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viernes, 12 de septiembre de 2008

CAPÍTULO 4: El muchacho de Dumstrang

Poco a poco el tiempo fue pasando. Las clases se le hacían normalmente muy cortas e interesantes, menos las de Pociones, pues siempre, desde que entró en Hogwarts, había sentido cierto respeto a tratar con el profesor Snape: odiaba la forma que tenía de tratar con las personas.

Uno de los días, ya cercano al final del mes de Octubre, los alumnos comenzaron a arremolinarse en cuanto un nuevo cartel hizo su aparición en el vestíbulo. Todos los alumnos comenzaron a correr y a amontonarse delante del cartel para leer su contenido cuanto antes. La letra era la de Dumbledore y claramente podía leerse en él:

TORNEO DE LOS TRES MAGOS

Los representantes de Beauxbatons y Durmstrang llegarán a las seis en punto del viernes 31 de octu­bre. Las clases se interrumpirán media hora antes.

-¡Ey! ¿Habéis leído eso?- preguntó Lee emocionado mientras miraba a Fred, George y Divi, que asentían a la vez mientras miraban el cartel.

-Así que llegan ya… ¿Cómo creéis que serán? ¿Les caeremos bien?- preguntó Fred animadamente.

-La pregunta, Fred, no es esa… la pregunta es… ¿Habrán chicas guapas?- preguntó Lee con cierto tono de broma en su voz, lo que hizo que, junto a él, los gemelos se echaran a reír a carcajadas

-¿Sólo sabéis pensar en chicas? Me decepcionáis- dijo la rubia poniendo los ojos en blanco mientras se estiraba largamente, haciendo que cada una de sus vértebras sonara, relajando a la muchacha.

-Vamos muñeca, no te enfades- dijo Lee rápidamente mientras le pasaba el brazo por los hombros, comenzando a caminar con ella hacia el comedor, hablando entre susurros: como siempre, entre ellos dos había un buen ambiente, cargado de amistad y compenetración, algo que le faltaba con sus compañeros de clase.

Pero aquella semana pasó rápidamente y el día 31 llegó acompañado de un día parcialmente nublado y con un frío que congelaría hasta el mismísimo lago Negro si no fuera tan profundo. Todos los alumnos estaban alborotados y ya corrían desde las clases a sus Salas Comunes para dejar sus cosas y bajar rápidamente hacia el Vestíbulo de entrada, donde los jefes de casa colocaban a sus alumnos en fila y les iban dando instrucciones para que todo saliera a la perfección. Snape paseaba silencioso entre los alumnos de Slytherin, sonriendo orgulloso a sus alumnos mientras Divinity intentaba llamar la atención de una muchachita rubia de Ravenclaw haciendo graciosos gestos con la mano.

-¿Qué demonios hace, Prewett? ¿Le han hecho algún tipo de encantamiento para bailar o es que simplemente desea llamar la atención de todo el mundo?- dijo la voz de Snape justamente detrás de Divi. Esta, al instante, frunció el ceño y miró hacia delante, sin darle a Snape la satisfacción de contestarle y ganarse una semana de castigo, lo que molestó bastante al profesor, el cual se alejó de malos modos.

-¿Qué, Prewett? ¿Tu vida es tan triste que hasta aquí necesitas que Snape te regañe?- preguntó Tonks con un tono sarcástico que a la rubia no terminó de agradarle.

-¿Quieres que te parta la boca antes de que lleguen los invitados al castillo, Tonks?- preguntó ella fríamente sin dejar de mirar al frente. El muchacho, en vez de contestar, se limitó a comentar por lo bajo con sus compañeros, riéndose mientras Divinity simplemente esperaba la señal de los profesores para salir a recibir a las otras dos escuelas.

Aquella señal no tardó mucho en producirse. Los grandes portones de Hogwarts se abrieron majestuosamente y todos los alumnos comenzaron a desfilar hacia el exterior mientras comentaban entre sí, llenos de nervios, qué harían y cómo serían sus nuevos compañeros. Era una noche fría y clara. Oscu­recía, y una luna pálida brillaba ya sobre el bosque prohibido. Todos se situaron en el lugar que les indicaron los profesores mientras todos miraban nerviosamente a su alrededor… Todo estaba tan silencioso y tranquilo como siempre, lo que aún les provocaba más ansias.

-¡Ajá! ¡Si no me equivoco, se acercan los representan­tes de Beauxbatons!- exclamó la voz de Dumbledore por detrás de la multitud. Todos comenzaron a mirar nerviosamente a su alrededor entre murmullos hasta que, por encima del Bosque Oscuro, comenzó a verse una enorme figura negra que volaba directamente hacia ellos. En cuanto la luz del castillo le dio de lleno, los alumnos pudieron ver que se trataba de un carruaje colosal, de color azul pálido y del tamaño de una casa grande, que volaba hacia ellos tirado por una docena de caballos alados de color tostado pero con la crin y la cola blancas, cada uno del tamaño de un elefante. El carruaje descendió precipitadamente y ate­rrizó a tremenda velocidad. Entonces golpearon el suelo los cascos de los caballos, que eran más grandes que platos, me­tiendo tal ruido que más de un alumno se sobresaltó. Un segundo más tarde el ca­rruaje se posó en tierra, rebotando sobre las enormes rue­das, mientras los caballos sacudían su enorme cabeza y movían unos grandes ojos rojos.

Un muchacho vestido con túnica de color azul pálido saltó del carruaje al suelo, hizo una inclinación, buscó con las manos durante un momento algo en el suelo del carruaje y desplegó una escalerilla dorada. Respetuosamente, retro­cedió un paso. Al momento pudo verse un zapato negro brillan­te, con tacón alto, que salía del interior del carruaje. Al zapato le siguió, casi inmediatamente, una enorme mujer cuya altura solo era comparable a la de Hagrid.

En cuanto la luz incidió sobre aquella mujer, pudo verse un hermoso rostro de piel morena, unos ojos cristalinos gran­des y negros, y una nariz afilada. Llevaba el pelo recogido por detrás, en la base del cuello, en un moño reluciente. Sus ropas eran de satén negro, y una multitud de cuentas de ópalo brillaban alrededor de la garganta y en sus grue­sos dedos.

Dumbledore entonces empezó a aplaudir, lo que provocó que el resto de alumnos lo hicieran mientras él daba la bienvenida al colegio de Beauxbatons. Pero Divinity no escuchaba, sino que miraba a su alrededor en busca de los alumnos del otro colegio, aquel búlgaro del que decían que daban como asignatura Artes Oscuras… ¿Sería eso cierto? ¿Podrían enseñar algo tan peligroso como Artes Oscuras? Pero enseguida la voz de Lee la sacó de su ensimismamiento.

-¡El lago!- exclamó señalando hacia él -¡Mirad el lago!- Todos se giraron hacia él, observando la superficie, que no era lisa, sino que se veía cómo algo se agitaba debajo, provocando que empezara a burbujear constantemente, provocando la creación de un remolino del que empezó a salir el mástil de un barco. Lenta, majestuosamente, el barco fue surgiendo del agua, brillando a la luz de la luna. Producía una extraña impresión de cadáver, como si fuera un barco hundido y resucitado, y las pálidas luces que relucían en las portillas daban la impresión de ojos fantasmales. Finalmente, con un sonoro chapoteo, el barco emergió en su totalidad, balanceándose en las aguas turbulentas, y comenzó a surcar el lago hacia tierra. Un momento después oyeron la caída de un ancla arrojada al bajío y el sordo ruido de una tabla tendida hasta la orilla.

Del interior del barco comenzaron a bajar numerosos alumnos mientras los profesores ya empezaban a avisar a los alumnos de que fueran entrando al Comedor para que diera comienzo el banquete de bienvenida, en el que se explicaría todo. Los alumnos caminaban casi a regañadientes, pues entre los alumnos de Dumstrang se encontraba el famoso buscador búlgaro Víctor Krum, lo que provocó el revuelo de las chicas y las exclamaciones de admiración de los chicos.

Una vez allí, los alumnos de Hogwarts tomaron asiento en sus mesas, como era costumbre, dejando hueco para los nuevos huéspedes, que se repartirían entre las mesas como mejor les viniera. Divi miraba hacia la mesa de los profesores, donde Dumbledore ya se alzaba orgulloso, mirando hacia la puerta de entrada.

-Este año, Hogwarts será el hogar de unos huéspedes muy especiales. ¡Demos la bienvenida a nuestros hermanos del norte, los hijos de Dumstrang, y a su insigne maestro Igor Karkarov!- las puertas del comedor, que permanecían cerradas, se abrieron de golpe, dejando pasar a los alumnos de Dumstrang, todos vestidos con el uniforme de su escuela, caminando como si de una escuela militar se tratase. La rubia se giró para mirarles y, entre ellos, pudo reconocer unos cabellos negros, no muy cortos, y unos ojos azules y tristes.

-Ese…- susurró para sí misma –ese es el chico con el que me choqué en la estación- y efectivamente, era aquel chico: el mismo uniforme, esos ojos tan tristes, ese rostro tan hermoso, tan atractivo.

Mientras tanto, en la mesa de Gryffindor, los gemelos y Lee Jordan miraban anonadados hacia uno de los alumnos de Dumstrang, un muchacho alto, de fuerte constitución: Víktor Krum, el mejor buscador de quidditch del mundo.

-¡Ey tío!- exclamó George dándole un codazo a su hermano -¡Es Krum!- al oírlo, Fred y Lee giraron el rostro hacia donde George señalaba, con las bocas abiertas en expresión de sorpresa.

-¡El mejor buscador del mundo aquí! ¡En Hogwarts!- exclamó Jordan anonadado.

-Dan un susto estos norteños…- dijo George rascándose la cabeza –Mirad ese tipo que coge a Krum… ¡Qué yuyu! ¿A vosotros no os pasa?

-Tiene una cara de malas pulgas…- añadió Lee Jordan, asintiendo.

-Pues si- corroboró Fred –yo jamás me atrevería a levantarle la voz- pareció temblar un instante antes de reír con picardía. En ese instante, Dumbledore sonrió, tendiéndole la mano a Karkarov y volvió a mirar hacia el comedor.

-Démosle también una agradable bienvenida a las señoritas de Beauxbatons y a su directora Madame Maxim- las puertas del comedor volvieron a abrirse nuevamente, dando paso a un montón de muchachas que caminaban orgullosas, moviendo de un lado a otro su larga cabellera y sus caderas y, tras ellas, aquella enorme mujer, cuya altura solo era comparable a la de Hagrid. Fred y Lee, al ver a las muchachas francesas, sonrieron tontamente, sacando la cabeza por detrás de los alumnos para verlas mejor.

-Estamos en el cielo ¿verdad?- susurró Lee con cara de enamorado, como hacía cuando veía por la espalda a cualquier muchacha. George les dedicó una mirada de soslayo a su hermano y su amigo para después mirar con disimulo hacia la mesa de Slytherin, suspirando largamente.

-Sí… estamos en el mismo cielo y nadie nos lo ha dicho- susurró suavemente, volviendo la mirada hacia su mesa. En ese momento, Dumbledore volvió a mirar a los alumnos, dedicándoles una amplia sonrisa a los nuevos huéspedes, que se habían entremezclado en el resto de las mesas.

-Ahora, queridos alumnos, cenemos tranquilamente ¡Que aproveche!- exclamó alegremente, dando un par de palmadas, haciendo que las mesas se llenaran de comida. George, al verlo, comenzó a echarse una considerable cantidad de comida en el plato mientras su hermano y Lee reían alegremente.

-¿De qué os reís tanto?- preguntó enarcando una ceja -¡Compartid conmigo, leñes!- exclamó comenzando a reír.

-¿No las has visto?- preguntó Fred fingiéndose sorprendido.

-¡Sí! ¡Se mueven como ángeles!- explicó alegremente Lee, intercambiando una amplia sonrisa con Fred mientras se echaba comida en el plato.

-Bueno…- dijo George ladeando ligeramente la cabeza –tampoco es para tanto. En Hogwarts también tenemos chicas bonitas y no os alteráis tanto- rió dándole un bocado a un bollo de pan.

-¡Eso es cierto!- exclamó Lee sonriendo pícaro –Como mi queridísima Katie, que siempre me da calabazas, o Angelina, o…

-O cualquiera, Lee- le cortó Fred soltando una sonora carcajada –. Pata ti cualquiera- exhaló un largo suspiro y luego miró a su gemelo, que aún esperaba alguna respuesta convincente -. Hay chicas monas, sí, pero… las tenemos ya muy vistas, George.

-¿No será- comenzó a preguntar el otro gemelo, enarcando una ceja de manera burlona –que os dan calabazas y tenéis la vaga esperanza de que alguna de estas os diga que sí?- se metió entonces un poco de carne en la boca, masticando mientras les miraba inquisidoramente.

-¡Vamos hermano!- exclamó Fred -¡Tú sabes que yo soy puro encanto!- rió sonoramente mientras Lee tragaba la comida antes de contestar.

-Y yo también, lo que pasa es que hay Lee para todas- bromeó volviendo a llenarse la boca de comida y masticando cómicamente. Ante los comentarios de su hermano y su amigo, George tragó casi atragantándose por la risa.

-Sí, y yo ahora soy un santo que jamás ha hecho nada que no entrara dentro de las reglas… ¡No jodáis que os he pillado! Apesta a oportunismo a la legua.

-¡Tú no entiendes de mujeres! Te aseguro que hay muchas detrás de mí De los dos soy el más guapo- explicó Fred orgulloso, sonriendo con plenitud mientras Lee estallaba en carcajadas, lo que hizo que Fred enarcara ambas cejas -¿Qué? ¡Es verdad! Pregúntaselo a cualquiera- George puso los ojos en blanco y dio un capón a su hermano, que se encogió ante el golpe.

-El más guapo soy yo, que para eso soy el mejor ¿A que sí, Lee?

-Vamos- contestó Lee atusándose las mangas de la túnica coquetamente –todos sabemos que de los tres el más guapo soy yo.

-¿Tú?- Fred estalló en carcajadas, mirando a su amigo –Tío, no me hagas reír, por favor.

-Anda- dijo George dejando de reír, aunque aún se le escapaba alguna carcajada-, preguntémosle a una chica imparcial- se levantó y miró hacia la mesa de Slytherin, colocándose las manos alrededor de la boca y gritando -¡Divi! ¡Divi!- la muchacha, al oírlo, se escabulló de su mesa, cruzando el enorme Comedor hacia el lugar donde se sentaban a cenar los de Gryffindor, sentándose entre Fred y Lee, sonriendo radiante.

-¿Me llamabais?- preguntó Divinity mientras le quitaba el vaso de jugo de calabaza a Lee y se lo llevaba a los labios, bebiendo mientras miraba con atención a los muchachos.

-¡Claro muñeca!- exclamó Lee sonriéndole con picardía -¿Quién es el más guapo de los tres?- La rubia enarcó ambas cejas, mirándoles uno por uno y aguantándose las ganas de reír al ver a George sonriéndole con el labio superior manchado de jugo de calabaza. Seriamente y sin prisas, dejó el vaso en su lugar y, tras carraspear levemente, señaló directamente a Ron.

-Él- contestó lentamente, sin mirarles. Fred se atragantó con el jugo de calabaza, Lee se quedó completamente boquiabierto y George se dio un par de golpes con la frente en la mesa, mirando a continuación a la muchacha con cara de circunstancia.

-Espera, espera…- dijo finalmente George intentando aclarar la situación –tiempo muerto… ¿¡Que Ron es el más guapo!?- en ese instante, la bruja se echó a reír animadamente, mirando a los tres chicos que permanecían boquiabiertos.

-Vamos, miraros. Fred y tú sois exactamente iguales… Bueno, en la forma de ser no, pero físicamente sí. Y Lee es como un muñequito. Los tres sois encantadores a vuestra manera- explicó encogiéndose de hombros.

-No te soporto a veces ¿Eh?- resopló George dándole la espalda, fingiéndose enfadado –Desde luego… tener primas para esto… Luego van y te llaman igual a alguien. Vamos Fred, vamos con nuestra igualdad, que Divi nos cree eso… simples calcos.

-Vamos George, no te enfades- dijo la muchacha levantándose y abrazando al chico por la espalda, posando la barbilla en su hombro -. Si tú eres guapo, pero Fred también lo es… Aunque tú eres mi mejor amigo, pero con Fred también me río mucho ¿Ves? Es que os quiero a los dos igual, entonces no puedo elegir.

-Ya, claro- ironizó George levantándose y dejando a Divinity con la palabra en la boca antes de que pudiera terminar y se sentó entre dos chicas de Beauxbatons -¡Hey! ¡Buenas noches! Mi nombre es George Weasley- la muchacha, al verlo, puso los ojos en banco y se levantó suspirando, saliendo del comedor sin terminar de escuchar el discurso de Dumbledore. Allí, en el pasillo, se encontró con aquel extraño muchacho, apoyado en una de las ventanas, observando el exterior. Al verle, enarcó una ceja y se acercó con paso tranquilo, mirándole con curiosidad.

-Te estás perdiendo los postres. Son deliciosos- el muchacho pareció no sorprenderse por la presencia de Divinity y se limitó a encogerse de hombros ligeramente, lo que hizo que la bruja enarcara ambas cejas -. Bueno, allá tú- añadió girándose para seguir su camino, pero antes de comenzar a caminar, giró un poco el rostro para añadir algo más -. Por cierto, siento el tropezón de aquel día- el chico giró el rostro hasta clavar su triste mirada en los ojos de Divi.

-No hay por qué disculparse- murmuró lo suficientemente alto como para que ella lo escuchase y se giró, marchándose en dirección opuesta a la bruja, dejando en la ventana unas cuantas gotitas de sangre. Divi, al ver las pequeñas manchas, enarcó ambas cejas y se acercó a la ventana, rozándolas con sus dedos, tiñéndoselos de carmesí.

-¡Oye!- exclamó mirando al muchacho –Estás… sangrando- el chico se frenó entonces, asintiendo ligeramente y girando el rostro hasta poder mirarla de reojo. De nuevo aquella triste mirada le hizo suponer que era una persona infeliz, pero una media sonrisa se dibujó en sus carnosos y atractivos labios retorcidamente.

-Me sobra- susurró y se giró de nuevo, caminando como si nada, metiendo sus manos vendadas en sus bolsillos. Divinity enarcó ambas cejas, mirándole con la cabeza ladeada.

-Pero qué chico más raro- susurró mirándose la mano, aún con los restos de sangre del cristal entre sus dedos. Suspiró largamente y, tras limpiar el cristal con la manga de su túnica, se giró, dirigiéndose hacia las mazmorras para irse a la sala común. Se metió las manos bajo las mangas, caminando pensativa sin quitarse de la cabeza la imagen de aquel extraño muchacho de Dumstrang -. Sangre Limpia- susurró nada más llegar a la puerta de la sala común. La puerta se abrió dando paso a una enorme sala, iluminada por el incesante tintineo de las velas, completamente desolada de gente. Se quitó la túnica, dejándola tirada en el sofá, se desabrochó la corbata y los primeros botones de la blusa, sentándose en el sofá pesadamente, mirando al fuego pensativa, en absoluto silencio. ¿Quién era ese muchacho? ¿Qué le pasaba en las manos? Ese chico había tenido un extraño efecto en ella, atraía su atención, le fascinaba pese a no saber absolutamente nada de él.

Durante esa semana, se habilitó el Gran Comedor para que los alumnos mayores de 17 años que quisieran participar en el Torneo pudieran meter un trozo de pergamino con su nombre en el Cáliz.

Era martes y Divinity recogió sus cosas cuando la clase de pociones terminó, sin darse cuenta de que aún llevaba el cabello recogido en un moño con dos sencillos palillos de madera. Justo cuando iba a salir por la puerta, a mala idea, Tonks le dio un empujón, lo que provocó que se le cayeran las cosas al suelo, desperdigándose por el suelo.

-¿¡Quieres mirar por dónde vas!?- preguntó de malas maneras la muchacha, agachándose para recoger las cosas -¡Revísate la vista! Maldito niñato del demonio…- murmuró de malos modos mientras empezaba a meter las cosas en su mochila de piel. De repente vio cómo alguien le tendía desde arriba el libro de pociones, lo que hizo que alzara la vista hasta él, cogiéndolo de sus manos: era el muchacho de Dumstrang -. Gracias- murmuró Divinity guardando el libro en su lugar y cerrando la mochila, echándosela a la espalda al incorporarse para salir de la clase, maldiciendo en parsel por lo bajo.

Cuando estaba a punto de doblar la esquina, enarcó una ceja y una idea cruzó su mente.

-Podría… ir a ver qué hace ese chico… Parece muy interesante y yo ahora no tengo clase- pensó para sí mientras se giraba de nuevo hacia la clase de pociones, escondiéndose al lado de la puerta y observándole con muchísima curiosidad. Aquel muchacho estaba abstraído agregando una serie de ingredientes a un caldero. De repente, se desvendó la mano izquierda, mostrando el lamentable estado en el que se encontraba, completamente ensangrentada y quemada; alzó su cuchillo de plata y, haciéndose un corte en su ajada piel, dejó que un hilo de sangre cayera en el caldero haciendo que un hedor increíble invadiera toda la estancia. Divinity, al verlo, abrió ambos ojos, casi sintiéndose mareada ante la desagradable escena, agarrándose al marco de la puerta para no desvanecerse en ese instante, ya que no solo el impacto de la imagen fue fuerte para ella, sino que el hedor empezaba a nublar sus sentidos y a revolver su estómago. Mientras, aquel muchacho se vendó la mano a la vez que la poción se removía sola y la muchacha le miraba entre sorprendida y descentrada hasta que un puñetazo del muchacho y un montón de maldiciones en un idioma que ella no conocía, la hicieron volver el sí. El muchacho hizo que se vaciara el caldero, dejándolo caer de nuevo con un ruido ensordecedor mientras apoyaba las manos en la mesa, agachando la cabeza. Al verlo, la bruja se acercó hacia el muchacho tras soltarse de la puerta, mordiéndose el labio y tragando saliva sonoramente –¿E… estas bien?- susurró suavemente. El mago alzó la cabeza y se giró lentamente hacia ella, clavando su triste mirada en la joven bruja y, asintiendo, recuperó su compostura al momento...frío, impasible, sin sentimientos - Si necesitas que te curen las manos, la enfermera de aquí es muy buena... seguro que es capaz de curarte o al menos de aliviarte el dolor si te duelen.

-No me duelen las manos...no sufras por ello- negó suavemente mientras se giraba, recogiendo sus cosas con mucho cuidado.

-Solo intentaba ser amable- contestó la bruja enarcando ambas cejas -, no hace falta que te pongas así por ello.

-¿Ponerme cómo?- su voz era un murmuro apenas audible; suerte que estaban en una mazmorra a solas. El chaval era demasiado serio... todo lo contrario a lo que estaba acostumbrada la bruja. En ese momento, al mirarle fijamente, pudo fijarse bien en sus facciones: su rostro era afilado pero guardaba en su delgadez una incipiente belleza que tenía su punto álgido en su triste mirada, que no concordaba nada con su manera de actuar. Sus ojos azules como el cielo deberían estar cargados de alegría juvenil o incluso malicia, como los del resto de los magos y brujas de su edad. Sus labios anchos y rojizos no hacían más que invitar al pecado, a sentir su suavidad, su tacto,… cosa que ya se había extendido por la escuela entre las brujas más jóvenes: todas lo habían visto pasar como una exhalación y hasta se cuestionaban si de verdad existía o no.

-Contestar como has contestado- suspiró largamente y se bajó de la mesa donde se había sentado, acercándose a él para ayudarle a recoger las cosas -, aunque... quizá yo también he sido un poco borde ahora mismo, lo siento- fijó al instante su violácea mirada en los ojos del muchacho. Los de Divinity, pese a ser menor que el chico, reflejaban casi su misma frialdad, aunque sin esa tristeza que manaba de los del mago. Aquel muchacho búlgaro recogió el último tarro y cerró tranquilamente el nudo de su mochila, dejándola sobre la mesa.

-Sí, todos somos alguna vez bordes, pero yo aún no lo he sido con usted- dijo en a penas un susurro, sosteniéndole la mirada a la bruja. Era extremadamente educado a la hora de hablar con cualquier persona. Recogió su túnica colocándosela después, despeinándose al hacerlo sus cabellos negros, como la misma noche, que lucían ya algo más largos, rozándole los hombros.

-Puedes tratarme de tú- dijo Divinity enseguida, sin dejar de mirarle… en ese chico había algo extrañamente familiar -, no soy un adulto- susurró sonriendo de medio lado. Sus ojos repasaban completamente el rostro del mago… Había visto ese porte, esos rasgos en algún lugar. Cuando se llevó la mano a la nuca para rascársela pensativa, se dio cuenta de que aún llevara hecho aquel cómico moño con los palitos, así que con cuidado, tiró de ellos y dejó que su larga melena cayera por su espalda. Mientras, el muchacho recogió su mochila y se echó los cabellos hacia atrás, pero lejos de ser un movimiento arrogante o sensual, simplemente lo hacía por su propia comodidad.

-Vale… bueno, pues ya nos veremos por aquí por el castillo… al fin y al cabo no es tan grande- dijo el moreno mientras la miraba, con una deja alzada.

-Si caminas por la zona de las escaleras puedes acabar perdiéndote- dijo sonriendo de medio lado, encogiéndose de hombros -. Ya nos veremos- se giró tranquilamente y comenzó a caminar hacia la salida del aula. Ese chico era muy extraño… su presencia le hacía sentir incómoda pero a la vez despertaba en ella una curiosidad que nunca antes había sentido… ¿Quién demonios era ese chico? ¿Por qué siempre estaba alejado de sus compañeros, tan solitario? Y lo que era aún más extraño para ella… ¿Por qué le resultaba tan familiar?

sábado, 23 de agosto de 2008

CAPÍTULO 1: En la Estación de King's Cross

Era 1 de Septiembre y el ansiado día había llegado por fin. Los primeros rayos de sol se colaban por entre los resquicios de la ventana, iluminando tenuemente la habitación de la muchacha, que aún dormía tranquilamente, cubierta por una sábana blanca que protegía sus brazos de la brisa que entraba por la ventana. Repentinamente un ligero cosquilleo recorrió la mejilla de la bruja, la cual apretó los ojos, emitiendo un levísimo gemido de molestia mientras balbuceaba en sueños.

-Jo, mamá… que es temprano aún y el baúl ya está preparado- se llevó la mano a la nariz y se rascó levemente, acurrucándose de nuevo en la cama, pero a su lado, en vez de escucharse la voz de Jessica, se escuchó un leve gorjeo, por lo que la muchacha se levantó de golpe, sonriendo con amplitud –¡Yanis!- exclamó Divinity al reconocerla, acariciando con la punta de sus dedos el níveo plumaje del animal – Vaya, pensé que ya me esperarías en la escuela… Como te mandé con una carta para Lee…- sonrió la muchacha. La lechuza se dejó arrullar encantada, moviendo la cabecita de un lado a otro mientras la bruja le rascaba el cuello. Al momento, Divinity se levantó de un salto, con Yanis en su brazo, y bajó corriendo las escaleras hacia el piso inferior, donde su madre, ya en la cocina, preparaba el desayuno para ambas, ya que Albert se había marchado temprano para el Ministerio. Cuando Jessica oyó bajar a Divinity, se giró hacia la puerta de la cocina mientras dejaba una jarra de leche caliente en la mesa, al lado de un plato con dos tostadas.

-Buenos días, mi sol ¿Cómo estás?- Jess sonrió a su hija, abrazándola con cuidado nada más tenerla al lado. Divi se abrazó a su madre y besó su mejilla suavemente, dejándose envolver por ese aroma a frambuesa que tanto la caracterizaba siempre.

-Buenos días mamá ¿Has visto? Al final Yanis ha regresado pronto- sonrió orgullosa mostrándole la lechuza a su madre, la cual alargó el brazo para acariciarla.

-Si, la verdad es que Yanis es una lechuza muy veloz… Espero que me la mandes de vez en cuando con noticias- dijo amablemente la mujer mientras se dirigía hacia uno de los armarios, sacando una bolsita de cuero y un plato. Abrió la bolsa y sacó unos cuantos trozos de carne cruda que depositó en al plato para Yanis -. Hoy he pedido la mañana libre en el Hospital para poder acompañarte a la estación. Así de paso también veo a tu tía Molly y a tus primos, que me han dicho que Bill y Charlie están aquí- dejó el platito en la mesa y Yanis se abalanzó velozmente hacia él, dando buena cuenta de la carne que Jessica le había puesto.

-¿De verdad? ¿Bill y Charlie? ¡Hace muchísimo que no les veo!- exclamó sentándose en la silla, sonriendo ampliamente -. Seguro que con los dragones Charlie se ha vuelto tan fuerte como Bill- Jess rió suavemente y se sentó delante de su hija, observándola atentamente mientras ésta desayunaba con tranquilidad, pues aún le quedaba tiempo hasta la hora de irse.

-¿Sabes Divi? No sé por qué en casa y con tus tíos eres tan abierta y luego, a la hora de conocer a otra gente te cierras tanto en ti misma. Hasta la mirada te cambia, cariño- dijo Jess mientras exhalaba un largo suspiro. Divinity parpadeó un par de veces, posando su violácea mirada en los ojos de su madre y se limitó a encogerse de hombros.

-No me gustan los desconocidos, mamá, solo es eso- contestó mientras se llevaba el vaso de leche a la boca, limpiándose a continuación con la servilleta.

-¡Ay! Que rara eres a veces hija mía- bromeó su madre, levantándose para recoger el plato de su hija y la taza -. Anda, sube a vestirte que hay que hay que ir a la estación- a penas pudo terminar de decir aquello la mujer, cuando la niña salió disparada hacia las escaleras, subiendo al piso de arriba para vestirse… Por fin iba a volver a Hogwarts y a ayudar a sus primos con las bromas.

No tardó ni 10 minutos en bajar, vestida con unos vaqueros bastante anchitos, una camiseta de media manga color azul celeste y una gorra puesta de lato, lo que le daba un aspecto bastante cómico pero a la vez encantador. Además de eso, ya bajaba el baúl, tirando con ahínco del asa, arrastrándolo por las escaleras y armando un gran jaleo al hacerlo. Abajo y riendo suavemente, Jessica la esperaba con la jaula de Yanis en la mano, la cual se recolocaba tranquilamente las plumas con el pico.

-Cariño, así vas a despertar a los vecinos o a acabar cayéndote por las escaleras- dijo amablemente mientras dejaba la jaula a un lado y subía para ayudar a su hija a bajar el baúl, cogiéndolo del lado contrario -. Mejor entre las dos- Divi asintió sonriendo de medio lado, y comenzó a bajar con su madre, dejando el baúl en el suelo tranquilamente nada más llegar -. Bueno, coge tu a Yanis que ya tiro yo del baúl para meterlo en el coche, y vamos, a ver si encontramos a la tía antes de que salga el tren- la rubia corrió a coger a jaula de Yanis y abrió la puerta para que su madre también pasara.

No mucho tiempo después, Jessica ya estaba aparcando el coche a la puerta de la estación de tren. Divinity salió la primera para coger un carrito y poner encima el baúl y la jaula de Yanis mientras Jessica se encargaba de sacar el equipaje haciendo acopio de todas sus fuerzas. Entre las dos consiguieron subirlo al carrito y ataron el baúl con las gomas, poniendo encima la jaula de la lechuza que, durante el camino, se había quedado dormida.

Caminaron por la estación hasta llegar a los andenes 9 y 10, dirigiéndose hacia un enorme muro de ladrillo que los separaba a ambos, muro a través de cual los alumnos de Hogwarts y sus familiares llegaban al andén 93/4, donde el Expreso de Hogwarts esperaba cada 1 de septiembre para llevar a los alumnos a la escuela. Divi y su madre se colocaron delante del muro y, tras percatarse de que nadie las miraba, caminaron decididamente hacia él, traspasándolo en tan solo un instante.

Poco a poco empezó a materializarse ante sus ojos la enorme estación, abarrotada de alumnos con sus padres que metían los equipajes en los compartimentos y bajaban a continuación para seguir hablando con sus padres antes de partir hacia la escuela. Jessica y su hija miraron a su alrededor un instante, intentando dar con los Weasley.

-¿Dónde estarán tu tía y tus primos?- preguntó Jessica mientras se rascaba la cabeza en una pose un tanto infantil. Así vistas las dos juntas, casi parecían hermanas en vez de madre e hija, ya que Divi era casi exacta a su madre. De repente, la muchacha dio un pequeño salto y tiró de la manga de su madre sonriente, señalando hacia un par de cabezas pelirrojas que destacaban entre la multitud.

-¡Allí mamá!- exclamó ilusionada. Jessica se dio la vuelta y, al verles, sonrió ampliamente, comenzando a caminar hacia allí, empujando el carro con el equipaje mientras Divinity caminaba detrás, con las manos en los bolsillos, mirando a su alrededor despreocupadamente. De repente, chocó contra alguien y cayó de bruces al suelo, cerrando los ojos por el impacto -¡Ay mamá! ¿Por qué avisas de que frenas? Deberías ponerte intermitentes- dijo tranquilamente mientras se incorporaba, pero cuando miró al frente no vio a su madre, sino a un muchacho de negros cabellos y azules ojos, con una extraña tristeza reflejada en su mirada. La rubia enarcó una ceja, estudiándole durante un segundo. Era bastante más alto que ella, la piel del muchacho era tan pálida o más que la de ella misma, su rostro era realmente hermoso, arrebatador a los ojos de cualquier jovencita, lo que contrastaba con su mirada y con su pose, que era orgullosa y altiva. Divi se fijó en que tenía las manos vendadas, pero no le dio mucha importancia al asunto. Se rascó la cabeza y carraspeó levemente –Lo siento, la próxima vez mira por donde vas- y sin decir más, pasó por al lado del muchacho, que se la quedó mirando extrañado por su comportamiento, y corrió hasta alcanzar a su madre. Frente a ellas pudo ver cómo su tía Molly alzaba los brazos alterada, dándoles órdenes a Fred y George, que se reían y hacían muecas solo para fastidiarla. Jessica y su niña rieron por lo bajo y caminaron decididas hacia ellos.

-Buenos días Molly, chicos- dijo Jessica tranquilamente. Molly se giró hacia la mujer y sonrió ampliamente, tomándola de las manos.

-Jessica, querida, qué suerte que estés aquí, a ver si me ayudas con estos dos, que no paran ni un momento, y como Bill y Charlie están con Ginny y Ron…- suspiró la mujer mientras Divinity se colocaba al lado de sus primos, sonriendo ampliamente. Fred y George, al verla, pasaron sus brazos uno por la cintura y el otro por los hombros, dejándola en medio.

-¡Vaya! ¡Pero si es nuestra queridísima prima!- exclamó Fred sonriendo ampliamente.

-Prima y compañera de fechorías, que no se te olvide- rió George.

-¡Soltad a vuestra prima ahora mismo!- exclamó Molly, lo que hizo que sus hijos soltaran a Divi, la cual se acercó a su tía, besando sus mejillas y dándole un abrazo, al cual Molly contestó encantada –Di, cariño, tú no te dejes liar por estos dos ¿eh?- dijo tranquilamente mientras la muchacha sonreía ampliamente.

-Tranquila, tía, yo les vigilo- rió suavemente.

-Vamos chicos- dijo Jessica dando un par de palmadas -, meted las cosas en los compartimentos que el tren va a salir enseguida- Divi se giró hacia su madre, abriendo los ojos como platos.

-¡Pero mamá! ¡Si no he podido ver ni a Bill ni a Charlie!- se quejó cruzándose de brazos.

-Por eso no te preocupes cariño- se adelantó a decir Molly tranquilamente -, los verás antes de lo que crees- los gemelos enarcaron las cejas mirándose y se abalanzaron sobre su madre, tomándola cada uno de un brazo.

-¿Por qué mamá?- preguntó Fred mimosamente.

-Sí mamá ¿Qué has querido decir con eso?- preguntó George del mismo modo, pero Molly se limitó a sonreír a ambos de manera maternal.

-Vamos, chicos, no seáis impacientes, ya lo veréis- de repente, frunció el ceño y señaló a los equipajes -. Arriba ahora mismo ¡Vamos!- los gemelos y Divinity se despidieron de las dos mujeres y subieron el equipaje al compartimiento, asomándose después a la ventanilla, sacando las cabezas a través de ella –¡No os portéis mal1 ¡No quiero que me escriban diciéndome que habéis vuelto a hacer de las vuestras!

-¡Di cielo, escribe pronto!- exclamó Jessica.

-¡Tranquila, mamá! ¡Tendrás carta mía cada semana! ¡Dale un beso a papá de mi parte y dile que le quiero mucho!- exclamó la muchacha.

-¡Eso, eso! Tú dile lo mismo que la prima a papa de nuestra parte, mami- dijo Fred.

-¡Menos lo de que le queremos mucho, que queda cursi!- agregó George entre risas. En ese instante, Bill y Charlie se acercaron a Jessica y a Molly -¡Ey, ey! ¡Bill! ¿Qué es eso de que os veremos antes de lo que creemos?

-¡Eso, eso! ¡Que mamá no dice nada!- exclamó Fred mientras Divinity saludaba a sus primos con la mano. Charlie le guiñó el ojo y Bill se limitó a sonreír a los tres.

-¡Ya os enteraréis, no seáis impacientes!- dijo Bill gritando mientras Molly corría hacia un par de compartimentos más a la derecha, de donde estaban Ron y sus dos amigos, de los cuales se despidió largamente, recordándoles que debían ser buenos y no meterse en ningún lío.

Enseguida sonó el silbato que avisaba de la salida del tren y las puertas de los vagones se cerraron mientras los padres y hermanos de los alumnos se despedían alegremente de los chicos, los cuales sacaban las cabezas por las ventanillas, gritando y lanzando besos. De repente, Divi volvió a ver a aquel extraño y triste muchacho, lo que hizo que enarcara ambas cejas antes de perder de vista no solo al muchacho, sino también a su madre, a su tía y a sus primos, al igual que a la estación, que fue quedando atrás mientras el tren comenzaba su largo viaje. La rubia se dejó caer en su sitio con los ojos cerrados mientras Fred y George sacaban de sus bolsillos varias varitas de regaliz y grajeas de todos los sabores. Pero poco tiempo pudo estar Diviniti pensativa, pues a los pocos segundos, la puerta del compartimiento se abrió de un fuerte golpe y las cabezas de Lee Jordan y de Ytzria aparecieron con una amplia sonrisa cómplice en sus labios.

-¡Ey! ¡Por fin os encuentro! ¿Qué tal el verano, tíos?- preguntó mientras tomaba asiento al lado de Divinity, la cual le dedicó una encantadora media sonrisa.

-¡¡Hola!!- exclamó Ytz, metiendo como pudo el baúl con la ayuda de Fred, que, caballerosamente, la ayudó a subirlo con los demás antes de sentarse y dejar que la chiquilla se sentara sobre sus piernas.

-Pues genial, al final vamos a poder llevar a cabo nuestros planes de futuro- explicó Fred, metiéndose a continuación una varita de regaliz en la boca, mascándola mientras su hermano cogía grajeas y las tiraba al aire, intentando cazarlas con la boca.

-¿Planes de futuro?- preguntó extrañada Divinity mientras se giraba para mirarles a los tres. Fred y George se miraron de manera cómplice y después asintieron mirando a su prima.

-Es que hemos pensado- comenzó Fred, pero George le cortó.

-Que no queremos continuar estudiando después de Hogwarts- explicó George, pero antes de poder continuar, Fred se adelantó.

-Así que vamos a ser empresarios y a abrir una tienda de bromas en el Callejón Diagón- ambos gemelos hincharon orgullosos el pecho, observando la reacción de su prima y su amiga, las cual comenzaron a reír animadamente.

-Estáis locos ¿De dónde vais a sacar todo ese dinero? Montar un negocio requiere de...- pero antes de poder continuar, Fred asintió y alzó la voz por encima de la de su prima.

-¡Eso lo sabemos! Pero poco a poco nos haremos con el dinero.

-Eso Divi, confía en nosotros anda- ambos pusieron carita de no haber roto un plato en su vida. Sabían que cuando se ponían así, la bruja era incapaz de recriminarles, por lo que la muchacha suspiró asintiendo.

-Está bien, está bien, confío en vosotros- sonrió de medio lado.

-¿Entonces probaréis con nosotros los productos en Hogwarts?- preguntó Lee con una maliciosa sonrisa dibujada en sus labios. Las dos rubias se miraron un instante entre ellas antes de mirar a Lee, asintiendo con una amplia sonrisa en sus labios. Lee pertenecía a la misma casa que los gemelos, a Gryffindor, era el comentarista de quidditch durante los partidos y a lo largo de estos, la profesora McGonagall siempre le llamaba la atención por los comentarios que hacía. Pero a Divi y a Ytz les parecía un muchacho muy gracioso, era tan alegre como los gemelos, y contrastaba con ellos ya que su piel era muy oscura y su pelo negro iba recogido en multitud de trencitas. Entre los cinco formaban un grupo bastante pintoresco pero, a pesar de eso, jamás se aburrían y siempre tenían algo que hacer para matar el tiempo.

Cuando pasó el carrito de los dulces más o menos a la hora de comer, Fred y George compraron varias varitas de regaliz, tantas como para dar de comer a un regimiento, mientras que Divi se conformó con comprarse una rana de chocolate y compartirla con su amiga mientras jugaba al ajedrez mágico con Lee, el cual, después de tres partidas perdiendo, consiguió que quedaran en tablas. Divi jamás jugaba en casa al ajedrez, ni su madre ni su padre sabían, por lo que quien la había enseñado había sido su primo menor, Ronald, y siempre que iba de visita a La Madriguera, sacaba un poco de tiempo para echar una partida con él. Como de costumbre, la rubia acababa perdiendo.

De repente, la alterada y excitada voz de George, la sacó de sus recuerdos, de su concentración por pensar qué movimiento realizaría en ese momento Ron para impedir que Lee pudiera comerse uno de sus caballos, que parecía cercado.

-¿Os enterasteis de lo que pasó durante los Mundiales?- preguntó mientras se recostaba, subiendo las piernas sobre su hermano, el cual, de un empujón, se las bajó de nuevo.

-¿Te refieres a quién ganó?- preguntó la bruja, mirando a sus primos –Papá dijo que ganó Irlanda, aunque fue Bulgaria quien atrapó a snitch- explicó Divi, parpadeando un par de veces, pasando la mirada de uno a otro.

-¡No!- exclamó Fred meneando la cabeza –Nos referimos al altercado en los Mundiales ¿No sabes que alguien hizo la Marca tenebrosa en el cielo y los mortífagos sembraron el terror?- preguntó con los ojos abiertos como platos.

-Los mortífagos me dan miedo- murmuró Ytzria, refugiándose entre los brazos de Fred, que la abrazó mimosamente contra su cuerpo.

-¡Claro! Por eso mamá y papá estuvieron tan nerviosos el día de la final. Esa noche llamaron a papá para que regresara al Ministerio a ayudar pese a que él es un inefable- dijo la muchacha con el ceño ligeramente fruncido, pensativa.

-No veas, le echaron la culpa a una elfina doméstica- explicó George.

-¿A una elfina?- preguntó Lee sin comprender del todo.

-Sí, a la elfina del señor Crouch, el Oficial del Ministerio, el hombre y hielo, ya sabéis- dijo Fred, aún abrazando contra sí a su amiga, mirando fijamente a Lee y a Divinity, que se miraron sin comprender, observando después a los gemelos, los cuales resoplaron incrédulos.

-¿No te ha contado nada tu padre Divi? Bartemius Crouch ha sido el que ha tomado medidas más drásticas contra los mortífagos… ¡Mandó a Azkaban a su propio hijo! Estaba en los Mundiales, como es normal, y encontraron a su elfina domestica con la varita de Harry y resulta que ella había invocado la Marca- explicó George.

-Crouch estaba furioso con ella. La ha liberado y creo que la pobre se lo tomó muy mal ¿Sabéis? Yo no creo que ella lo hiciera ¿Cómo iba una elfina a coger una varita y hacer un hechizo como ese?

-Yo estoy contigo, tío, es muy extraño que haya sido ella- dijo mientras se metía una varita de regaliz en la boca, cerrando los ojos –Quizaz adguien cogio da vadita de Haddy y luego la dejo cedca de donde eztaba la edfina y ella da cogio ¿No?- preguntó hablando con la boca llena. Los demás asintieron firmemente mientras se miraban entre sí. Realmente el incidente era muy raro y las pruebas poco esclarecedoras ¿Una elfina invocando la Marca Tenebrosa? Y peor aún ¿La elfina de un Oficial del Ministerio tan popular como Crouch?

Pero no era tiempo de preocuparse por eso, la tarde estaba cayendo y en muy poco tiempo llegarían a la estación de Hogsmeade donde los carruajes de Hogwarts les llevarían hasta allí para acudir al banquete de bienvenida de cada año. Divi estaba muy contenta de poder volver allí, de poder seguir aprendiendo y divirtiéndose con sus primos, de poder ser una adolescente normal y corriente pese a no estar a gusto con sus compañeros de casa.

domingo, 13 de julio de 2008

La elección de las casas

El Hogwarts Express había llegado por fin a la estación de Hogsmeade, donde ya se esperaba a los alumnos de Hogwarts. Los dos gemelos bajaron con sus baúles al andén, ayudando después a las dos rubias con los suyos mientras otro muchacho, detrás, cogía la jaula con Yanis en su interior.

-Creo que tu lechuza va para vaga ¿eh?- comentó, burlón. Era un muchacho bastante alto y fornido, de cabellos también pelirrojos y ojos claros. Llevaba puesta ya la túnica de Hogwarts con la corbata de su casa, Gryffindor.

-No te metas con ella, Charlie- se quejó Divi, hinchando los mofletes, girándose tras dejar junto con George su baúl en el suelo, girándose hacia su primo para recoger a su lechuza -. Es solo que no le gustan los viajes y se queda dormida para no marearse- la excusó, abrazando contra sí la jaula de la lechuza, que revoloteó inquieta al despertarse.

-¡Que era una broma Divi!- rió Charlie justo antes de que una enorme figura, al comienzo del tren, alzara un farolillo reluciente, llamando a voces a los nuevos estudiantes. Era un hombre casi dos veces más alto que un adulto normal, con cabello negro y enmarañado, al igual que la profusa barba que adornaba su rechoncho rostro, del mismo color azabache –Mira, ahí está Hagrid llamando a los de primero… venga, seguidle. Nos vemos en el castillo, ¿vale?

-Vale…- contestó Divi antes de coger de la mano a su nueva amiga para tirar un poquito de ella y que la hiciera caso –Ven… tenemos que seguir a ese hombre- señaló hacia Hagrid con la mano, tranquilamente. Ytzria asintió con un sutil movimiento de cabeza, algo cohibida aún y, cogiendo su baúl, se encaminaron las dos hacia el grupo de nuevos alumnos, que se alejaba de todos los demás.

-¿A… a dónde crees que nos llevan?- murmuró Ytzria, tragando saliva, mirando al frente con sus preciosos ojillos grises abiertos como platos. Temblaba de arriba abajo, al igual que Divi, que no se molestaba en disimularlo.

-Pues… al colegio… ¿No?- la miró, preocupada… la habían hablado de Hogwarts, sí, y de la elección de casa, pero nunca le habían explicado nada acerca de en qué consistía ni la clase de actividades que se hacían antes de ir al castillo –Supongo que iremos por cursos… Como en la escuela- sonrió con carilla de circunstancia, intentando tranquilizar a su amiga, que se limitó a asentir, aún algo acongojada por todo aquello: al fin y al cabo, ytzria era nacida de muggles, y si ya le resultaba abrumador todo aquello a Divinity siendo de familia de magos, para Ytzria aquello debía ser diez veces más impactante.

Hagrid llevó al grupo de estudiantes de primero hacia las afueras de Hogsmeade, hacia un enorme lago cuyas cristalinas agua reflejaban el cielo de aquella noche, despejado y con la luna en cuarto creciente, brillante, majestuosa… Las aguas parecían en calma, totalmente, y en la orilla, amarradas a una multitud de enormes estacas de madera, había un montón de barcas preparadas para el traslado.

-¡A ver!-dijo el semi-gigante, hablando todo lo alto que podía para que todos y cada uno de los alumnos pudieran escucharle -¡Subid de seis en seis en las barcas!- enseguida se armó el revuelo… todos intentaban entrar los primeros en las barcas, con sus nuevos amigos. Divinity e Ytzria prefirieron esperar a que los más impacientes se subieran a las barcas para luego subir ellas en una en la que quedaban justamente dos plazas libres… No tenían muchas ganas, en verdad, de caerse al agua.

En cuanto todos estuvieron subidos, las barcas se desataron mágicamente de las estacas y comenzaron a navegar hacia la otra orilla que, en aquella oscuridad, no era fácil de distinguir. Pero la vista, sin duda, era maravillosa. A lo lejos las antorchas iluminaban en imponente castillo de Hogwarts que se alzaba imponente, solemne,… incluso en aquella oscuridad parecía hasta casi fantasmagórico. Los corazones de las dos amigas se encogieron al verlo y, cuando se miraron la una a la otra, se les dibujó una amplia sonrisa de ilusión y fascinación a partes iguales… ¡Iban a entrar en Hogwarts!

Pero su fascinación fue a mayor cuando, tras bajar de las barcas, llegaron a los enormes portones de acceso, por los cuales podría entrar hasta un gigante sin a penas tener que agacharse. Frente a éstas, de pie, había una alta y espigada mujer, vestida con una túnica que se veía oscura bajo aquella tenue luz de las antorchas. Su cabello, negro, estaba recogido en un moño y, sobre su cabeza, llevaba un enorme sombrero.

-Bienvenidos a Hogwarts- saludó en cuanto los muchachos se colocaron delante de ella, en silencio. Su voz era firme y seria, sin embargo, había algo que la hacía bondadosa -. Soy Minerva McGonagall, Profesora de Transformaciones, Subdirectora de la escuela y Jefa de la Casa Gryffindor.

>>Hoy es un gran día para todos ustedes. Atravesarán estas puertas conmigo hacia el Gran Comedor y allí, delante del resto de sus compañeros, serán seleccionados para una de las cuatro casas: Gryffindor, Hufflepuff, Ravenclaw y Slytherin- todos guardaron silencio, observando boquiabiertos a la directora, que seguía hablando -. La casa para la que sean asignados será su hogar… Sus méritos supondrán una subida de puntos para su Casa y sus fracasos, un descenso. Al final del año, la Casa con más puntos ganará la Copa de la casa. Y ahora, por favor, síganme- los portones se abrieron de par en par y la profesora McGonagall comenzó la marcha hacia el Gran Comedor, seguida de todos los alumnos que, finalmente, habían roto el silencio que se había hecho en el exterior.

-¿En qué casa crees que caerás?- preguntó Divinity a su amiga, que la miró, encogiéndose ligeramente de hombros, pero sin borrar la amplísima sonrisa de sus labios.

-Pues… pues… no sé… pero me ha hecho gracia el hombre de Hag… Hug… bueno, el segundo que dijo- murmuró, hinchando los mofletillos, con éstos sonrosados.

-Yo quiero ir a Gryffindor como mis primos- aseguró Divi, sonriendo ampliamente -. Aunque mi madre era Ravenclaw… ¿Sabes? Me encantaría aprender y aprender y ser tan grande y buena como mi madre- aseguró, dedicándole una cómplice sonrisa a su amiga.

Cuando las puertas del Gran Comedor se abrieron, todos los alumnos de primero soltaron a la vez una exclamación de asombro. La estancia era enorme, con cuatro largas mesas en paralelo, cada una de ellas coronadas por los banderines de sus respectivas casas colgando sobre éstas, ondeados por una brisa inexistente. En perpendicular a éstas y sobre un altillo, estaba la mesa de los profesores, donde todos estaban ya sentados, cada uno ocupando su lugar predeterminado. Pero lo más fascinante de aquella sala era el techo, donde se reflejaba el cielo, con la misma oscuridad, la misma luna nacarada y las mismas estrellas tintineando alegremente, dándoles la bienvenida a los nuevos alumnos, expectantes,…

McGonagall se adelantó a subirse delante de la mesa de los profesores, colocándose al lado de un taburete de madera sobre el cual reposaba un ajado sombrero viejo. En la mano portaba un pergamino enrollado el cual, pensó Ytzria, sería la lista de los alumnos a seleccionar. La profesora se aclaró la garganta y los miró a todos.

-Bien, señores, primero se les seleccionará para sus casas. Les iré llamando uno por uno por orden alfabético, se sentarán en la butaca y les colocaré el Sombrero sobre vuestras cabezas- los alumnos asintieron a la vez en silencio, mirando expectantes no hacia la profesora, sino hacia aquel Sombrero inanimado -. Andrews, Joshua- nombró tras desplegar el pergamino. Un muchacho de negros cabellos y ojos castaños subió rápidamente hacia el taburete, donde tomó asiento. McGonagall dejó caer el Sombrero sobre su cabeza y éste, para asombro de todos los novatos, se removió, abriéndose uno de los dobleces a modo de boca.

-¡Hufflepuff!- exclamó el Sombrero y, tras retirárselo McGonagall, el niño salió corriendo hacia su nueva mesa, donde le recibieron con vítores y aplausos. Enseguida otro niño ya estaba sentado en la butaca, a la espera de ser seleccionado. Pero a Divi aquello no le interesaba hasta que no la seleccionaran a ella y a su amiga Ytzria, así que se distrajo buscando a sus primos. Enseguida encontró a los Weasley en la mesa de Gryffindor, todos mirando hacia allí, Charlie y Percy sentados, en silencio, mientras que Fred y george les hacían señas a las dos chicas, poniéndoles muecas graciosas y todo para que no estuvieran nerviosas.

-McLouis, Ytzria- dijo de pronto McGonagall. Las dos muchachas se pusieron tensas y, mientras que Divinity se quedaba allí, quieta, su amiga subió temblorosa hacia la butaca. Iba tan asustada que casi se tropezó con uno de los escalones, pero le dio tiempo, gracias a Merlín, de reponerse antes de caer. La profesora le colocó el sombrero sobre la cabeza y, al instante, solo Ytzria pudo escuchar la voz del Sombrero en su interior.

-Vaya, vaya… inocencia, un gran valor… pero también inteligencia… una inteligencia dormida pero latente- habló el Sombrero, encogiéndose un instante sobre sí mismo -. Bien, creo que ya sé qué voy a hacer contigo- murmuró y, al instante, todo el Comedor pudo oír su exclamación -¡Ravenclaw!- la mesa en cuestión estalló en vítores y aplausos mientras Ytzria se levantaba, radiante, saludando a su amiga antes de correr con sus nuevos compañeros. Sin embargo, los gemelos se habían quedado un poco desilusionados… Querían que cayera también en Gryffindor para poder juntarla con Lee y con ellos dos.

-Prewett, Divinity- a penas habían subido tres personas más, cuando le tocó el turno. Divinity avanzó hacia la butaca, tomando asiento en ella nada más llegar. El corazón le latía a un ritmo vertiginoso, y su respiración delataba su nerviosismo. Cuando sintió al Sombrero caer sobre su cabeza, no pude evitar cerrar los ojos.

-Veamos… Difícil elección ¿eh? Eres fuerte… Con ganas de desarrollar tus habilidades… ¡Vaya! Y una innata conexión con las serpientes… No tengo ninguna duda de dónde voy a ponerte- la muchacha se tensó un instante, con la mente completamente en blanco… Y no solo ella estaba tensa, sino que, en la mesa de Gryffindor, Charlie y los gemelos estaban a punto de levantarse, esperando poder recibir a su prima entre sus brazos -¡Slytherin!- Los Weasley se quedaron en silencio, entre extrañados y apesadumbrados, mientras Divinity bajaba hacia su nueva casa, mirando de reojo hacia Gryffindor… ¿Por qué la habían metido allí? ¿Y ahora cómo jugaría con sus primos? Y no solo eso… también estaba lejos de su nueva amiga…

-Al menos- se dijo a sí misma –nos podremos ver por aquí en el Comedor, en los pasillos y en los terrenos… No creo que sea tan malo- y, en cuanto llegó, tomó asiento en la mesa de Slytherin donde pasaría, para su desgracia, sus siete años de escuela.

martes, 8 de julio de 2008

La llegada a Hogwarts

Eran ya las 10:45 según el reloj de la estación y Jessica no paraba de besar las mejillas de su pequeña mientras Albert, ayudado por Charlie, subía el baúl y la jaula de Yanis al vagón del tren. La estación estaba atestada de niños, ya muchos de ellos vestidos con sus túnicas de la escuela, siendo abrazados y besuqueados por sus madres, o, como en el caso de los gemelos, sermoneados por su madre para que se porten bien ese año.

-Divi, tienes que ser una buena niña ¿eh?- dijo Jessica, mirando a su hija, que se agarraba las perneras de los vaqueros, nerviosa, asintiendo a las palabras de su madre –Y escríbenos una vez a la semana para contarnos cómo te va todo- murmuró la mujer, al borde del llanto. En 11 años era la primera vez que iba a separarse durante tanto tiempo de su pequeña.

-Sí mamá. Os escribiré todos los días- asintió, sonriendo ampliamente antes de abrazarse a ella.

-Y si tienes algún problema se lo dices a tu primo Charlie ¿vale? Que seguro que él te ayuda con lo que sea- la niña volvió a asentir, sin soltarse de su madre, que besaba sus cabellos una y otra vez.

-Vamos Jess, deja a la niña que al final se queda en tierra- dijo una voz masculina, detrás de la pequeña, que se soltó de su madre, girándose rápidamente para saltar a los brazos de su padre, que la cogió al vuelo –Nada de meterte en líos con tus primos, que nos conocemos.

-Seré buena- asintió nuevamente, con una media sonrisa pilla en sus labios. Albert caminó, con la niña en brazos, hasta la puerta del vagón del tren, donde los gemelos la esperaban, sonrientes.

A los pocos minutos, ya estaba estacionada en el vagón con sus primos, sacando la cabeza y medio cuerpo por la ventanilla, agitando la mano para despedirse de sus padres y sus tíos mientras el Expreso de Hogwarts anunciaba su salida. Enseguida se puso en marcha. Los gritos de despedida de los niños fueron la música que acompañó el arranque del tren junto con las últimas recomendaciones de las madres para ese nuevo curso.

-¡Por fin volvemos a Hogwarts!- exclamó un sonriente Fred, frotándose las manos mientras tomaba asiento en su sitio, apoyando los pies en el asiento de enfrente, pues no estaban en el compartimiento mas que ellos dos y su prima.

-¿Cómo es?- Preguntó curiosa la muchacha, mirando hacia sus dos primos, sentándose a lo indio en su asiento, con una amplia sonrisa dibujada en sus rosados labios.

-Pues es… grande- dijo George, enarcando ambas cejas.

-Mágico- secundó Fred.

-Pero sobre todo un lugar donde potenciar nuestro espíritu aventurero- acabaron los dos, entre risas, mientras su prima arrugaba la varicilla.

-Querréis decir un lugar donde hacer muchas bromas ¿no?- se burló la muchacha, entre risas, por lo que sus primos enseguida se lanzaron a hacerle cosquillas, juguetones.

Pasaron el rato hablando alegremente, comentando bromas que habían hecho o que tenían pensadas hacer, cuando la voz de la mujer del carrito les sacó de su conversación. Fred y Divi se levantaron a la vez, de un salto, saliendo del compartimiento hacia la mujer que vendía los dulces.

-Yo quiero… Dos cajas de grageas y cuatro varitas de regaliz- pidió Fred, colándose por delante de un montón de alumnos que llevaban allí ya unos minutos. La mujer le sirvió, con una sonrisa bonachona, y Fred pagó lo que debía, girándose –Divi, voy yendo con mi hermano ¿Vale? ¡Ahora nos vemos!- exclamó entre risas el gemelo, volviendo por donde había llegado, con una de las varitas de regaliz metida en la boca.

Pero algo hizo que se detuviera. Unos metros más adelante, vio a una pequeña niña, de la misma edad que Divi, corriendo hacia él, seguida de un grupo de Slytherins que se reían mientras le gritaban cosas como “estúpida muggle” o “asquerosa sangre sucia”. Fred frunció el ceño, se sacó de la boca la varita de regaliz y corrió hacia allí, pasando por al lado de la chica y encarándose a los chicos.

-Ey, vosotros ¿Por qué no os vais a meteros con alguien de vuestro tamaño? ¿O es que sois tan nenazas y cobardes que necesitáis meteros con una pobre chiquilla para sentiros realizados?- mantenía los ojos entrecerrados y los puños apretados mientras los sollozos de la niña se oían aún cerca. Los tres sytherins iban a decir algo cuando, por detrás de ellos, apareció uno de los prefectos de Ravenclaw.

-¿Qué está pasando aquí?- preguntó, inquisitivamente, mirándoles a todos. Fred destensó los puños, encogiéndose de hombros mientras los otros muchachos hablaban atropelladamente, intentando justificarse, momento que Fred aprovechó para girarse y seguir el sonido de los llantos hasta un rinconcito donde, encogida, estaba la muchacha. Era una niña de largos cabellos platinados, lisos. Temblaba como un cachorro asustado, abrazada a sus delgaduchas piernas y con el rostro hundido entre sus rodillas.

-¡Ey Lady Lloros!- dijo el muchacho, alegremente, acuclillándose al lado de la muchacha –vamos, esos matones ya se han marchado, no volverán a molestarte- pese a que la niña seguía sollozando, alzó un poquito la cabeza, girándola para mirar, aún asustada, a aquel que la había hablado. Entonces Fred pudo ver sus ojos, de un precioso tono grisáceo, como dos bolitas de plata, brillantes, ahora un poco enrojecidos por el llanto. Pero Fred sonrió tan ampliamente como siempre, tendiéndole la mano -. Mi nombre es Fred Weasley y estoy aquí con mi hermano gemelo y mi prima ¿Tú cómo te llamas?

-Y… Ytzria- consiguió murmurar la chiquilla entre tanto sollozo, quitándose las lágrimas con ambas manos.

-Bonito nombre, pero prefiero decirte Lady Lloros- bromeó Fred, tomándola con cuidado del brazo y ayudándola a incorporarse -. Vente, sobra un sitio en nuestro compartimiento y seguro que a mi hermano y a mi prima les caes bien.

Y así hizo. Con tranquilidad y canturreando por lo bajo, Fred guió a la muchacha hacia el lugar donde su hermano y su prima jugaban a las cartas.

-Ya era hora, tío- se quejó el gemelo cuando escuchó la puerta abrirse. Pero en cuanto vio que su hermano no llegaba solo, se olvidó de la tardanza, mirando curioso a la chiquilla -¿Y ella quien es?

-Se llama Lady Lloros. Unos idiotas de Slytherin no hacían más que fastidiarla, así que la he invitado a venir aquí- sonrió, sentándose al lado de su hermano mientras la pobre niña, aún bastante cohibida, lo hacía al lado de Divi, que la miraba curiosa.

-¿Cómo que Lady lloros, Fred? Vamos, jo, tendrá otro nombre- dijo Divi, hinchando los mofletillos antes de sonreír dulcemente a la niña, tendiéndole la mano –Yo soy Divinity Prewett. A estos dos ni caso, solo saben hacer bromas- advirtió la muchacha mientras Fred y George se señalaban a si mismos.

-¿Nosotros?- dijeron a la vez, fingiéndose sorprendidos mientras Divinity no hacía más que asentir.

-Sí, sí, vosotros. Ten cuidado, porque más de una vez intentarán engañarte con que uno es el otro. A mi siempre me lo hacen- asiente firmemente.

-Y siempre picas- agregó Fred, riendo malicioso.

-No siempre, ya os voy conociendo mejor, listo- contestó Divi, sacándole la lengua antes de volver la atención a Ytzria, que seguía de lo más asustada -¿Y tú cómo te llamas?

-Ytzria- respondió la niña, mirando hacia Divinity, que sonrió más ampliamente.

-¿Eres también de primer año? Yo es la primera vez que vengo a Hogwarts, pero mis primos ya llevan un año- habló la rubia, emocionada… iba a hacer una amiga en su primer día -¿Quiénes son tus padres? ¿Son magos?- aquella pregunta pareció turbar a la muchacha nueva, que se echó a temblar.

-Creo que es hija de muggles- dijo Fred, mirando hacia su prima -. Los capullos de Slytherin la estaban llamando sangre sucia y cosas por el estilo.

-Esos idiotas… Es la peor casa en la que puedes llegar a caer. Pero tú tranquila, Lady Lloros- dijo George, con la misma sonrisa que su hermano dibujada en sus labios -, que no nosotros como aliados, ningún Slytherin se atreverá a decirte nada.

Y así, poco a poco, la pequeña Ytzria comenzó a sentirse más a gusto con aquellos tres extraños magos, pasando del temor del principio, a sonreír y reír tímidamente con ellos. Y con ese casual encuentro entre Fred y la pequeña Ytzria, comenzó una fuerte y firme amistad entre los cuatro… Una amistad que superó todos los obstáculos que la vida les ha ido poniendo a lo largo de los años.