre sus mangas un bollo de chocolate, tendiéndoselo.

-Te traje uno. Como me dijiste que te gustaban…- arrugó la naricilla mientras el muchacho cogía el bollo con cuidado, asintiendo, llevándoselo a los labios para darle un mordisco mientras ambos caminaban hacia la salida del Castillo.

-¿Ya hay mucha gente?- preguntó tras unos instantes de silencio, con los ojos entrecerrados por el brillante sol que entraba por la ventana, cuya luz se intensificaba con el reflejo de la nieve.

-Pues creo que sí- contestó, asintiendo -.Mis primos fueron a penas hace nada, y siempre suelen ser de los últimos en llegar- rió, girando el rostro hacia él, cuando una voz se alzó tras los jóvenes.

-Señorita Prewett ¿A dónde va usted tan bien acompañada?- era una voz ronca, firme, y sin embargo trasmitía tranquilidad. Divi se paró de golpe al escuchar la voz, girando sobre sí misma antes de ir corriendo a abrazar a la figura que había detrás. Era un hombre de altura media, de cabello entrecano pese a ser realmente joven, vestido con una túnica raída, pero con una afable expresión en su rostro, maltratado por el tiempo.

-¡Remus!- exclamó la rubia, alzando la cabeza hacia él mientras el hombre la rodeaba con cuidado con sus delgados brazos, atrayéndola bien contra si, reclinándose a besar, con ternura, su frente –No sabía que ibas a venir, sino te habría traído chocolate.

-No hacía falta- rió el hombre, mirándola, entrecerrando los ojos en un tierno gesto de afecto -. Cada día te parece más a tu madre ¿eh?- puntualizó con amabilidad, mirando luego hacia el muchacho.

-¡Oh! Este es un amigo de Dumstrang, Marcus Stendhall, ya te hablé de él en mis cartas… Marcus, él es Remus Lupin, un antiguo profesor de la escuela- dijo mientras Marcus, con cuidado, se retiraba de delante de los ojos un mechón de pelo, dejando todo su rostro al descubierto, antes de hacer una cortés reverencia, que el propio Remus contestó con otra.

-Un placer, profesor Lupin- susurró Marcus, tranquilo, mientras Remus le sonreía afablemente, observándole con total atención. Su cabello tan negro, la forma de sus ojos, que le era más que familiar; la expresión de su rostro, fría, impasible, pero con algo que le recordaba a… no… no podía ser cierto.

-No me llames profesor, ya no lo soy- contestó, pasándose la mano, tranquilamente, por la barbilla -. Stendhall… ¿Tienes algún hermano más? Porque tu apellido me suena mucho.

-Posiblemente diera clase a mi hermano John- murmuró. En ese instante, Remus no solo recordó al chico nombrado, sino también dónde había escuchado el nombre de Marcus Stendhall y enseguida, su cabeza, comenzó a pensar a la velocidad del rayo.

-Sí, sí que le di clase…- contestó, casi hablando más para sí mismo que para los chicos. De repente, volvió en sí, dedicándoles una de sus amables sonrisas nuevamente antes de hablar -. Bueno, no os entretengo más que querréis ir a ver la prueba. Yo enseguida me pasaré por allí. Por cierto, Di, espero verte por casa estas Navidades.

-No te preocupes, iré a verte- asintió la rubia y, sin más dilación, Lupin salió rápidamente andando hacia la puerta de salida. Su cabeza seguía intentando poner en orden sus pensamientos y, cuantas más vueltas le daba al asunto, más probable le parecía… Tenía que hablar con Sirius cuanto antes.

Sus pasos se dirigieron a gran velocidad hacia la Casa de los Gritos. Conocía muy bien aquel lugar y la forma de acceder a él, por lo que no le fue muy difícil detener el constante balanceo del Sauce Boxeador y traspasar los oscuros callejones hasta la casa. Sabía que Sirius rondaba siempre por los alrededores, así que solo sería cuestión de minutos encontrarle. Invocó su Patronus y le envió en busca de su amigo para llevarle hasta donde él ya le esperaba.

Enseguida se oyeron las rápidas pisadas de un canino sobre la pútrida madera del piso y Remus se levantó de la desvencijada cama donde se había sentado. Por la puerta, una vez más, aparecía el enorme cánido negro, con la lengua fuera y el rabo oscilando de un lado a otro. Nada más traspasar la puerta, se dejó caer a un lado, graciosamente, quedando panza arriba mientras Lupin no dejaba de reír, acercándose a su viejo amigo. Se acuclilló a su lado y le rascó ligeramente la tripa, lo que hizo que Sirius se estirara ligeramente.

-Siempre te has desenvuelto mejor en tu forma canina ¿eh?- rió el hombre mientras Sirius tomaba su forma homínido, emitiendo un largo quejido. Con tranquilidad, se levantó, alejándose de las manos de su amigo que antes le rascaban.

-¿Acaso lo dudabas, amigo?- rió el hombre animadamente, caminando hacia el lecho, donde se sentó, mirando hacia Remus –Bien, ya que estamos en un momento tan íntimo aquí los dos solos ¿Se puede saber para qué me has llamado?

-Pues verás, hay algo que me intriga ¿Con cuantas mujeres estuviste mientras estábamos en Hogwarts?- Sirius enarcó ambas cejas, siguiendo con la mirada a su amigo, que se desplazaba hacia la ventana para mirar a través de ella.

-Hasta que di con Jess estuve con unas cuantas, sí- contestó, intrigado ¿Para eso le había hecho ir allí? ¿Para preguntarle por sus líos amorosos pasados?

-¿Había alguna apellidada Stehdhall?- se giró, tranquilamente, interrogante, mientras Sirius se rascaba la nuca, bostezando, tomándose su tiempo para contestar.

-Pueeeees sí, una mujer más mayor que yo. La conocí porque cuando entramos en primero ella estaba en último curso… La recordarás como Martha Campbell- explicó Sirius, extrañado -¿Por qué lo preguntas?

-Porque he conocido a su hijo mejor.

-¡Esa mujer es como una coneja! Cuando tuve el placer, y nunca mejor dicho, de estar con ella, ya tenía cinco varones. Creo que estaba condenado a no tener mujeres- asintió, acomodándose en la cama, como si aquello, verdaderamente, no le importase mucho -. Estuve con ella casi dos años antes de lanzarme por fin a sentar la cabeza un poco con Jessica. Ya sabes que las mujeres siempre fueron mi perdición- sonrió melancólico. En sus ojos Lupin pudo ver un atisbo de tristeza, el reflejo del dolor del amor perdido -. Pero la única mujer a la que he amado y amaré siempre ha sido Jess…- Remus le miró, en silencio, dejándole rememorar –Creo que el marido de Martha se separó poco después de estar conmigo ¿no? Anda que… menudo marido, dejarla sola con cinco niños.

-Seis, Sirius, seis, recuerda al menor- puntualizó Remus, apoyándose contra el marco de la ventana, con los brazos cruzados, mirando hacia su amigo –Sabes que a penas pasa tiempo con ella ¿verdad? Hasta rechazó la carta de Hogwarts del chico y le envió a Dumstrang para tenerle lo suficientemente lejos. Fue un escándalo muy sonado- relató mientras Sirius le miraba con atención, balanceándose de adelante hacia atrás –Ahora está en Hogwarts y ¿sabes de quién se ha hecho amigo?

-A ver, sorpréndeme- contestó, cansadamente, aburrido.

-De la hija de Jessica.

-Pues con el carácter que dicen que tiene esa niña, el tipo tiene que ser un calzonazos- rió sonoramente, echando hacia atrás la cabeza, negando después mientras miraba a su amigo –. Venga, Lunático, que nos conocemos… ¿Para qué me has soltado todo este rollo?

-Pues porque me parece curioso que precisamente los dos hijos de las dos últimas mujeres con las que estuviste se lleven tan bien siendo tan distintos- ladeó la cabeza, ligeramente, mientras Sirius dejaba de tener esa expresión traviesa en el rostro, tornándola seria -; pero más aún que el chico sea clavado a mi viejo amigo Canuto.

-Anda, anda… no digas chorradas, Lunático- rió nerviosamente, temiéndose lo peor… Si eso era una broma pesada de su amigo empezaba a gustarle menos que tener duendecillos metidos en los calzones.

-Veamos, es animago y su forma es la de un gran cánido; es moreno y tiene el mismo pelo que tú; curiosamente el marido de Martha la dejó tras quedarse embarazada,…

-A ver… a ver Remus, no… No tengo ningún hijo ¿entendido? ¡A los Black se nos reconoce enseguida!- exclamó, escandalizado, mientras se levantaba, comenzando a caminar por la sala –Ahora solo te falta decir que la pequeña mata-serpientes también es hija mia ¿No te jode?- resopló, caminando cada vez más nervioso mientras Remus enarcaba ambas cejas, en silencio –A ver, que es demasiado fácil reconocer a un…- se quedó quieto de repente, en silencio, como si le hubieran petrificado ahí mismo, pero no… no era eso.

-Bien amigo ¿Qué se te pasa ahora mismo por la cabeza?- se pasó la mano ligeramente por la nuca, desapoyándose de la pared para caminar hacia Sirius, que ni se movía… Tras unos segundos, movió lentamente la cabeza hacia su amigo, pálido como el mármol.

-Por eso declinaron la carta de Hogwarts ¿verdad? Por eso le mandaron a Dumstrang… Por eso Martha se separó… ¡Joder Remus que encaja! ¡Que ese mini-mortífago es mi hijo!- alzó los brazos, moviéndolos espasmódicamente, boqueando hasta que volvió a salirle la voz -¡Ay Remusín! ¡Qué lío! ¡Qué lío! ¡Que van a convertir a mi hijo en un mortífago en potencia! ¡Que me sé esa historia de memoria!

-Sirius, cálmate- le agarró con cuidado de los hombros y le empujó hacia la cama. Sirius se dejaba llevar cual autómata, aún con los ojos como platos, sin recuperar el color en su rostro… ¡Él! ¡El gran Sirius Black padre! –. No le van a convertir en mortífago ¿entendido? Ese muchacho tiene algo especial… Algo que me recuerda a ti.

-¡Pero Remus! De siempre los Black hemos estado ligados a las Artes Oscuras y lo sabes… ¡Que parece que no los conoces! ¿¡Y si es el siguiente señor Oscuro!? ¿Qué clase de padre habré sido?- preguntó, lastimero, mirando a su amigo.

-Sí los conozco, Sirius, y te conozco a ti- suspiró, apretando ligeramente sus hombros con las manos –. Y tú eres un Black y no estás ligado a las Artes Oscuras, al revés, luchas contra ellas… Y ese muchacho lleva tus genes ¿entiendes?

-Pero yo soy la excepción que confirma la regla, amigo- resopló, agachando un instante la cabeza, como si le hubiera caído un gran peso encima. Segundos después, alzó la mirada, suplicante, mirando a su amigo -¿Me harías un favor? ¿Lo traerías aquí para poder conocerle? Quiero verle con mis propios ojos aunque solo sea una vez… Nunca he tenido un hijo y quiero saber cómo es.

-¿Y por qué no vienes conmigo a Hogwarts? En tu forma animaga no creo que puedan hacerte anda.

-No, prefiero que venga él… Cómele la cabeza como tú sabes, Remusín- sonrió travieso, dándole una palmada en el brazo, ladeando la cabeza hacia un lado, lo que hizo que Remus asintiera, resignándose.

-Está bien, ya veré qué me invento- se incorporó, soltando a su amigo con cuidado mientras éste tomaba de nuevo su forma animaga, dando un par de vueltas sobre sí mismo hasta encontrar la postura idónea y tumbarse sobre la cama, mirando a su amigo, con las orejillas echadas hacia atrás, hasta gimiendo ligeramente -. Tú espérame aquí y no te muevas.

Una vez en los jardines, Remus encontró a Marcus bastante alejado del Sauce Boxeador, que volvía a mecerse en espera de alguna presa a la que golpear. El muchacho estaba sentado en un banco, reclinado hacia delante, hablándole a un grupo de alumnos de primero que le escuchaban en silencio, anonadados. Tranquilamente, se acercó por detrás al muchacho, para no interrumpirle en la explicación.

-Sobretodo hay que tenerlo todo lo bastante limpio para que no haya transferencia pasiva pues, una sola gota de cualquier líquido que no pertenezca a la poción, puede estropearla ¿entendéis?- preguntó, mirando a los niños, que asentían en silencio, sin dejar de mirar al muchacho –Así que ya sabéis, a partir de mañana tened todo bien limpio y veréis como las pociones no se os estropean. Además creo que el profesor Lupin estará de acuerdo conmigo- giró ligeramente la cabeza hacia Remus, que le sostuvo la mirada, asintiendo mientras le dedicaba una tranquila sonrisa.

-Así es, muchachos… Por lo que veo os habéis buscado un buen profesor… seguro que el profesor Snape no os cuenta cosas así- los muchachos negaron a la vez antes de levantarse, armando jaleo, para volver hacia el castillo tras darle las gracias a Marcus -¿Sabes? Podrías ser un buen profesor de pociones- comentó, pero el muchacho, tras levantarse, se encogió de hombros, dispuesto a marcharse –Espera… Me han mandado a decirte que hay alguien que te espera en La Casa de los Gritos… Alguien muy importante.- Dicho y hecho. Marcus tomó su forma animaga y, con total tranquilidad, comenzó a caminar al lado de Remus hacia el lugar mencionado.

No tardaron más de diez minutos en llegar a la Casa de los Gritos. Nada más traspasar el cánido la puerta, Sirius salió de entre las sombras, apuntando al muchacho con su varita, sonriendo de medio lado.

-Gracias por traérmelo, amigo- dijo Sirius, guiñándole el ojo a su amigo, acercándose hacia Marcus, que ya había tomado su forma homínida y estaba quieto, en silencio, mirando hacia aquel extraño que le amenazaba con la varita.

-Baja la varita Sirius, no seas…- pero antes de acabar la frase, Sirius lanzó un hechizo con la varita. Todo pasó muy rápido, demasiado quizá. Antes de que el encantamiento saliera siquiera de la punta de la varita, Marcus había desaparecido y estaba detrás de Sirius, varita en mano, apuntando a la nuca del hombre.

-Esto se pone interesante… ¿Has visto lo que ha hecho el chiquillo?- se giró ligeramente hacia Marcus, bajando la varita, mientras el muchacho guardaba la suya, mirando a uno y a otro, en absoluto silencio.

-Te estás comportando como un viejo loco, Sirius. Ya te dije que el muchacho es bueno, pero como siempre tienes que montar tus numeritos ¿no?- Sirius sonrió pillo a su amigo antes de girarse del todo hacia Marcus, tomándole de la barbilla para mirarle fijamente a los ojos. Si Sirius no estuviera tan demacrado por su encierro en Azkaban, serían como dos gotas de agua.

-Así que tú eres Marcus ¿eh? Pues… sí… sí te pareces, sí…- las miradas de padre e hijo se encontraron y se sostuvieron. Poco a poco, la mueca de Sirius pasó de la tranquilidad al más puro terror… Se llevó la mano al pecho, soltándole, mientras daba pasos hacia atrás, boqueando.

-Sirius ¿estás bien?- preguntó Remus, mirando extrañado a su amigo, que decía frases ininteligibles, temblando como un cachorrito asustado, sin apartar la mirada del muchacho, que se limitó a acercarse, en silencio, hacia Sirius.

-La próxima vez, señor Black, fíjese bien en a quién apunta con la varita- murmuró, sin cambiar su expresión, tan imperturbable como siempre. Un segundo más tarde, Marcus ya había traspasado las puertas, saliendo de allí mientras Sirius señalaba a la puerta, algo más recuperado, pero aún tan pálido y sudoroso como antes.

-Ese… ese… ¡Ese no es mi hijo! ¡No lo es Remus! Tú… tú… ¿Tú lo has visto?- tartamudeó, tembloroso, pasándose la mano por la frente… estaba sudando, respiraba tan fuerte que casi parecía que estaba sufriendo un ahogo.

-Sirius… Sirius, es normal que sea así… Piensa en lo que el chico…- pero no pudo continuar, porque su amigo le cortó, nervioso, agarrándose a su ropa.

-No amigo...créeme ese niño es un monstruo...se metió en mi mente y la moldeo como quiso mostrándome mi mayor temor...es como un boggart...que digo un boggart es peor que eso... ¿Te has fijado bien en el? ¡Si cae en manos de quien-tu-sabes podría ser altamente letal!- Exclamó. Remus volvió a implorarle que se calmara, que era normal aquella reacción si él le había apuntado con la varita a penas había entrado por la habitación. Y de repente, un alarido canino de dolor rompió aquella atmósfera de tensión. Sirius y Remus se levantaron de golpe y, mientras que Black se quedaba allí, quieto, Lupin salía ya corriendo por la puerta, temiéndose lo peor.

Cuando salió y vio aquello, la escena era muchísimo peor de lo que había pensado. En el suelo, tumbado, yacía el cuerpo del cánido, atravesado por un enorme virote de madera, creando en el suelo una gran mancha de sangre, color carmesí, que teñía la blanca nieve.

-¡Mierda!- exclamó, conjurando rápidamente una camilla bajo el cuerpo del cánido que, poco a poco, volvió a su forma homínida, señal de que perdía cada vez más fuerzas. Como pudo, corrió hacia el castillo, abriendo las puertas mientras hacia pasar a su lado la camilla, hacia la enfermería -¡Madame Pomfrey!- gritó, y la mujer corrió a ayudarle, metiendo el cuerpo en la enfermería, tomando de la muñeca al muchacho -¡Hay que sacarle el virote, rápido!

-Remus…- dijo la mujer, negando, mientras soltaba la mano del muchacho –lo siento, pero este chico entró aquí ya cadáver… Deberíamos avisar a Dumbledore y a Karkarov e investigar…- aquello le cayó al hombre como una lápida de mármol sobre la cabeza… No podía ser… el muchacho, el hijo de su mejor amigo muerto…

-Sí yo… yo avisaré a Dumbledore… usted vaya a buscar a Karkarov- murmuró… ¿Cómo se lo diría a su amigo? ¿Y a su ahijada? Madame Pomfrey se adelantó, saliendo de la enfermería, mientras Remus se demoraba en ir.

De repente, vio una cabecita negra asomarse por la puerta, con las orejas echadas hacia atrás. Al momento, Sirius tomó su forma humana y se acercó hacia Remus, temblando.

-Lo siento amigo… está… está muerto- murmuró Remus. Sirius sonrió de medio lado, nerviosamente, mientras negaba.

-No… no tío… Venga ¿Muerto? ¿En Hogwarts? Eso… eso es imposible… Remusín con… con eso no se juega- murmuró pese a saber que su amigo no mentía. Y justo cuando las lágrimas comenzaban a brotas de sus ojos, un desgarrador grito, tras ellos, rompió el incómodo silencio que se había instaurado.

En la puerta, Divinity, que lo había oído todo, tenía la mano sobre sus labios y los violáceos ojillos entrecerrados de dolor. Sus mejillas estaban surcadas por las lágrimas, haciéndolas brillar, mientras se tambaleaba a cada paso que daba. Sirius miró a la niña un instante y luego a Remus, el cual asintió con un leve movimiento, confirmando las sospechas de su amigo: esa era… ella era la hija de su gran amor, la misma que ahora lloraba la muerte de su amigo.

Remus alargó un brazo para cogerla antes de que pudiera llegar más lejos de donde estaban, pero la rubia, en un ataque de dolor, se zafó de la mano de su padrino y corrió hacia la camilla, tropezándose consigo misma al llegar allí, cayendo de rodillas al lado de la camilla.

-Tú no Marcus… ¡Tú no! ¡Otra vez no! ¡¡¡¡No quiero!!!!- gritaba, agarrando la mano del muchacho con las propias, llorando sobre ésta… Ahora ya no parecía tan fuerte, no parecía aquel terremoto que era capaz de despejar la Sala Común con dos gritos… Ahora era una flor, una rosa que empezaba a marchitarse antes de tiempo, que lloraba amargamente cada pétalo que el viento se llevaba. No podía creer que la vida volviera a arrebatarle algo tan valioso, su único amigo fuera de Hogwarts, la única persona a la que se había arriesgado a conocer después de Ytzria…

Sirius y Remus se miraron de nuevo y, mientras que Remus, tras hacerle una señal a su amigo para que se acercara, salió de allí, dejándoles juntos.

Casi con miedo, Sirius caminó hacia la muchacha, que lloraba y gritaba amargamente… Cada grito era tan desgarrador y terrible, que era capaz de encoger hasta el corazón del más fuerte. Con cuidado, el hombre tomó de los brazos a la hija de Jessica, a su propia hija sin saberlo, y la abrazó contra su cuerpo, posando una mano sobre su espalda y enredando la otra entre sus cabellos, uniendo su llanto al de su pequeña. Y allí, unidos por la desgracia, estaban el padre y sus dos pequeños, por primera y, posiblemente, por última vez.

viernes 26 de septiembre de 2008

CAPÍTULO 6: Marcus Stendhall

A medida que los días pasaban, los profesores se afanaban más en ponerles tareas, sobretodo a los de 5º curso, para prepararles bien de cara a los TIMO. Tanto Divinity como Ytzria a penas salían de la biblioteca… Snape era terriblemente duro con los de 5º y McGonagall tampoco estaba quedándose atrás. Por suerte, las dos rubias siempre tenían la compañía de los gemelos Weasley que se prestaban, si no a ayudarlas con las tareas, a enseñarles trucos para poder copiar en los exámenes.

-No entiendo nada- se quejó Divi, apoyando la frente sobre el libro, emitiendo ligeros quejiditos de molestia.

-¡Mira, mira!- exclamó Ytzria, señalando hacia el libro mientras miraba hacia Divi, con una amplísima sonrisa en sus labios –Si mezclas esto con esto otro, malo, porque explota, por eso hay una carita triste dibujada… pero si hay una flor, es que está bien- explicó, alegremente… Ytzria siempre había tenido una manera muy curiosa de tomar sus apuntes en clase.

-Pero mira, Ytzria- dijo George, reclinándose hacia delante -, si en vez de echar 4, echas 1,5 a la solución, no explota, solo burbujea.

-¿Y para qué queremos que burbujee, George?- preguntó Divi, parpadeando, dispuesta, como siempre, a tomar los apuntes necesarios a ver si así se le quedaba algo más en l a cabeza.

-Pues porque el profesor pone una cara muy graciosa cuando se enfada- se burló George entre risas.

-Pero no nos va a salir- se quejó Ytzria, mirando lastimeramente hacia el otro gemelo –y el profesor Snape nos castigará el resto del curso a hacer pociones y más pociones.

-Venga, Ytz, no desesperes- dijo Fred, pasándole la mano por la espalda con cuidado -. Seguro que aprobáis si nos hacéis caso. ¡Recordad que somos los terribles gemelos Weasley!- rió, intentando animar a las chicas, pero cuando quiso darse cuenta, Divi y George ya estaban de nuevo discutiendo.

-Yo solo digo lo que veo… e Ytzria es una chica muy guapa- dijo Divi, frunciendo ligeramente el ceño mientras George la miraba, con los ojos abiertos como platos, más que sorprendido.

-Que sepas que me ha dolido lo que has dicho… pensar que me gusta… ¡Si tú ya sabes quien bebe los vientos por ella!- exclamó, haciendo aspavientos con las manos, intentando rebatir lo que la rubia le decía; lo último que quería es que Divi pensara que le gustaba su amiga.

-¡Ya sé que le gusta! Se le nota de lejos… Pero eso no quiere decir que a ti no pueda gustarte- susurró esto último, levantándose de la mesa –Voy a mi cuarto a por más tinta, que se me ha acabado- y, sin decir más, dejó a george con la palabra en la boca, alejándose hacia la puerta de la biblioteca.

-¿Y ahora qué mosca le ha picado?- preguntó Fred, curioso, a su hermano, sin dejar de mirar a Ytzria, que parecía absorta en sus tareas.

-Pues que se cree que me gusta Ytz- murmuró george, alicaído, mientras seguía la estela de su prima con la mirada, torciendo ligeramente el gesto… ¿Por qué todo el mundo pensaba que le gustaba Ytzria por el mero hecho de ser los mejores amigos?

-Bah, déjala, ya sabes el carácter que tiene, hermano- Fred le pasó el brazo por los hombros, ligeramente, mientras Ytzria se levantaba y salía corriendo también hacia la salida de la biblioteca -. Y ahora parece que a ésta le picó otra mosca- murmuró, riendo por lo bajo.

-Tío… ¿Por qué no se lo dices de una vez? Todo el mundo lo sabe menos ella- preguntó George, soltándose de su hermano y rebuscando en su mochila hasta sacar una varita de regaliz, la cual se metió en la boca, mirando a su hermano, fijamente, el cual se estiró, tomándose, evidentemente, su tiempo para contestar.

-Porque no quiero estropear la relación que tenemos, George… Que vale, puedo ir detrás de tías y demás, pero para mi Ytz es diferente, tío… a ella la quiero y paso de perderla por una tontería, ¿Entiendes?- murmuró, emitiendo un largo suspiro mientras que George, sonriente, le palmeaba la espalda, tranquilizador.

Cuando Divi regresaba de la Sala Común con el nuevo botecito de tinta en la mano, vio cómo Ytzria intentaba, sin éxito, pasar hacia la biblioteca mientras uno de los chicos de su clase le cerraba el paso, hablando con ella, o más bien acosándola, como solía ser común.

-Pero vamos, McLouis ¿Qué te cuesta acompañarme a Hogsmeade?- preguntó el muchacho, cortándole el paso, con una estúpida y arrogante sonrisa en sus labios.

-Es que no puedo… no puedo ir porque… porque… ¡Porque tengo que estudiar!- se disculpó Ytzria, sonriendo con cara de circunstancia mientras el chico ladeaba la cabeza, mirando hacia la muchacha.

-Pero si yo puedo explicarte anatomía, preciosa- dio un par de pasos hacia Ytzria, obligándola a quedar atrapada contra la pared, apretada, aunque algo descolocada.

-¿Anatomía? ¿Hay una asignatura que no estudio ni voy a clase?- preguntó, extrañada, mientras, con cuidado, Divi se acercaba por detrás al muchacho, con el ceño fruncido y los puños apretados.

-¡Pues claro que sí! Ven, ven conmigo, que te dejo los apuntes. Si hasta los llevo encima, entre las piernas- dijo el muchacho, riendo malicioso mientras daba un nuevo paso hacia Ytzria.

-¿Anda sí?- preguntó desde detrás Divi, dejando caer la mochila al suelo mientras el muchacho, sobresaltado por la voz, se daba la vuelta, con el ceño fruncido, maldiciendo a aquella que le había cortado el cortejo que estaba llevando a cabo –A ver que compruebe- en cuanto el chico se dio del todo la vuelta, dispuesto a echar de allí a la intrusa, Divi le lanzó una certera patada a su centro de gravedad, entre las piernas. El Ravenclaw emitió un quejido, llevándose las manos al lugar donde recibió el golpe, doblado por el intenso dolor, mientras que la rubia corría a agarrar del brazo a su amiga.

-Ma… maldita…- consiguió balbucear el muchacho, con las lágrimas incluso saltadas y todo, mirando de reojo a las dos amigas.

-¡Anatomía se lo enseñas a tu madre! ¡Estúpido pervertido! Vuelve a tocar a Ytzria y te juro que no serás padre en tu vida, porque te corto con tijeras lo que te cuelga- firmemente, recogió la mochila del suelo y tiró de Ytzria hacia la biblioteca, caminando con la cabeza bien alta. Si había algo que molestaba realmente a Divinity, era precisamente que tomaran por tonta a su mejor amiga e intentaran aprovecharse de ella.

-¡Divi! ¡Que lo has desgraciado! ¡Po… pobrecito!- exclamó Ytzria por el camino, mirando hacia el muchacho mientras se dejaba arrastrar por su amiga de vuelta a la biblioteca.

-¿Pobrecito? ¡¿Pobrecito?! ¡Ytzria, por Merlín! ¿No ves que quería violarte?- se detuvo, girándose hacia su amiga, antes de traspasar las puertas de la biblioteca –Escucha, si vuelven a decirte algo así, patada entre las piernas y sales corriendo, nada de hacerles caso que hay gente muy mala, Ytz…- la rubia asintió, frunciendo el ceño, intentando parecer enfadada, lo que le daba aún, a su angelical rostro, un aspecto más cómico.

-Vale- sonrió nuevamente, ladeando la cabecita -¿Te vienes a la biblioteca de nuevo? Que aún no hemos terminado la tarea- dijo Ytz, sin dejar de mirar a su amiga, que negó con un sutil movimiento de cabeza.

-Me acabo de dar cuenta de que aún no practiqué pociones y tengo un par de dudas, así que voy a bajar a ver si el aula está vacía… Ya sabes que los exámenes de Snape suelen ser duros- se quejó Divi, torciendo ligeramente el gesto, de manera más que graciosa.

-Entonces luego te veo ¿Vale?- ambas amigas se despidieron con una sonrisa y, mientras que Ytzria entraba en la biblioteca a unirse de nuevo con los gemelos, Divinity corrió escaleras abajo hacia las Mazmorras.

El pasillo estaba tan gélido como siempre, solitario, tan solo iluminado por el tintineo del fuego de las antorchas. Casi todos los alumnos o estaban estudiando en las Salas Comunes o en la biblioteca, salvo algunos, algo menos atareados, que disfrutaban lanzándose bolas de nieve unos a otros.

Pero algo hizo que se detuviera antes de girar y entrar en el aula de pociones. Había alguien dentro y las voces le sonaban muchísimo. Se quedó quieta, con la espalda apoyada contra la pared, mientras escuchaba, intentando que ni su respiración pudiera escucharse.

-Ven aquí- dijo Karkarov… Le reconoció enseguida por su fuerte acento norteño y por la gravedad de su voz. Seguramente habría allí otro muchacho de Dumstrang con él. Se oyeron un par de pasos por encima del burbujear de alguna poción.

-Dime…- contestó la otra persona en un tono suave, casi un susurro… Su voz era dulce, lenta y aterciopelada. No había duda, era aquel muchacho.

-Acaba de llegarme una carta de tu madre- habló nuevamente Karkarov mientras Divi contenía tan solo un instante la respiración, como si temiera que, por respirar, se perdiera las noticias que le llegaban a ese extraño muchacho que la tenía tan asombrada -. Tu hermano mayor ha fallecido- humo un silencio incómodo, un silencio que se prolongó unos eternos segundos.

-¿Có… có… cómo? No… no puede ser… Alexander… tie… tiene que haber un error- murmuró el muchacho, entrecortadamente. Su voz, antes firme, ahora se veía quebrada y ensombrecida por el dolor.

-No lo es… la letra es la de tu madre. Lo siento- la voz de Karkarov, sin embargo, no había variado. No había muestras de emoción, ni de compasión en su tono. Es como si aquello se lo estuviera diciendo a un auténtico desconocido en vez de a un alumno, un protegido. Se oyó un leve sollozo y un firme golpe en una mesa, lo que sobresaltó a la muchacha un instante –Siempre pensé que eras más fuerte que los demás… Pero veo que estaba equivocado- la crudeza de aquellas palabras dañó incluso a la joven que, al escuchar que los pasos se dirigían hacia la salida, corrió a esconderse tras una de las armaduras.

-¡El era el único que me quería!- bramó el muchacho, roto de dolor, pero Karkarov ya enfilaba el pasillo hacia la salida de las mazmorras, dejando allí a su alumno sumido en su pena y en su soledad.

En cuanto Karkarov se perdió por el pasillo, Divinity se acercó hacia el aula de Pociones, lentamente, mordiéndose el labio inferior. Ella sí sabía lo que era perder a alguien importante, así que comprendía muy bien al chico. Al llegar a la puerta, se detuvo un instante, con la vista fija en el búlgaro… Estaba de rodillas en el suelo, con las manos apoyadas sobre el mismo. Bajo las palmas empezaban a formarse sendos charcos de sangre mientras que el chico no dejaba de sollozar entre temblores. De repente echó hacia atrás la cabeza y, ver su rostro surcado por las lágrimas del dolor le partió el alma a la rubia… Aquel rostro tan angelical, tan bello, ahora aparecía sonrosado por los esfuerzos del llanto, sus ojos cerrados, derramando un torrente de lágrimas pensándose solo…

Divi se acercó finalmente hacia él, arrodillándose delante, Alargó sus finas manos hacia las mejillas del muchacho, retirando con ellas sus lágrimas mientras se mordía el labio inferior, conteniendo, ella misma, las ganas de llorar. Le rozó los pómulos casi de manera maternal, empapándose con su dolor, intentando así arrojar algo de luz a la oscuridad en la que permanecía inmerso. Enseguida el muchacho bajó la cabeza, fijando su azulada y aguada mirada en los violáceos ojos de aquella que intentaba compartir su dolor, quitarle parte de aquella carga, sin dejar de emitir quejosos sollozos, llamando una y otra vez a su hermano mayor.

-Desahógate…- susurró la muchacha mientras, con cuidado, le abrazaba contra sí, intentando calmar así su dolor, dejando que llorara sobre su hombro -. Llorar no es malo…- aquellas palabras se le clavaron al muchacho en la sien como dos frías dagas… En un instante, toda su estricta educación había quedado reducida a cenizas; su director y protector pensaba que era como los demás y ya nada le diferenciaba… y encima, su hermano estaba muerto. Aún así y por extraño que pareciera, había una extraña con él, una extraña que le abrazaba y acariciaba sus cabellos, que intentaba calmar su dolor sin conocerle, que parecía comprenderle.

De repente, el muchacho se levantó, zafándose del abrazo de la muchacha para salir corriendo de allí, en busca de la salida de Hogwarts, como si su vida dependiera de ello.

-¡Espera, por favor!- gritó Divinity, comenzando a correr detrás del muchacho, todo lo rápido que sus piernas le permitían, pues aquel muchacho era, evidentemente, mucho más alto y rápido que ella. Tuvo incluso que recogerse la túnica con ambas manos para no tropezarse y caerse, cosa que le pasaba con demasiada frecuencia.

Ambos salieron a los terrenos de Hogwarts, el búlgaro llevándole cada vez más ventaja a la rubia, que hacía todos los esfuerzos que podía por alcanzarle, pero le era imposible. Al chico alargó las manos y se agarró a la verja, tirando de ella con todas sus fuerzas… Quería salir, necesitaba hacerlo para poder ir a verle, para estar con su hermano una última vez.

-No… no podrás abrirla- dijo la muchacha, deteniéndose, posando sus manos sobre sus rodillas para recuperar el aliento -. Está.-.. protegida por encantamientos. Ven… yo… yo conozco un sitio donde estarás seguro...

Pero el muchacho no hizo caso… era como si no pudiera escuchar la voz de la bruja. Sacó su varita, apuntando hacia la puerta mientras gritaba un montón de encantamientos, intentando abrirla. Pero evidentemente, nada surtía efecto. Frustrado y emitiendo un sordo grito de rabia y dolor, lanzó la varita hacia la otra punta del patio antes de tomar su forma animaga y salir corriendo por el jardín, hundiendo sus patas en la gélida nieve, ladrando y gruñendo a los chiquillos que allí jugaban, asustándolos, obligándoles a salir de su camino.

Se detuvo en seco delante de una figura, levantando una gran polvareda mientras, sin dejar de gruñir, ascendía con la mirada hacia el rostro de su interlocutor. Aquellos profundos ojos azules ocultos tras unas gafas de media luna, aquella nariz curvada, torcida hacia la derecha, la barba plateada, larga, y aquel porte tan firme, pero a la vez tan desgarbado. Allí delante del muchacho, y sin moverse, estaba el mismísimo Dumbledore, y hasta a él le desafiaba, instándole a moverse, a apartarse de su camino.

-Así solo conseguirá dañarse más las manos- dijo el directos, mirando con una afable y bonachona sonrisa al muchacho, con esa tranquilidad que siempre lograba transmitir a los demás, mientras Divinity se detenía a unos metros de ambos, jadeante por la carrera -. Venga, le invitaré a tomar una taza de té- el muchacho volvió a tomar su forma homínido, pero no erguido, sino aún agachado, resoplando cansado. Ayudándose de las manos, se incorporó, lentamente, mientras fijaba su triste y aguada mirada en los ojos del director, el cual se mantenía quieto, sin moverse, como si ambos estuvieran apunto de batirse en duelo.

Bajo la atónita mirada de la rubia, el muchazo se metió la mano en el bolsillo de la túnica, sacando de él un pequeño tarro completamente lleno de una sustancia negruzca y espesa como el petróleo, que aún incluso parecía burbujear en su interior. Le quitó el tapón con la boca, sin dejar de mirar a Dumbledore, dispuesto a seguir a su hermano hasta la mismísima muerte.

-¡No!- Divi, al verlo, se precipitó hacia el búlgaro, dispuesta a quitarle aquel frasco de un manotazo. Pero antes incluso de poder rozarle, Dumbledore había cogido de las muñecas a ambos jóvenes: impidiendo que la muchacha pudiera golpear y evitando que el búlgaro pudiera acabar con su vida en ese mismo instante.

-Sabe que esa no es la solución, señor Stendhall. Su hermano no querría que acabara así con todo, de esta manera tan absurda. Es usted valiente y no le falta inteligencia ¿Por qué tirarlo todo por la borda de esta manera?- El labio inferior del muchacho pareció temblar un instante, aún sosteniendo, entre sus dientes, el tapón de la poción. Uno de los lados tenía un aspecto grisáceo de lo más horrible debido a que el corcho había absorbido parte de la poción. Con un rápido movimiento que ninguno de los dos pudo evitar, hizo girar el tapón entre sus dientes y se lo tragó, cayendo al suelo, quedando sostenido, simplemente, por la mano del director.

Antes incluso de que Divi pudiera gritar, horrorizada, Dumbledore tumbó al muchacho en el sueño, rebuscando en su túnica hasta dar con un bezoar. Con mucho tacto, le abrió la boca al búlgaro, introduciendo la pequeña semilla en su interior. Llevó la mano hacia su garganta y comenzó a masajearla para ayudarle a tragar, sin ni siquiera mirar hacia Divinity, que temblaba, asustada…

La respiración del muchacho volvió a hacer acto de presencia, muy leve, pero existente, mientras dos lágrimas brotaban de sus ojos, recorriendo sus pálidas mejillas. Enseguida comenzó a llover con bastante fuerza, obligando a los pocos alumnos que aún paseaban por allí a entrar en el castillo, como si el mismísimo cielo se entristeciera por la suerte de aquel extraño muchacho.

-Señorita Prewett, por favor, vaya abriéndome las puertas hasta la enfermería, por favor- dijo Dumbledore incorporándose, convocando una camilla bajo el cuerpo inerte del muchacho, que se elevó a una orden del director. Divinity corrió como alma en pena hacia las puertas, abriéndolas, siempre esperando a que el profesor Dumbledore y el cuerpo del búlgaro pasaran para correr hacia la siguiente. Su corazón estaba desbocado, no quería volver a sentir de nuevo aquella sensación de vacío, aquella desesperanza, aquella rabia que sintió cuando murió su tía… No de nuevo.

Tuvo que quedarse fuera de la enfermería todo el rato en el que Dumbledore y Madame Pomfrey atendieron al muchacho. No dejaban entrar a nadie y la bruja estaba cada vez más nerviosa. Caminaba de un lado a otro, enredando sus manos en su corbata, rápidamente, mientras se mordía el labio inferior tan fuerte, que podría haberse hecho incluso daño.

-Solo necesita descanso- la voz de Dumbledore cuando salió de la enfermería la sobresaltó, haciendo que diera un brinco y todo antes de girarse hacia él.

-¿Se pondrá bien?- preguntó, en un susurro… era raro que una chica tan activa y gritona hablara en ese tono tan recatado, tan suave, tan inocente,… Pero la situación y su estado de ánimo lo requerían.

-Sí, claro que sí- contestó Dumbledore, dedicándole una suave sonrisa mientras levantaba ligeramente un dedo, sin apartar la vista de ella, mirándola por encima de sus gafas de media luna -. Pase a verle, señorita Prewett… Aproveche el tiempo que estará aquí para conocerle, les vendrá bien a ambos… Sí, ya lo creo- comenzó a caminar, sin decir una palabra más, mientras la muchacha le seguía con la mirada… ¿A qué venía esa frase? Pero no había tiempo, tenía que verle. Recogió su túnica del suelo y, con cuidado, pasó al interior de la enfermería donde Madame Pomfrey le cambiaba una compresa de agua fría al muchacho, colocándola sobre su frente, antes de coger el fatídico tarro, que estaba intacto encima de la mesilla.

-Tiene suerte de que el profesor Dumbledore andaba por allí ¿Cuántas veces se ha dicho que esas pociones son muy peligrosas?- resopló la mujer, negando, antes de dejar el tarro nuevamente sobre la mesilla, mirando hacia la muchacha, que tomaba asiento en una butaca al lado del cuerpo del chico. Estaba dormido, o desmayado,… Sus rojos y carnosos labios estaban ligeramente entreabiertos, remarcados debido a la palidez de su piel, tan suave y delicada como la porcelana. Su gesto era tranquilo, relajado, como si todo aquello no hubiera pasado, como si no existiera nada más que él y el sueño en el que Morfeo le había sumido. La muchacha sonrió de medio lado, apartándole un mechón de cabello de delante del rostro antes de alzar la mirada hacia Pomfrey.

-No se preocupe- dijo por fin, recuperando su habitual tono de voz y la firmeza de sus palabras -, mañana por la mañana se la llevaré al profesor Snape para que la confisque- la mujer, complacida, asintió suavemente, girándose y caminando hacia su habitáculo mientras Divinity se quedaba allí, acariciando la mano del muchacho, velando por su sueño.

Al llegar la mañana, los primero rayos de sol fueron a incidir sobre el rostro del muchacho, que se removió incómodo sobre el lecho, aún mareado y con dolor de cabeza. Extrañado, abrió y cerró los ojos un par de veces, intentando acostumbrar su mirada a la claridad del día. Al mover la mano, se dio cuenta de que había alguien más allí, con él, cosa que le extrañó bastante. Giró ligeramente el rostro hacia su derecha y se sorprendió al ver allí a la bruja. Estaba dormida, sentada en aquel ridículo banquito, con los brazos cruzado sobre la cama y el rizado cabello rubio desparramado por los laterales de su cabeza, dejando tan solo, a la vista, parte de su rostro, que mostraba la misma relajación que los pequeños querubines en las grandes obras de arte. Con cuidado, el muchacho alargó la mano, retirándole un par de rizos para poder observar mejor su rostro, sus mejillas sonrosadas y sus rojos labios, que parecían dedicarle una media sonrisa.

-Buenos días…- murmuró, suavemente. El sonido de la voz del muchacho la despertó. Se removió un instante, emitiendo un quejo gemido cuando la luz incidió sobre sus claros ojos, obligándola a restregarse por ellos las manos.

-Vaya… Ya has despertado- murmuró la muchacha, abriendo uno de los ojillos para mirarle, dedicándole una atontada sonrisa, pues aún estaba medio dormida.

-Deberías irte a dormir a tu cama- le sugirió el muchacho, volviendo a su posición inicial, pero sin dejar de mirar a la joven, que se estiraba, intentando desperezarse.

-No puedo- contestó tras echarle una mirada al reloj, donde marcaban ya las 8:30 de la mañana -. A primera hora tengo pociones y no creo que a Snape le haga mucha gracia que llegue tarde- arrugó la naricilla, incorporándose con cuidado -. Iré a desayunar rápido y te traeré una pieza de fruta ¿Quieres?

-No, gracias- murmuró el muchacho, negando, sin dejar de mirarla… Aún no lograba comprender por qué aquella extraña se había quedado toda la noche allí, a su lado, sin conocerle a penas de nada.

-Deberías comer algo… Y más después de lo que te ha pasado- comentó, encogiéndose de hombros, alargando un dedo para darle un suave toquecito en la nariz -. Te traeré al menos una manzana- sentenció. El muchacho no hizo ni dijo nada, solo se limitó a observarla mientras esta llevaba sus pasos hacia el pasillo de la enfermería.

De repente, se giró, mirándole de nuevo, jugueteando con las manos en su corbata, ladeando ligeramente la cabeza. El chico la observó, extrañado, enarcando una de sus finas cejas.

-Por cierto… me llamo Divinity Prewett. Pregunta por mí si necesitas algo.

-Yo soy Marcus Stendhall- murmuró, asintiendo suavemente -. Gracias de verdad- murmuró antes de darse la vuelta, abrazándose a la almohada mientras Divinity, tras echarle una última mirada, salía de allí hacia el Gran Comedor dispuesta a desayunar y a llevarle algo de comer a aquel muchacho.